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Suzanne Hessinger: «Creo que un niño no tiene miedo si está bien con sus papás»

Por equipo velvet | 22 septiembre 2021

La pandemia del covid-19 ha traído de vuelta temores profundos como la muerte y la pérdida de libertad. Son tiempos donde mujeres como Suzanne Hessinger, una sobreviviente del episodio más traumático de la historia del siglo XX, el Holocausto, tiene grandes lecciones para entregar.

Por Claudia Guzmán Fotos Maglio Pérez Agradecimientos Memoria Viva / mviva.org

Suzanne Hessinger sabe de encierros prolongados, pero con el componente de estar alejada de los suyos, de vivir bajo la amenaza de la muerte y de enfermar. Lo supo hace más de 80 años atrás.

Suzanne tiene 86 años y es una mujer hiperactiva, que vive junto a su marido de 97 en un departamento de Lo Barnechea en constante comunicación con su familia de dos hijos, ocho nietos y cuatro bisnietos. Ella dice que ha vivido esta pandemia del covid-19 desde un lugar de privilegio, y lo dice con la autoridad de quien sobrevivió a una de las experiencias más traumáticas de la humanidad –el Holocausto– desde un lugar de tremenda vulnerabilidad –la niñez–. Suzanne fue una de las pocas menores de edad del pueblo judío que logró sobrevivir para contar la historia de la persecución nazi en la II Guerra.

A mí la guerra me quitó la niñez, toda. Esa infancia que se tiene regalada, de la casa que te espera después del colegio, de las salidas con los papás. La tranquilidad. La seguridad. Era una vida que no era vida”, recuerda con dolor Suzanne, hija de padres judíos austríacos, nacida en Francia en 1936 y que tras ocupación de Paris en 1940 tuvo que vivir cinco años escondida en refugios, granjas, pueblos y hasta en el internado del santuario de Lourdes, cambiando su identidad y religión.

Más de un millón y medio de niños y adolescentes judíos murieron a causa del Holocausto según datos de centro de estudios históricos Yad Vashem. La más célebre de ellos fue Ana Frank, inmortalizada gracias a las páginas del diario de vida que escribió desde los 13 años y durante los más de dos años de encierro hasta que fue descubierta y llevada a los campos de concentración; primero a Auschwitz donde realizó trabajos forzados y después a Bergen-Bergen donde murió en febrero de 1945, dos meses antes de que este lugar fuera liberado por los británicos.

En la pasada edición de Revista Velvet usamos equivocadamente su nombre para simbolizar lo que significaba para la actual generación de niños y jóvenes coartar su desarrollo social y afectivo por un encierro forzado, pues esas inquietudes adolescentes eran parte central de lo que plasmaba Ana en su diario.

Sin embargo, a través de nuestras redes sociales advertimos el dolor que la sola comparación de los contextos históricos podía causar, ya que el encierro de Ana Frank, al igual que el de los demás niños judíos, se debió a la feroz persecución racial y religiosa que debieron enfrentar, para no ser asesinados. Por eso decidimos no perseverar con la publicación del reportaje, y pedir perdón.

Tras esta crisis editorial –y mientras los diarios de los niños y adolescentes de esta pandemia están aún por escribirse– queremos rescatar las enseñanzas que una sobreviviente de Holocausto como Suzanne nos pueda entregar, y a la que nos acercamos gracias a Memoria Viva, el centro de memoria de la Shoá (Holocausto), que mantiene vivo el legado de los refugiados y sobrevivientes que llegaron a nuestro país.

“A mí me tocó vivir la niñez en la guerra, pero en la adolescencia yo no sabía quién era”, compara. “Son etapas muy importantes de la vida. Y sí, en la adolescencia también la pagué, porque aunque la Liberación (de Francia) fue cuando yo tenía nueve años, hasta los 17 años yo no sabía bien si era católica o judía. Tenía mis problemas de identidad porque no pude estar con otros niños judíos. Yo estuve en un internado de monjas, me bautizaron e hice la primera comunión. No sabía quién era en términos de religión. Recién a los 17, como que no quiere la cosa, mis papás me mandaron a una sinagoga donde había un grupo de jóvenes judíos, y salíamos y bailábamos. Ahí aprendí quién soy”, revela.

SALTAR POR LOS TECHOS

El primer recuerdo que Suzanne tiene es en su departamento en París; amplio, iluminado, con una pieza llena de juguetes y una ventana que sus padres habían forrado con cinta adhesiva para evitar que las esquirlas de los vidrios le cayeran encima.

“Cuando sonaban las sirenas de los bombardeos teníamos que bajar con luz, con sillas al subterráneo del edificio. Bajábamos todos los vecinos”, dice. Ella tenía sólo tres años de edad.

–¿Recuerdas haber sentido miedo?

–No. Porque la verdad es que estaba mi mamá y estaba mi papá, es- taba tranquila. Y después estaba mi mamá. Yo creo que un niño no tiene miedo si está bien con sus papás. (…) Después ya no quería comer, era un desastre después.

Suzanne cuenta que a medida que fue dándose el avance nazi por Europa, los extranjeros en Francia fueron llamados a campos especiales para ellos. Hasta allá partió su padre –comerciante de finas joyas de imitación– y ella quedó sola con su madre.

“Un día, solas en el departamento, tocan el timbre y apareció un soldado alemán y mi mamá casi se desmaya. Resultó que era el cuñado de ella, casado con la hermana de mi papá, austríaco y le dijo: ‘No te asustes. Soy tu cuñado Carlos, vengo a decirte que tienes que irte porque la invasión es inminente’. Así que nos fuimos. Ahí empezó el éxodo. Mi mamá se puso su abrigo de piel y yo me acuerdo haber estado sentada arriba de una maleta en la estación de Montparnasse esperando que algún tren nos llevara, pero no había trenes. Nos fuimos a otra estación, a un tren de acercamiento y después había que caminar harto, y de repente tirarse a la orilla porque pasaban los aviones y podían bombardear. Andábamos con una señora que era francesa que consiguió que un camión nos llevara, pero después el chofer dijo que mi mamá y yo teníamos que bajar porque éramos extranjeras”.

