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Estado emocional de catástrofe

Por Lenka Carvallo | 18 marzo 2020

La pandemia ha remarcado más que nunca nuestra fragilidad. Personalmente, creo que hay solo tres opciones claras: caer en el pánico, tomárselo como un castigo o verlo como una oportunidad, ¿qué oportunidad, dirán?

Quién lo diría. Si mi último post fue sobre la gloriosa marcha del 8-M, hoy aquella masiva convocatoria pareciera ser parte de un mundo ajeno, casi irreal.

La pandemia del Covid-19 cambió de plano nuestras vidas.

Hasta el plebiscito del 26 de abril –que nos tuvo enfrascados durante cinco meses–, hoy pierde relevancia ante el Estado de Catástrofe Nacional declarado desde La Moneda.

Si ya después del estallido del 18 de octubre se acabaron las certezas cotidianas, esas que nos permitían movernos en piloto automático, sin cuestionarnos a qué hora saldremos de nuestra casa, la rutina de subirnos al auto o el transporte público, dejar a los niños en el colegio, llegar a la hora prevista al trabajo, concretar esa reunión; volver a nuestras casas y en el camino pasar por e el supermercado o juntarse con las amigas en un bar … Todo eso se desdibujó y se convirtió en incertidumbre.

Hoy, con la pandemia del coronavirus, las incertezas, la inseguridad, el riesgo de enfermar, la opción de salir a la calle, el que lo ignoremos todo sobre la mayor catástrofe sanitaria, económica, social y política de la historia humana, nos ha remarcado más que nunca nuestra fragilidad.

Personalmente, creo que hay solo tres opciones claras: caer en el caer en el pánico, tomárselo como un castigo –aunque algo de eso tiene– o verlo como una oportunidad, con lo pies bien puestos en la tierra.

Ningún momento como este puede poner tan en evidencia nuestras desigualdades. Si ya el estallido de 18-O fue el grito de desesperación y rebeldía a décadas de indiferencia, abusos y maltrato, el coronavirus pone de manifiesto –y de manera feroz– las diferencias. El cruel contraste entre riqueza y precariedad; entre un mundo de privilegios, con acceso a salud de calidad, acceso a mascarillas, alcohol gel, supermercados y farmacias –un poco más holgadas, no tan desabastecidas–; a transporte privado y, más que nada, espacio físico y tiempo. ¿Se han preguntado por la inmensa fortuna de poder trabajar en la casa y estar con la familia desde la comodidad de un hogar limpio y cómodo?

La mayor parte de nuestra población vive en condiciones exactamente opuestas, en viviendas sociales estrechas donde viven junto a niños, abuelos, hijos con sus respectivos convivientes. Seres humanos como nosotros, a quienes no les queda otra que salir a trabajar, tomar el transporte público, desempeñarse lugares que no necesariamente se preocupan de tomar medidas sanitarias mínimas, sin guantes, mascarillas o alcohol gel; temerosos ante la posibilidad cierta de enfermar a sus viejos, a sus niños y tener que atenderse en un sistema de salud pública que, eso lo sabemos, no está preparado para la inminente momento en que la pandemia alcance su peak.

¿Por qué entonces es una oportunidad, dirán? Porque nos permite valorar y, al mismo tiempo, cuestionar nuestros privilegios; nos obliga a enfrentar en carne viva un siglo de injusticia social; nos convoca a ser solidarios y a seguir el ejemplo de tantos valientes de gran corazón y no a acaparar, a especular ni pensar en el bien colectivo; nos lleva a reflexionar sobre nuestros lazos y afectos, tan cerca y tan lejos a la vez, con la muerte mordiéndonos los talones; a demostrar cariño e intimidad de lejitos, sin besos, sin abrazos, sin enlazar las manos, sin compartir un cigarro o beber agua de una misma botella. A convivir en la casa sin matarnos, a querernos y dar lo mejor de nosotros porque sólo tenemos este día. A pensar sobre todo en la muerte, la vejez, la precariedad, la pobreza y las feroces injusticias de nuestro Chile.

Y porque creo firmemente que así como en Europa y Asia –que representan para nosotros el futuro en el tratamiento, evolución y manejo económico, social y sanitario de la pandemia– han demostrado empatía y políticas públicas que debiéramos imitar, como el pago estatal de servicios básicos e incluso arriendos, como anunció el presidente Macron en Francia; condonación de impuestos, en Italia; subsidios para la cultura y las pequeñas y medianas empresas en Alemania.

Esta crisis nos llevará a replantearnos a fondo, desde lo individual a lo colectivo, el país que queremos, qué calidad de ciudadanos (acaparadores o solidarios), gobernantes, políticos, líderes, queremos para Chile.

Porque solo tenemos este presente y un solo futuro. Que la enfermedad, la muerte, las ausencias sin retorno, sin cura, tengan un sentido. Eso solo depende de nosotros.

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