fbpx Revista Velvet | «El virus entrará en él sin que lo sepa. Así como entró en la cajera, y en la viejita de la fila



LifeStyle

«El virus entrará en él sin que lo sepa. Así como entró en la cajera, y en la viejita de la fila

Por equipo velvet | 13 junio 2020

'Salvoconducto' de Catalina Infante. #Cuentosvirales por @autoraschilenas.

Te duele un poco la garganta. Pero siempre te duele la garganta, es algo que te pasa en las mañanas de otoño, cuando el frío te pilla desprevenida y aún sigues usando el pijama de verano. Te duele la cabeza también. Pero siempre te duele la cabeza cuando trasnochas. Tienes tantas cosas que hacer, no hay nada en el refri, y quieres pasar al banco a cobrar un cheque. También a ver a tus sobrinas para dejarles un regalito, si es que alcanzas. Se supone que hay cuarentena, pero las calles están llenas de gente, los negocios abiertos, quizás no sea tan terrible salir un rato. No nos podemos pasar la vida encerrados.

Recorres los pasillos del súper, que está lleno, tomando los productos para observarlos y dejándolos en su lugar cuando no te convencen. Sientes la garganta seca. Abres una botella de agua que vas tomando mientras recorres el súper, con la mascarilla en el cuello. Llevas cloro, pollo, pan, queso, fósforos, confort… harto, por si acaso.  En la fila la gente cree estar tomando distancia de ti, pero los come la ansiedad por irse pronto y van acercándose. Dejas pasar a la viejita que está detrás tuyo y ella te agradece. Conversan un poco sobre lo absurdo de lo que están viviendo y se ríen.

La mayoría lleva la mascarilla mal puesta porque se cansan de ella, y lo entiendes, es tan incómoda. Pagas con tarjeta, tecleas la clave con tus dedos apretando fuerte y le das las gracias a la cajera. Te ahogas con el agua y toses tímidamente mientras apuras el paso hacia el auto para que no te miren feo. El súper te dejó agotada, no quieres ir al banco así que vas directo donde tu hermana, a dejarle un chocolate a tus sobrinas. Tu salvoconducto para el súper te da tiempo suficiente. 

Tocas el timbre. Las niñas no están con mascarilla porque no les gusta. No las puedo obligar, te dice tu hermana, y tiene razón. También están tus papás, sin salvoconducto, pero viven al lado. Pasas al baño rápido a lavarte las manos, pero qué lata los 20 segundos, seguro cinco sirven igual. Te sientas en el living, acaricias a la perrita, tus sobrinas te pasan un computador de juguete que hicieron con cajas de huevo, todos se ríen. Haces como que tecleas sobre el cartón para entretenerlas, y la perrita se sube al sillón a dormir la siesta.

Hablan entre ustedes a un metro de distancia, y a medida en que la conversación se pone buena se van acercando; de pronto no es ni medio metro. Tu papá está hablando de ese caballero que tomó un helicóptero para irse a la playa. Cuicos culiaos, dices tú, y tu mamá se enoja por decir esa palabra tan fea. Se te acaba el tiempo, se me hace tarde, dices, cuídense. Llegas a la casa a echarte a la cama, estás agotada, sientes una presión en el pecho, como de angustia. Estar sola y encerrada no es fácil. 

Cuando estás a punto de dormir esa siesta, te tocan el timbre. Vienen a traerte las verduras que compraste al emprendimiento de tu amiga, para ayudarla. Te vuelves a poner los zapatos con los que andas en la calle, los que tienes que desinfectar cada vez que vuelves, aunque a veces se te olvida. Pensarás en ponerte la mascarilla, pero no la tienes a mano y ya estás cansada de usarla. Por una vez que no la uses no pasa nada, has sido tan responsable durante toda la cuarentena. El repartidor te pedirá tus datos y te acercarás a él para que te escuche. Y cuando te pida que por favor le des tu RUT, en esa pronunciación del “raya ocho”, pequeñas gotículas caerán sin que lo notes sobre el rostro del repartidor, que lleva su mascarilla con la nariz afuera. El virus entrará en él sin que lo sepa. Así como entró en la cajera, y en la viejita de la fila, y en los rostros de tus padres y de tu hermana, y en el computador de cartón con el que jugarán tus sobrinas toda la semana. Como entrará después en los padres de la cajera, y en la hermana del repartidor, y en la señora que hace el aseo donde la viejita, y en la enfermera que la atendió llegando al hospital. Y cuando salgas positivo en tu test la próxima semana no entenderás cómo fue que te contagiaste, si te cuidabas tanto. 

Sobre la autora

Catalina Infante Beovic (36) es licenciada en literatura y magíster en periodismo escrito. Trabaja como editora en Editorial Catalonia, es profesora en UAI, colaboradora en Revista Paula y una de las dueñas de Librería Catalonia. Ha publicado tres libros de mitología de pueblos originarios con la antropóloga Sonia Montecinos. Todas somos una misma sombra (Neón, 2018) es su primer libro de cuentos. Dicta talleres de creación literaria, información en  tallerescatainfante@gmail.com

Comentarios