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Daniel Matamala: «Se nos acabó el tiempo»

Por Jon Reyes | 07 febrero 2020

Se ha convertido en uno de los periodistas más creíbles y respetados del país. Aprovechando el reciente lanzamiento de su último libro La ciudad de la furia desmenuza las causas del estallido social y advierte que, si no se logran soluciones urgentes, se puede generar un nuevo despertar de la ciudadanía. Esta vez con menos esperanza y más rabia.

Foto: Alejandro Araya

La noche del jueves 17 de octubre fue de aquellas que quedarán marcadas para siempre en el recuerdo de Daniel Matamala. A las 21:30 horas iba al aire con su programa 360 en CNN Chile y el tema central de ese capítulo serían las sorpresivas evasiones que se estaban registrando en el Metro de Santiago. Matamala y su equipo tenían el programada armado, el que incluía entrevistas al ex subsecretario de Transportes, Carlos Melo, y al sociólogo Alberto Mayol, quien ya venía advirtiendo señales de malestar social.

Todo estaba listo para que comenzara el episodio, pero faltaba algo muy importante; no habían decidido cómo se llamaría el programa (cada noche se le da un título especial). Fue ahí cuando en un intercambio de mensajes con su equipo salió el nombre La ciudad de la furia, inspirado en la popular canción de Soda Stereo. Días después, Matamala ocupó el mismo titular en una de sus columnas en La Tercera y también le sirvió para el nombre de su último libro, que precisamente es una recopilación de sus últimas columnas en ese medio.

Esto fue como un terremoto. Lo que pasa en los terremotos es que previamente se va juntando la energía por mucho tiempo y uno no sabe cuándo esa energía se liberará y creo que en Chile pasó eso, se fue juntando mucha energía. Mi libro habla de eso, hay columnas de antes de octubre en que se deja en claro la rabia de la gente y el malestar que existía por las desigualdades y abusos, por esta élite tan hermética e impune y la desconexión cada vez más grande entre la clase dirigente y el resto de la ciudadanía”, explica el periodista.

Estos son temas que tú venías tratando hace tiempo en tus programas, por no decir desde siempre. En ese sentido, ¿cómo tomas la crítica que la ciudadanía le hizo a los medios de comunicación, especialmente a la televisión?

– Creo que hay una crítica que es válida, primero porque es un llamado de atención a todo lo que signifique poder, y la televisión también es una forma de poder, por lo tanto, me parece súper válido que sea objeto de esa crítica. En el caso en particular de lo que hacemos en CNN Chile y CHV, siento que la gente sí ha hecho una diferencia y hemos tenido una muy buena evaluación del trabajo que hemos realizado.

– ¿Y cuál es la autocrítica que haces?

– No estuvimos lo suficientemente atentos a muchas cosas que estaban pasando. Por ejemplo, en CNN, creo que hicimos un muy buen trabajo en denunciar la corrupción, pero no sé si fuimos tan lúcidos en conectarnos con la vida cotidiana de la gente. Tal vez nos dedicamos mucho en denunciar al abusador y no tanto en empatizar con el abusado. Eso es algo que podríamos haber hecho mejor. Por el tipo de periodismo que hacemos en CNN Chile, quizás no estábamos tan conectados con la vida cotidiana de la gente.

– ¿Cómo tiene que volver a conectarse la TV con las personas? Hoy es común ver rayados en las calles que piden que la gente apague la tele.

– Con humildad al reconocer los errores y con mucha empatía. Debemos estar más conectados con la vida diaria. Yo uso el Metro todos los días, a esta entrevista me vine caminando y pasé justo por Plaza Italia. Siento que esa conexión no se debe perder nunca. Hay que vivir la ciudad y estar con la gente, conversar con ella, aceptar las sugerencias y las críticas cuando las personas se acercan. Es importante que los medios de comunicación no caigan en lo que caen las élites, esa desconexión tan profunda con la realidad.

– Hubo momentos muy críticos para los canales de TV. ¿Qué sentiste al estar trabajando bajo toque de queda y con militares resguardando las dependencias de CNN Chile y CHV?

– Fue muy fuerte. En mi caso recordaba de niño el tema del toque de queda y de ver a militares en la calle. Esto era algo del pasado y ver que de un día para otro podemos caer nuevamente en toque de queda y en violaciones a los Derechos Humanos es algo muy fuerte. La democracia es frágil y esto hace reflexionar mucho en torno a cuidar lo que tenemos y eso no significa quedarse inmóvil, al revés, para cuidar lo que tenemos hay que generar cambios que permitan que las personas se sientan más incluidas. Nos falta tener mayor cohesión social y, si no la tenemos, todo es frágil.

– En ese sentido, ¿cómo evalúas el acuerdo por una nueva Constitución?

– Me parece muy valioso. Creo que es una de las pocas oportunidades en el último tiempo en que la clase política ha estado a la altura en ver que había una necesidad real y de posponer las peleas internas al llegar a un acuerdo. La gente pide que ese sentido de urgencia también sea en el tema de las pensiones, de la salud y en que exista una real participación en la Convención Constituyente. Creo que la nueva Constitución es muy importante pero no lo es todo y hay muchísimos temas que requieren de acuerdos urgente y ahí no veo a la clase política actuando de la misma forma como lo hicieron para llegar a un acuerdo por una nueva Constitución.

