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#Cuentosvirales por @autoraschilenas: Algún día serás

Por equipo velvet | 06 mayo 2020

Por: Lyuba Yez

Había soñado que era una cantante en pleno concierto, sonriendo entre las luces y los coros. Se había soñado fuera de la casa, lejos de su condición de cesante con seguro ya gastado, de madre explotada por el sistema y a veces ninguneada por sus propios hijos; se había imaginado lejos de Agustín, pero lejos de verdad, no en aquel régimen de hombre y mujer que ya no están juntos y que comparten techo solo por temor a dejar a los niños convertidos en hijos de padres realmente separados.

Se había soñado libre.

Pero había despertado.

Al abrir los ojos se encontraba con lo de siempre, como en el día de la marmota que definía como tal desde que había tenido hijos. Uno primero, y el segundo, por un descuido, concebido ocho meses después. Ahora, una pandemia mundial la obligaba a estar en casa con pocas oportunidades de pisar la calle otra vez. Ya no estaba el café de la esquina para quebrar el tedio entre mamadera y mamadera, mucho menos la opción de salir a pasear con el coche, apurando el paso para activar alguna endorfina. Tampoco la opción de quedarse en un estacionamiento, medio escondida en el auto de él, de ese recuerdo de los veintitantos que había resucitado por esos milagros de las redes sociales, y que a sus cuarenta y tres se convertía en un ideal tardío.

Los días olían a enfermedad, afuera los infectados aumentaban sin control y los hospitales colapsaban El mundo estaba enloqueciendo, la vida había obligado a hacer una pausa, a lavarse las manos muchas veces al día, a pensar en alcohol y cloro. Y ella no lo había pedido, porque lo que más deseaba antes de que se decretara la emergencia por coronavirus era avanzar muy rápido. En noviembre hablaría con Agustín, después de la Navidad lo harían con los niños; acordaría que su marido dejara la casa en febrero y quedarían en un régimen abierto de visitas.

Las autoridades decían que lo peor estaba por venir. ¿Habría algo peor que estar encerrada en casa, presa de lo doméstico y de la maternidad, obligada a compartir cada segundo con un hombre al que ya no quería como antes? Probablemente sí, pero no pensaba en eso.

Despertar se me está haciendo difícil, le escribió después de ducharse, encerrada en el baño. La respuesta no llegó lo suficientemente rápido: los niños ya estaban a punto de derribar la puerta pidiendo los monos animados, y Agustín ya gritaba que así no se puede trabajar. Tuvo que guardarse el celular y regresar.

Él no respondía los mensajes, y eso ya dolía. ¿Acaso la pandemia y el miedo cambiarían todo? ¿Sus planes, la otra mitad de su vida que tenía pensada? Solo quiero ser libre, escribió esta vez. Agustín tosía y su hija también. La infección ya estaba dentro, lo sabían, e ignoraban hasta cuándo o cómo evolucionaría en cada uno. El confinamiento ya se había vuelto indefinido y en caso de agravarse alguno de ellos, aquella sería la única forma de salir. Solo vería la calle por su propia enfermedad, o la de sus hijos, o la de Agustín. Solo saldría de ese encierro si algo andaba mal, y eso convertía su posibilidad de libertad en otra cárcel, en pura angustia, en más miedo. Solo quiero ser libre, susurró, aunque ya era inútil.

Agustín se asomó pálido, la tensión lo vestía completamente. Tenía el termómetro en la mano y confirmaba la fiebre del hijo menor. Tosió otra vez y su pecho sonó muy mal. Ella sintió compasión, un dolor en la tripa, ganas de llorar. No planeó bien nada, y de haberlo hecho, jamás habría pensado en un futuro originado desde la enfermedad, el miedo o la muerte.

Su celular vibró, ella apenas pudo mirarlo, su hijo se acercaba afiebrado y corrió a abrazarlo. Agustín le hizo un cariño en el pelo al niño y después a ella. Ella lo miró. No lo hacía desde hace mucho, mirarlo de verdad. Fue un segundo, el impulso de tomar su mano y protegerse en un abrazo real. Ambos lo pensaron, ambos lo sintieron. El matrimonio es memoria y tiempo, como dice Joan Didion.

Se quedó sentada en el sofá, abrazada a su hijo, junto a Agustín. El otro niño llegó a los pocos minutos, se acomodó junto a ellos. Pusieron algo en la tele, una película a medias. No importaba, la verían de todos modos. Como tampoco importaba el mensaje que brillaba en la pantalla de ella: Algún día serás. Yo no puedo.

 

Sobre la autora:

Novelas “La ciudad está sola” (Asterión, 2003), “Entre Caníbales” (Punto de Lectura, 2005) y “El mapa de lo remoto” (2008). También realiza talleres de escritura creativa, que espera retomar cuando se pueda estar juntos en una sala. Más información en Lyubayez@gmail.com

 

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