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«El testimonio es que sobrevivimos y hay una familia que se creó después de todo esto»

Por Francisca Olivares | 11 octubre 2020

Marcos Alvo, autor de "Mi abuela estuvo en Auschwitz".

Este reconocido productor teatral escribió su primer libro. La protagonista es su abuela materna, Dezi Barsilai, quien sobrevivió a uno de los principales campos de exterminios del nazismo. Una historia que cuenta a partir de los sentimientos y las vivencias de una de las mujeres, evidentemente, más importantes de su vida.

A los 15 años, una adolescente judía de Salónica (Grecia), ya huérfana de padre y madre, y cuyo hermano había logrado escapar poco antes del nazismo, ingresaba a Auschwitz; el principal campo de exterminio del Tercer Reich, emplazado a 50 kilómetros de Cracovia, en la ocupada Polonia. Su nombre: Dezi Barsilai. Sus idiomas: el ladino y el griego. Tres años después vino la liberación por parte de las tropas soviéticas, y ella, con 18 años, sobrevivió a todo ese horror.

Al regresar a su ciudad natal, al igual que la mayoría de sus pares –a quienes habían despojado de sus casas y mucho más–, tampoco fue bien recibida. Fue allí donde se encontró con Jacob, un joven que había estado en la resistencia como partisano. Con él se casó al poco tiempo y tuvieron a su primera hija, a quien llamaron Sol.

Tres o cuatro años después se vinieron a Chile, ya que un tío de su marido los esperaba. Y así fue como una joven Dezi llegó al sur de Sudamérica; con toda una historia que ahora es relatada por uno de sus nietos, el reconocido productor teatral Marcos Alvo (42), en Mi abuela estuvo en Auschwitz. Un libro que narra cómo ella vivió y sintió ese tiempo.

Marcos –quien es uno de los cinco hijos de Sol y uno de los fundadores de The Cow Company– cuenta que la recepción del libro “ha sido muy bonita”, tanto así, que casi todos los días le llega un mensaje de alguna persona que no conoce y que se ha fascinado con la historia y resiliencia de su abuela. Dice que lo que más le angustiaba era no ser capaz de transmitir el espíritu de Dezi. Sin embargo, a estas alturas ya sabe que lo logró y está tranquilo porque le hizo justicia a su memoria; la de una mujer alegre, querendona, dulce, siempre de punta en blanco, que le fascinaba cocinar y que, por lo demás, nunca se definió como sobreviviente del Holocausto.

–¿Cuándo fue la primera vez que supiste que tu abuela había estado en un campo de exterminio?

–No tengo un recuerdo como un “aquí” fue. Porque como estudié en un colegio judío, el Instituto Hebreo, siempre se habló del tema; nunca fue algo que estuviera oculto. Pero sí me acuerdo que todos los años, para la ceremonia de conmemoración del Holocausto, donde se invita a algunos sobrevivientes en recuerdo a los seis millones de judíos que murieron en los campos de exterminio, ella estaba ahí. Para mí era algo súper natural. En ese acto ella se pa- raba y prendía una vela. Incluso yo pensaba, como le debe pasar a cualquier niño que piensa que su realidad es la de todos, que todos teníamos un abuelo que había estado en un campo de exterminio.

–¿Has estado Auschwitz?

–No he sentido la necesidad de ir. Para mí todo el tema del nazismo me remueve las vísceras, entonces no se me hace necesario. Me da hasta miedo ir. Sentir esa maldad, que ya la siento de otras maneras. Para mí lo que está detrás de todo esto es una maldad inexplicable y no necesito estar allá, porque creo que voy a tener pesadillas horribles. El testimonio es que sobrevivimos y hay una familia que se creó después de todo esto.

–¿En qué momento le prometes que vas a contar su historia?

–Me encantaría decir que fue justo lo último que me dijo. Pero no fue así, fue algo bien paulatino y durante todo el tiempo. A mí siempre me gustó el tema de la literatura y, sobre todo, leer. Ella me contaba muchas de sus historias y cuentos, y cuando lo hacía me decía “tienes que escribir de esto”. Era un refuerzo constante. Antes de morir, hubo cuatro o cinco años en que perdió un poquito la conexión con la realidad, pero antes de que pasara eso, me hizo prometerle que lo iba a escribir. Hace poco, conversando con mi hermana mayor, me preguntaba cuándo a mí me había contado todo esto, porque a ella no se lo decía. Entonces, efectivamente, creo que me lo contaba con el propósito de que yo lo escribiera.

–¿A lo mejor hacías más preguntas?

–No sé si yo le preguntaba demasiado, porque igual me daba miedo, no por la situación, sino por quebrar a mi abuela. Pero cuando ella hablaba de Auschwitz no se quebraba; eso le pasaba más cuando hablaba de mi abuelo.

–¿Y cómo fue la vida de tu abuelo Jacob?

–Mi abuelo murió el año en que yo nací. Pero él no estuvo en los campos. Ambos estuvieron en el mismo ghetto sin saberlo, pero como los padres de él tenían mejor situación que los de mi abuela, lograron comprarle una especie de pase para que él saliera, solamente él, porque ellos también murieron en Auschwitz. Mi abuelo se fue a las montañas de Yugoslavia y fue partisano, como parte de los guerrilleros que estaban en las montañas y combatían contra los invasores. Sin embargo, de la historia de mi abuelo es la que menos sabemos; tenemos un par de anécdotas y cuentos que nos contó mi abuela de cosas que le habían pasado a él, pero mi abuelo no hablaba de la guerra. De hecho, cuando empecé a hacer el libro tuve una etapa de investigación más profunda con mi familia y empecé a preguntar por él, y nadie sabía mucho; sólo que estuvo en las montañas, con los yugoslavos; pero qué más pasó en esos dos o tres años, ni idea.

–En la historia de tu abuela está el tema de la amistad, con la que al final sobrevive en Auschwitz.

–Cuando ella entra al campo, prácticamente no conoce a nadie. En el minuto en que atraviesa la puerta de Auschwitz ya era huérfana, entonces en una situación así te toca acercarte al que tienes más cerca, y una de esas personas fue su amiga Frida, que también era de Salónica, pero no se conocían para nada de antes; de hecho Frida tenía una muy buena situación económica, por lo que había recibido una mejor educación y sabía más idiomas. Sin embargo aunque hablaba inglés, alemán y francés, no tenía la pachorra de mi abuela, que era la que después le dictaba lo que tenía que decir y ella hacía la traducción. Así empezaron a generar este lazo y se prometieron salir juntas del campo.

–¿Qué otra característica crees que había en tu abuela o en Frida para haber sobrevivido?

–Es más una hipótesis, porque tampoco fue que yo le hubiese preguntado alguna vez “por qué sobreviviste”. Ahora, en el registro audiovisual que hizo la USC Shoa Foundation (fundada por Steven Spielberg y donde fue entrevistada) ella lo dice, y es las ganas de contarlo, de tener su propia familia. Pero, creo que además de eso, que es más bien una decisión dada a posteriori, puede ser una determinación de vivir. De “esto no me va a ganar” y, al mismo tiempo, de esa promesa que le hizo a Frida y a sus padres de vivir. Eso la hace tener una determinación y un sentido.

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