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Álvaro Gómez: «Tenemos la responsabilidad de transformarnos en nuevos hombres»

Por equipo velvet | 07 julio 2021

Feminista, vulnerable, con temor a envejecer y conflictuado respecto a la paternidad: así se reconoce a los 40 años el actor detrás del seductor Cluny de La torre de Mabel.

Por Claudia Guzmán Fotos Cristián Méndez para Canal 13

Álvaro Gómez recuerda, a los veintitantos, se puso metas en la vida: decretó que a los 30 años iba a tener casa propia, estar casado y con hijos. Hoy, con 40 ya cumplidos, mira en retrospectiva y concluye con una impresionante satisfacción:

–Ahí tienes tres objetivos que no he logrado.

Uno de los actores más reconocidos del momento, Gómez está lejos de tener el discurso triunfalista de quien busca mostrarse como un ganador. El hoy protagonista de La torre de Mabel toma un café en el patio de Canal 13, enrola un tabaco, y reconoce sin una pizca de la ansiedad que tiene su personaje de la ficción:

–Hoy en día, más que nunca, y producto también de este efecto pandémico, he aprendido a vivir el día a día, a disfrutar el momento lo más que pueda, pese a que me cueste, porque soy existencialista y tengo un pensamiento enmarañado. Siempre traté de planificar algunas cosas, ponerme objetivos a cumplir en la vida y me atrevería a quería decir que casi ninguno lo logré. Entonces, a mis 40 años, lo que he hecho por sanidad es aprender a aflojar.

Inmerso en uno de sus mejores momentos laborales, con una teleserie recién estrenada y otra en plena grabación, Álvaro Gómez reconoce que las cuatro décadas lo han impactado como no esperó. «Me cuesta asumir la edad, tengo rollo con eso», dice.

–¿Qué temes de envejecer?

–Le tengo miedo al desgaste, a la enfermedad, a la falta de energía, al no poder seguir haciendo las cosas que me gustan, a que
mi mente, mi cabeza, esté muy viva y el cuerpo no. A veces juego básquetbol con tipos de 50 años y encuentro que es una lata, y yo estoy a punto de ser ese elemento aburrido. Me cuesta desprenderme del tiempo, de las vivencias; de la juventud, finalmente.

–¿Tiene que ver con eso que no hayas querido ser padre hasta hoy?

–Puede ser. A lo mejor mi vida sigue siendo demasiado egocéntrica, y yo observo que un hijo hace que tú ya no seas lo más im- portante. No es algo que descarte, pero es algo que evidentemente no ha sucedido. No sé la verdad por qué. Aunque el año pasado decreté que no quería tener hijos, es algo que está siempre sujeto a revisión.

–Otro objetivo para no cumplir.

–(Ríe) Es que permitámosnos por favor tener la posibilidad de cambiar de opinión. No puede ser que yo diga algo y después que me crucifiquen toda la vida porque yo dije eso y ahora no estoy siendo consecuente con lo que dije.

Hace tres años Álvaro tiene una relación con Florencia Arenas (26), a quien conoció en el montaje musical Mamma mía! y acompaña en su carrera de solista, como productor y director de su recién lanzado primer videoclip. Sobre las conversaciones que han tenido respecto a la paternidad, comenta:

–Cuando comenzamos la relación hace tres años ella no quería tener hijos y me pareció perfecto, pero nosotros tenemos una diferencia de edad importante. Entonces me acuerdo que le dije: «no sé si puedo esperarte 10 años a que quieras tener hijos, porque yo no sé si quiero ser padre a los 50». Y esa conversación quedó ahí. Pero como yo soy propenso a los cambios de opinión y me encantan los niños, vamos a ver. Y sí, hay parte de mí a la que le encantaría ser papá, que se muere por ser papá, pero no quiero forzar nada. Quiero que la vida siga ahí.

FEMINISMOS RADICALIZADOS

Cuando habla de sus orígenes, Álvaro Gómez destaca haber crecido en Osorno como un hijo único, al cuidado de su abuelo y de las mujeres de su familia. Una familia sencilla de la ciudad, no de los grandes campos. «Me carga llorar la carta como decir, ‘oye, pucha yo soy de provincia y me ha costado tanto la vida’. O decir, ‘para mí fue difícil llegar a Santiago’. O eso de que ‘la carrera de actor es tan dura, estamos tan desvalidos en términos de estructura’. Pero efectivamente es así», agrega.

El actor que ha encarnado a galanes, villanos, investigadores y vedettos en más de una decena de teleseries locales y ha protagonizado entrañables musicales como El hombre de La Mancha (2015), admite que no le es fácil ponerse en un rol de vulnerabilidad, como cuando hace un par de años contó que haber sido víctima de tocaciones por parte de un sacerdote cuando niño no lo afectó. Le ha costado aprender a exponer su emocionalidad.

–No fue hasta tercer año en la escuela de teatro que me consideré buen actor. Y eso gracias a que tuve un profesor, Luis Ureta, que me dio herramientas para enfrentar creativamente esa sensación. Yo me escondía en los baños, tenía pánico escénico. Me ponía muy nervioso cuando me decían “actúa”. Me daba terror.

Y lo pasaba pésimo. Exponerte siempre te va a traer crítica, ya sea positiva o negativa. Y no es fácil vivir con eso. No solo por el hecho del ego y la vanidad, sino porque te pueden destruir porque estás muy vulnerable. Y dependes siempre de un equipo, de un partner, de un iluminador, de un camarógrafo y de un director.

–¿Qué te cuesta más, aceptarte vulnerable o confiar?

–Todo ha sido un proceso largo que me ha costado. Pretendo ser muy autosuficiente porque además soy un huevón bien sesudo al que le cuesta delegar. Me gusta hacer las cosas a mí. Afortunadamente con el tiempo he aprendido, y me he cansado también. Pasa eso: que terminas aprendiendo las cosas por cansancio, y terminas aflojando porque sí, porque tiendo a hacerme cargo de cosas que no debiera… Son temas de largo aliento con mi terapeuta, es ahí donde se me va la plata (sonríe).

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