–¿Extranjeras o judías?

–Extranjeras, yo creo porque judías no parecíamos. En general los judíos eran gente más sencilla y mi mamá era un poquito otra cosa, pero seguramente hablaba con acento extranjero. Y yo una niñita que no era fea, era bien bonita. Así que nos bajamos y seguimos caminando hasta que dimos con una hostería a la orilla del camino para pasar la noche y al final llegamos a Limoges, a una especie de campo para refugiados, no sé si de la municipalidad o qué.

–¿Qué tan lejos estaban de París?

–A unos 300 kilómetros, y mi mamá lo único que quería era volver a París porque seguíamos sin saber de mi papá. Pero le dijeron que lo mejor que podía hacer era seguir hacia el sur, que era la zona libre, donde los judíos no usaban la estrella amarilla. Pero ya estaba lleno de alemanes, y estando en Limoges se terminó la guerra para Francia porque se rindieron (al mes y medio de la invasión). Petain se hizo amigo de Hitler, y los soldados franceses se fueron en retirada en un bus y nosotras nos fuimos con los oficiales. Eran muy amorosos, me tomaban en brazos. Un día uno de ellos compró un diario y en un aviso clasificado vio que monsieur Hessinger estaba buscando a su familia y dijeron: “Ah, encontramos al papá de Suzie”.

Desde el reencuentro familiar el pequeño núcleo de Suzanne decidió no volver a una capital ocupada por las tropas de Hitler y tomaron como primer destino una granja en Luz-Saint-Sauveur, en los Pirineos, donde se dedicaron al cultivo y a una vida más tranquila por cerca de un año. Pero luego les pidieron que se fueran de ahí, y partieron a Vic en Bigorre, poblado donde ocuparon un segundo piso arriba de un café con una identidad falsa.

“Mi papá se unió a la Resistencia”, recuerda Suzanne. “Nos habían enseñado que en ese departamento se abría una ventana porque si nos venían a buscar los alemanes saltábamos a un techo, y desde ese techo saltábamos a otro techito, y desde techito saltábamos a un patio. Estábamos preparados”, añade.

Otro inconveniente que tenía ese refugio era que cada vez que la pequeña de cinco años quería ir al baño tenía que bajar al primer piso y pasar por el café: “Una vez bajamos con mi papá y estaba lleno el café de soldados alemanes. Y cuando me vieron rubia, niñita chica, se volvieron locos, y decían: ‘tengo una hija como ella’. Mira, les bajó todo el amor. Me tomaron sobre sus rodillas, me dieron dulces. Y mi papá que se hacía el francés, que tenía una boina y todo, escuchaba todo esto. Al final, mis papás decidieron que lo mejor era sacarme de ahí y averiguaron del internado de señoritas en Lourdes”.

“MEJOR CATÓLICA VIVA, QUE JUDÍA MUERTA”

“Es que las monjas no pueden mentir”, dice Suzanne para explicar cómo fue que se dio su bautismo dentro de la fe católica a los cuatro años de edad.

–Mis papás fueron a preguntar si es que me podían recibir como interna en Lourdes y ellas dijeron que sí, que no había problema, pero que tenía que bautizarme porque si llegaban los alemanes preguntando si había niños judíos ellas no podían mentir. Y “bueno”, dijo mi papá, “mejor una católica viva, que una judía muerta”.

Suzanne recuerda que sus años como interna fueron muy difíciles. Por un lado estaban las dificultades económicas de la guerra que golpeaban a un país ocupado: “No había qué comer. Donde las monjas comíamos sopa, sopa, sopa y ensalada. No me acuerdo de haber comido pollo o carne. Odiaba la sopa porque era sopa de verduras”.

Pero más importante aún, estaban las enfermedades que no daban tregua sobre el frágil cuerpo de una niña separada de sus padres por motivos que ella no lograba del todo entender. “Todas las enfermedades de niño yo me las agarré; la peste cristal, la alfombrilla, todas”, puntualiza.

–¿Pero se enfermaban todos?

–No sé. Pero a mí me pasaba y me mandaban donde mi mamá que estaba como a 10 kilómetros, y me curaba. Y cuando venía mi mamá en tren, ella era la que me bañaba, porque las monjas te lavaban la punta de la nariz. Mi mamá venía una vez a la semana, pedía agua caliente y me bañaba bien.

–¿Crees que las enfermedades tenían que ver con el factor emocional de extrañar a tus papás?

–Creo que me agarraba todo. Incluso mojaba la cama y me decían “si tú mojas la cama esta noche, te vamos a pasear por todo el mundo con la sábana en la cabeza”. Igual lo hacía. A los cinco o seis años qué querían. Era la más chica de todas. En Lourdes todas eran más grandes yo.

–¿Querías estar con tus papás?

–Sí, es que uno sentía que no era una vida normal. Es que también una vez vi a mi mamá con una mueca de amargura tan grande, que en el fondo uno sentía que no era una vida normal. A veces mi mamá no podía venir y entonces íbamos a misa, había que levantarse a las seis de la mañana para ir a la misa y ¿quieres que te diga? Me gustaba la misa. Era entretenido. Teníamos nuestro banco en primera fila, me encantaba ver al cura haciendo sus cosas y los monaguillos. Era como un espectáculo estar ahí.

 

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