– Y al gobierno, ¿cómo lo ves?

– Completamente paralizado, inmovilizado. Siento que hay algunos ministros que están haciendo bien las cosas. El ministro de Hacienda ha hecho un buen trabajo, ha sabido escuchar y me parece que él está demostrando que las cosas se pueden hacer, pero el Presidente sigue en un discurso de buenos y malos, de amigos y enemigos.

– ¿Está desconectado de la gente el Presidente Piñera?

– Totalmente y muy desconectado de lo que está pasando en Chile. Uno lo ve hablar y lo que dice no tiene ninguna relación con lo que la gente está pidiendo. Hace un tiempo, en una entrevista radial, le preguntaban por un cambio de modelo y él inmediatamente apunta a Venezuela. La gente no está pidiendo que seamos Venezuela. Esa es una desconexión total. Las personas piden que haya un modelo de desarrollo más inclusivo, que tengamos pensiones dignas, que la salud esté al alcance de todos. Nadie está hablando de un modelo comunista o de Venezuela. Me parece una locura pensar que la gente en la calle se está manifestando por eso. Ese discurso va en la misma línea al decir que estamos hablando de un enemigo peligroso, de que estamos en guerra. Esto no es una conspiración contra él. Las personas quieren una mejor calidad de vida. Hay una desconexión bastante peligrosa con lo que realmente está pasando.

– ¿A dónde crees que nos puede llevar eso?

– Se está poniendo a prueba una especie de sistema político de emergencia. Es como un presidencialismo sin Presidente. Sabemos que nuestro sistema político está muy centralizado en la presidencia, pero esa presidencia está inmovilizada. Lo que ha pasado en algunos momentos es que otros sectores políticos han comenzado a sacar por su cuenta algunas iniciativas. Me parece muy importante que Mario Desbordes esté por generar consensos y que, de alguna manera, algunos ministros sectoriales, que sí están entendiendo más todo, lideren agendas. Lo mejor para el país es que el Presidente tome una actitud mucho más de ceder ante los acuerdos a los que puedan ir llegando sus ministros y no ser un obstáculo. Cada vez que el Presidente habla, más que ser un facilitador, se convierte en un obstáculo. Debe tener ministros, partidos políticos y parlamentarios empoderados para poder llegar a consensos.

– En una de tus columnas planteabas el tema de la “neoliberalización de la política”. Sebastián Edwards dijo que el sistema neoliberal estaba muerto. Así de fuerte. ¿Qué opinas de aquello?

– Lo que está muerto es un modelo que suponía que lo único importante era una cierta ortodoxia económica y que todo lo demás era secundario. Hoy se ha demostrado con mucha fuerza que la economía tiene que estar conectada con lo que está pasando con la gente porque finalmente si no hay consensos sociales, la economía puede ser muy frágil y eso lo hemos aprendido en estos días. El gobierno estaba preocupado de cualquier cosa como una reforma tributaria para bajarle los impuestos a los dueños de empresas y eso no conectaba con las necesidades sociales. Creo que también los grandes empresarios han aprendido que la cohesión social es muy importante para la estabilidad económica. Le economía debe ser una herramienta para lograr una sociedad con mayor cohesión y felicidad.

– Hablemos del libro. Esta es una recopilación de tus columnas -de antes y después del estallido social- en el diario La Tercera.

– Estaba la idea de hacer un libro con las mejores columnas del año y después del 18 de octubre cambió un poco el sentido. Lo que muestra este libro es cómo esa energía que estaba acumulada llegó hasta ese terremoto. El libro está armado en base a temas. Yo venía hablando de esto hace mucho tiempo, hay columnas que tocan la falta de meritocracia en Chile o de la desconexión entre la clase dirigente y la ciudadanía, esos temas hoy están más vigentes que nunca. Muchos dijeron que no veían venir lo que pasó.

– El esquema de tu libro cambió, Chile cambió. ¿En qué cambiaste tú después del 18 de octubre?

– En varias cosas. Fundamentalmente en el sentido de urgencia. Si bien es cierto estos temas los venía planteando desde hace mucho tiempo, tampoco era consciente de la urgencia con la que tenían que solucionarse. Pensé que había tiempo para que todos estos problemas se solucionaran, pero esto nos ha demostrado que se nos acabó el tiempo. Hay que tomar medidas decisivas que son ahora, de lo contrario esto volverá a estallar en seis meses o en un año más, con la misma fuerza y con más rabia.

– Vislumbras que, si no hay voluntad política real y no vemos soluciones prontas, habría otro estallido social.

– Por supuesto. Este estallido tuvo algo muy bonito y es que la esperanza y la energía positiva han sido más fuerte que la energía destructiva. Las personas siguen esperanzadas pese a todos los problemas que han existido, pero se nos acaba el tiempo para que la gente siga pensando eso. Si en un año más ellos sienten que no ha cambiado nada, que sus vidas están igual o peor, la próxima vez que se genere un estallido esa esperanza no estará ahí.

 

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