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Patricio Fernandéz

Por Lenka Carvallo | 03 julio 2021

"Quien imaginó que el proceso constituyente iba a ser una navegación caribeña se equivocó rotundamente".

El escritor, cronista, columnista, panelista político, fundador de The Clinic y ahora constituyente por el Distrito 11, declara que los enemigos de la convención son el miedo y la rabia –de la élite y el pueblo– y por lo mismo llama a la inteligencia emocional, saber escuchar a los que han sido marginados para alcanzar diálogos permeables. «Chile está optando por solución democrática, institucional y republicana en un momento de gran dispersión mundial», considera.

Patricio Fernández está ansioso. Como quien se apronta para entrar al colegio y conocer a sus compañeros nuevos, los otros 154 convencionales que, como él, tendrán la misión histórica de escribir la nueva Constitución cuando por fin se miren directamente a la cara a comienzos de julio.

«Me mueve la curiosidad. Hasta ahora he visto muy buena disposición (dice sobre sus futuros compañeros), muy distinto al carnaval
de vociferantes que tanto le gusta destacar a la prensa», afirma este escritor, periodista, columnista y panelista político, también fundador de The Clinic.

Ahora es uno de los seis constituyentes (y uno de los dos de oposición, junto con Constanza Schonhaut, del Frente Amplio) elegidos en
el distrito 11, que agrupa a Las Condes, Vitacura, Lo Barnechea, La Reina y Peñalolén. Un miembro de la élite salido del rebaño, que genera tantos amores y resistencias, dentro y fuera del redil. Es hijo de Patricio Fernández Barros y de Marie Paule Chadwick Piñera, nieto de Herman Chadwick Valdés y sobrino de Herman y Andrés Chadwick Piñera; este último el ex ministro del Interior, primo del presidente Sebastián Piñera, con quien también lo unen lazos sanguíneos.

Tras estudiar Literatura y Filosofía en la Universidad Católica de Chile y luego Historia del Arte Renacentista en la Universidad de Florencia, en 1998, luego del arresto de Pinochet en Londres, fundó el semanario satírico The Clinic, lo que le valió incluso peleas a puño limpio con personajes ligados a la derecha chilena.

Por estos días, Fernández ha sentido de primera mano el clima de incertidumbre entre la élite frente a la polarización que podría suscitarse dentro del Palacio Pereira. «Al mundo más conservador, que ha habitado desde siempre en el poder, le da miedo lo desconocido y aquí lo que más hay son desconocidos… ¡Están con pánico! Por primera vez en su historia se quedarán fuera de las decisiones. No tienen idea a quién llamar por teléfono… ¿Hijos de quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿De qué colegio salieron?, dirán. La mayoría está fuera de su redil; bestias feroces, alienígenas, como los llamó alguna vez Cecilia Morel».

Entusiasmado, agrega:

–Se rompió el fino jarrón del poder acostumbrado y aquel mundo que salió a las calles para el estallido entró en la convención. ¡Por supuesto que están asustados!

–Tú estás dentro del redil, no afuera…

–¡Por supuesto! Soy hijo a carta cabal de la élite, por eso la conozco tan bien y sé muy bien de qué carece; eso fue lo que detonó mi curiosidad intelectual desde que tengo memoria. Por eso empecé a leer, a viajar, a tratar de contar el mundo que iba más allá de la comuna donde nací. Por eso me convertí en cronista. Seguí de cerca el estallido social, que me tocó vivir en primera persona y que plasmé en un libro que se llama Sobre la marcha. Ese es el mundo que me motiva. En mi campaña fui sobre todo a lugares como Lo Hermida, La Faena, la Villa San Luis, mucho más que a asados burgueses en el barrio alto de Santiago… A no ser que se tratara de mis amigos que ciertamente son burgueses, pero que no tienen nada que ver con la élite empresarial que ha gobernado este país; mis amigos han sido cómplices en este cambio.

Uno de esos amigos fue el músico Cristián Cuturrufo, el eximio trompetista de jazz que murió el 18 de marzo tras contagiarse de Covid-19.

