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Columna @LenkaC

La primera línea de la salud

Por Lenka Carvallo | 26 marzo 2020

Cuando es cuestión de tiempo para que el mundo alcance el millón de muertes, las pérdidas nos recordarán que somos ínfimos y no dioses, que no habrá más ‘diostores’ sino seres de carne y hueso.

En estos días de pandemia —o mejor dicho, en esta tremenda lección de humildad extendida y globalizada—, los enferme@s, doctore@s y estudiant@s de la primera línea de la salud son, qué duda cabe, los héroes y heroínas de esta historia inesperada y urgente.

Cuando la emergencia sanitaria más grave de esta centuria nos tiene encerrados en nuestras casas, temerosos de que el asesino invisible entre por nuestra puerta, la primera línea encara otra realidad.

Día a día los hospitales del mundo, muchos de ellos improvisados ante la falta de capacidad, parecen no dar abasto para las 420.000 personas contagiadas en 185 países.

Hoy la pandemia cobra la negra cifra de 20 mil pérdidas humanas.

En Chile la cifra de contagiados superó la barrera del millar (1. 306 casos al jueves 26 de marzo) y totaliza 4 vidas extinguidas, hasta ahora todos adultos mayores.

Un escenario de calles vacías y hospitales atiborrados; un atmósfera de temor, enfermedad, fiebre y miedo a la muerte.

Si antes se creía que los médicos eran semidioses, los ‘diostores’, como se les llamó desde la insignificancia y la miseria, en su poder para rescatarnos de la frágil línea entre la vida y la muerte. Hoy, la pandemia nos obliga a ser humildes y nos dice que aquí no hay héroes sino blancos soldados de una primera línea; que palabras como primer mundo, desarrollo, producto interno bruto, potencia mundial, no significan nada y se reducen a simples palabras ante el avance de esta peste que los seres de estos tiempos intentamos controlar y que antes veíamos como un castigo divino.

Hoy es un castigo de la naturaleza, qué duda cabe. Un castigo que nos mueve el piso, que invade nuestro oxígeno y nuestra piel, que infiltra nuestro torrente sanguíneo. Eso mientras los científicos trabajan sin parar hasta dar con una vacuna que, dicen las noticias, ya se ha descubierto y que podrá utilizarse a partir del próximo año y donde los primeros inmunizados será el personal de salud. Algo es algo, pienso.

Cuando es cuestión de tiempo para que el mundo alcance el millón de muertes, las pérdidas nos recordarán que somos ínfimos y no dioses, que no habrá más ‘diostores’ sino seres de carne y hueso. Que no habrá “pacientes” sino que seres urgentes. Que la salud no es ni debe ser nunca más un bien de mercado sino uno de primerísima necesidad. Que las relucientes clínicas deben ser decretadas como recintos de uso público y estatal cuando la capacidad se acaba y así también con los centros de eventos, hoteles y cualquier espacio que pueda albergar a los seres humanos al borde de la muerte y donde la primera línea de la salud se hace poca, los recursos se vuelven nada, cuando correr contra el tiempo no cambia mucho las cosas, a excepción de la vida que se va en el rostro de un anciano, de un niño, de un joven de 22 años, de una madre de 45 años, de sus propias familias enfrentadas al dolor y la incertidumbre, a sus propios muertos, a la propia extinción y a las bajas que también se cobran entre una exhausta primera línea.

Eso y más nos deja esta epidemia que ni siquiera podemos llamar guerra porque aquí no hay armas salvo los soldados de blanco, en un campo sin trincheras, muchas veces sin la más mínima protección. Solos y unidos ante el mandato que es la supervivencia y donde no existe ni existirá más premio que una vida no apagada, el eco de un aplauso profundo, conmovido, alentador y, sobre todo, agradecido. El aplauso que intenta también espolear el desánimo y renovar los esfuerzos contra el tiempo, contra la naturaleza, contra la extinción.

 

 

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