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Cultura

#Cuentosvirales por @autoraschilenas: Visillo

Por equipo velvet | 09 abril 2020

Por Ana María del Río.

Afuera anda la muerte, eso lo tiene claro. Nunca tuvo mucha confianza en el mundo de afuera, pero ahora la amenaza es clara. Si sales, mueres. Mejor. La asustan las personas, mejor dicho el halo amenazante que se desprende de las personas. Solo ella no tiene ese halo. 

Mirar por la ventana. ¿Por qué uno no podrá vivir por la ventana? ¿Vivir mirando la vida suceder sin mancharse de ella y de sus terribles sorpresas? 

Fija los ojos en el edificio que acaban de construir al frente. Hay un hombre en la ventana. Al comienzo cree que es una sombra. Pero no. Él la mira fijo. No parpadea siquiera. Parece un retrato de alguien.

¿Qué mira? Brusca, se abotona el vestido y se retira del vidrio, como si hubiera hecho algo indecente. 

Pinta toda la mañana con furia, colores, empastando la tela, el pincel entrando como una cuña. Un rojo Siena revolotea sangriento. Un cuadro a pedido. Piensa en lo que hará con el dinero. Endodoncia, por supuesto. 

Al atardecer, levanta los bordes del visillo. El hombre continúa ahí. La mira fijo. Le parece que el tiempo no se ha movido. Siente eso muchas veces. Que el tiempo no se mueve. 

De ninguna manera, dice en voz alta, en la soledad de su habitación. Le da vergüenza hablar sola. 

Ha escuchado historias terribles sobre mujeres que abren la ventana. Y luego se meten con alguien. Gastan dinero, se tiñen el pelo, creen que vuelven a ser jóvenes, en su pieza, un tiempo, otro olor. Y después se tiran al mar desde una roca, agarradas a una carta recibida que les dice que la relación se rompió.

Pasa junto al espejo sobre la percha de los sombreros. Hace mucho tiempo que no hay un solo sombrero colgado ahí. 

Se mira y se desabotona el botón de arriba del vestido. ¿Quién la ha enfundado en aquel traje caqui? 

Algo la empuja nuevamente hacia la ventana. No la abre. Solo corre las cortinas unos pocos centímetros y mira un solo ojo que sobresale, un pequeño pez negro.

Ahí está él, no se ha movido. Nunca tuvo elegancia, piensa.

Algo le dice que su vida puede cambiar si sigue mirando hacia aquella cara, borrosa tras el visillo. Con un solo ojo entresaliéndole. 

Es él, piensa. Ahora está segura.  Ha cambiado. Años ¿cuántos? No sé, da lo mismo, se dice. 

Es él. Reconocería esos ojos, ese arco de las cejas en cualquier parte. 

Podría equivocarme, pero sería muy raro. Las caras se me quedan en la retina, por algo soy pintora, piensa.

Cierra el visillo y recuerda. Una iglesia. Gente afuera mirando. El día del matrimonio. Recuerda el picor, el vestido de novia, arrendado, encajes implacables, abotonado hasta el cuello. Recuerda la espera, horas, siglos hendiendo la carne. Recuerda los crisantemos ajándose. Recuerda los ojos de la gente, caracoles húmedos resbalando por su vestido. Su vuelta en el auto de novios sola, a su casa.

Una rabia de treinta años crece, una flor carnívora se derrama como leche hirviendo.

Sale, atraviesa la calle pasos largos, los talones en el pavimento. Le dirá unas cuántas cosas a ese infeliz. 

Entra en el edificio. Cuando va subiendo, siente la sirena. Una ambulancia se  detiene frente al edificio de enfrente. Donde está él. Ella va comenzando a subir. El ascensor está malo. Se bajan dos camilleros, mascarillas industriales, oxígeno .

¡Despeje!, gritan. Qué hace sin mascarilla esta vieja huevona, dice uno al pasar corriendo. El conserje los precede, buscando el manojo de llaves, reclamando algo entre dientes. 

Ella entra. El mismo departamento.

Lo ve. Sigue sentado mirando al frente. Sin moverse. Los camilleros se acercan, con cautela,  lo toman y lo extienden sobre la camilla. Le ponen electrodos en el pecho. Lo cubren con una manta azul marino, hasta el cuello. Uno saca una botella de suero y el otro le busca la vena. Le aprieta el brazo con una goma roja.

Otro más, dice uno.

Él la mira sin pausa desde la camilla. Tiene los mismos ojos que ella conoce, el mismo arco de las cejas. Tiene la boca abierta, pero no está muerto. Solo la mira, con una atención infinita. Como nunca la ha mirado.

Los ve bajar a saltos la escalera con la camilla bailando en el aire oscuro de la caja de escaleras. Reclaman porque no hay ascensor. Ella se queda en el descansillo, muy quieta. Y siente el picor de su vestido de franela color caqui, abotonado hasta el cuello.

*Escritora chilena de la generación de los 90, ha escrito más de 10 novelas, entre ellas los libros para adultos «Siete días de la Señora K.», «Tiempo que ladra» (ganadora del Premio Letras de Oro de la Universidad de Miami, 1990. «Óxido de Carmen» (ganadora del Premio María Luisa Bombal 1986). «A tango abierto» (ganadora del Premio Manuel Montt Universidad de Chile 1996). 

Ana María realiza talleres individuales para personas que están escribiendo o quieren empezar. anamariadelriver@gmail.com

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