«Fue tristísimo», suspira. «Con el Cutu, somos… (se corrige), fuimos amigos hace mucho tiempo; luego nos dejamos de ver y con la campaña reapareció y me contó que tenía como cuartel de operaciones la picada de Juanito en la calle Ictinos, en el Peñalolén profundo. Nos empezamos a juntar con todos sus amigos: mecánicos, evangélicos, trabajadores, feriantes. El Cutu organizó un grupo de músicos para que me acompañara a las ferias. Y de manera repentinísima pasó lo que pasó… (dice por su muerte). El Cutu llegó y se fue como un soplo; apareció en un momento dado y experimenté su generosidad, esa capacidad que tenía de alternar mundos. Porque él estaba aquí, con este mundo callejero, popular, y desde su computador respondía mails a gente en El Cairo, en Alemania, o del Blue Note de Nueva York. Fue bonito y muy intenso. La verdad es que me entristeció como muy pocas cosas en la vida».

Cambiando un poco el tema, reflexiona:

«Es interesante lo que pasó con mi campaña. Me apoyaron desinteresadamente un centenar de artistas; 63 me pasaron cuadros para financiar esta campaña, desde Alfredo Jaar, pasando por Jorge Tacla, Bororo, Benmayor, Patrick Hamilton. Hace tiempo que no veía a tantos de ellos participando juntos. Y lo hicieron no por cálculos interesados sino porque había algo mayor, un proceso que es eminentemente cultural, algo puro. No era lo mismo que apoyar a un candidato a diputado, para marcar el paso de lo que ha sido nuestra historia política».

–Solo fue a las urnas el 42% del padrón electoral, la mayoría de los sectores altos, mientras que en los sectores populares el desinterés fue considerable…

–Mientras más pobre, marginal o postergado es el sector en el que tú te adentras, más fuerte el descreimiento, el hartazgo, la distancia respecto de cualquier propuesta política. Cuando iba a terreno me hacían una especie de vade retro, no me joda, no me aburra, si las cosas van a seguir igual… Pero cuando se daban cuenta de que no iba para prometerles arreglar una calle, que no aspiraba a un cargo político, sino que mi propósito era construir juntos una Constitución y la posibilidad de cambiar el Chile futuro, muchos lo captaban… Aunque tampoco hubo suficiente tiempo para cautivar a esas inmensas mayorías.

–¿Esto no le impone una carga extra a la Convención?

–Este proceso tiene que ser muy abierto a la comunidad, buscar de manera activa que la ciudadanía participe. Los que estaremos ahí no estamos llamados a ser genios sino conectores con el Chile de hoy. Por eso a los partidos políticos les fue mal, porque están disociados de esa realidad.

–Por las redes no han faltado los suspicaces que piden instalar cámaras en cada rincón del Palacio Pereira. Creen que así podrían evitar la famosa cocina…

–Hoy se le llama cocina a todo, es absurdo. Por supuesto que es fundamental actuar de cara a la ciudadanía y que esta, a su vez, siga atenta este proceso. Pero eso no significa que los convencionales no podamos conversar entre nosotros. Es nuestra obligación conocernos, generar confianzas; que transparentemos nuestras posturas y nos demos permiso para aprender de los otros. Aquí no hay cabida para los bloques cerrados. Al revés: se requieren diálogos permeables.

–Un grupo de 34 constituyentes, en su mayoría de la Lista del Pueblo, llamó (al cierre de esta edición) a no subordinarse al Acuerdo por la Paz «que nunca suscribieron los pueblos» e impuso una serie de condiciones, como desmilitarizar la Araucanía y liberar a los presos políticos.

–La Convención tiene dos grandes enemigos: el miedo y la rabia. El miedo está movido por los que ven en todo cambio una calamidad, una pérdida total, porque están perdiendo poder, como sucede con la élite. Y la rabia de los que por décadas se han sentido excluidos, como puede ser ahora el caso.

Hace una pausa y con determinación, agrega:

–Pero, por esta misma razón, creo que hay que hacer lo humanamente posible para que ninguno le ponga la pata encima a nadie, y que de forma autoritaria se acalle la voz del otro. Pero también habrá que entender que existe una rabia acumulada y que el rol que nos cabe para construir las confianzas es crear un espacio en el cual ellos sepan que podemos acoger su rabia y transformarla en diálogo. Será fundamental la inteligencia emocional.

–Sin embargo la Convención aún no se junta y ya hay tensión…

–Habrá 50 eventos más como este. Nunca he tenido duda de que veremos muchas situaciones de este tipo; es el material con el que tendremos que salir adelante. Quien se imaginó que el proceso constituyente iba a ser una navegación caribeña se equivocó rotundamente. No hay que olvidar que recién estamos en el paso 0,1 después del estallido social; pasamos de la calle, el fuego, la furia, a la convención. Creer que de la irrupción volcánica íbamos a pasar por arte de magia al lago quieto me parece absurdo.

–Por lo tanto es improbable que el plazo fijado de 9 meses a un año para redactar la Constitución se cumpla…

–Difícil que dure un año; mi pronóstico es que puedan ser dos.

–Hay algunos que quisieran que esto fuera un producto de un choque de fuerzas, pero lo más virtuoso es que sea producto de una colaboración. Los que llegan peleadoramente parece que no se han dado cuenta de que aquí hay algunas cosas que ya están logradas.

–Que serían…

–Cualquiera que haya estado en las campañas sabe que es prácticamente un hecho que no podrá haber una Constitución sin un paso desde el Estado subsidiario a un Estado social de derechos, que se garantizarán los derechos sociales; que el agua se va a recuperar, que la relación con los pueblos originarios va a cambiar; que el medioambiente se va a proteger. ¿Te cabe la duda que, con una convención paritaria, sobre todo en estos tiempos, no vayan a estar garantizados los derechos de las mujeres o que las diversidades sexuales estarán protegidas de toda discriminación? Si Marcela Cubillos u otros piensan que llegarán para impedir que todo esto acontezca, van a hacer el loco, no tienen la fuerza para impedir que suceda.

Mirando fijo, admite:

–Aunque también es importante no perder de vista que, si no conseguimos crecimiento económico y no generamos riqueza, los derechos sociales que vamos a garantizar no podrán proveerse. Por eso es importante tener claro que esa plata no se va a lograr terminando con la empresa privada, como algunos temen.

–O terminando con el derecho de propiedad y la autonomía del Banco Central, que se viene diciendo desde que se inició la campaña por el rechazo….

–¡Claro que no! La nueva democracia requiere recursos y por lo tanto habrá que mantener muy vivo el aparato productivo, incluso sofisticarlo. Tener la seguridad de que esta Constitución, que será más cara, a su vez le dará más tranquilidad y estabilidad en el tiempo al país. Y si la ceguera de la utilidad inmediata les impidiera algunos entender esta necesidad, habrá que hacerle saber que eso pone en peligro todo el proceso productivo por delante. Solo un ignorante o un canalla cree que da lo mismo transgredir el medioambiente con tal de generar riqueza; es imposible, no te compran en Europa ese producto, no le interesa al mundo civilizado un bien que acarrea destrucción planetaria.

–¿Existirá realmente intención de negociar y alcanzar acuerdos?

–La palabra acuerdo se pervirtió hace mucho rato. Entiendo ese desdén. Pero este no es el acuerdo entre Patricio Aylwin, Ricardo Lagos y el empresariado. La invitación es a replantear la palabra. A los que están enojados con justa razón por no haber sido atendidos, trataremos de convencerlos de que la escucha será real. Y si el mundo de la élite no es capaz de quedarse callada y prestar atención, quedará fuera de la conversación.

–Ascanio Cavallo interpretaba este momento histórico como el fin de la transición. ¿Cuál es la importancia que le asignas?

–Es un momento interesantísimo. Un cambio de época que no es local, sino planetario. Han sido más de 90 estallidos sociales en todo el mundo durante la última década. Acá coincide con el final del ciclo neoliberal, concertacionista y de la transición. Estamos jugándonos por una solución democrática que, si la llevamos adelante, le subirá los bonos a Chile significativamente. La historia de los jaguares de Amé- rica Latina será ridícula al lado de lo que nos convertiremos a ojos del mundo. Chile está optando por una solución democrática, institucional y republicana a un momento de gran dispersión mundial.

–Aunque debemos ser también el único país donde el comunismo está viviendo su momento de gloria.

–En las protestas nunca vi flamear banderas con la cara de Chávez, Maduro o Fidel. Nunca se usó la palabra socialismo, ni siquiera la palabra revolución. Sí la palabra pueblo, pero como la irrupción de algo no atendido. Y la aparición de la bandera mapuche no es solo por solidaridad, sino porque encierra todo lo desatendido, lo olvidado, no respetado, descartado. Llegó el momento de hacernos cargo.

–Después de todo lo que hablamos, pareces optimista.

–Como decía el filósofo Fernando Savater, «No soy optimista, yo tengo esperanza, y el que tiene esperanza trabaja hasta el último día para que eso acontezca». Sé que no será fácil, que el camino es largo y tendrá mil tropiezos. Pero terminará bien.

 

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