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Historias de la zona cero

Por admin | 06 febrero 2020

Cinco relatos que se cruzan y van de la euforia al estrés. En el epicentro del cambio social.

Primero se quedaron sin metro. Luego sin micros, luz, comercio y semáforos. Sus paredes se taparon de carteles, rayados, lienzos. Se adaptaron al ruido de las cacerolas, disparos, sirenas, al ambiente irrespirable, los parques sin pasto y la basura.

Por: Silvia Peña

Fotos: Katalina Ulloa

 

CAMILA ROSSELOT, Vivir a concho el cambio de consciencia

Con Camila Rosselot (31, sicóloga) nos encontramos el día 50, recorremos su manzana que es la misma del edificio de Telefónica. Un escuadrón de Carabineros rodea la esquina de su casa.

Para ella el impacto fue inmediato. Como trabaja en un programa de acceso inclusivo a la educación superior en la Universidad de Santiago, se suspendieron las clases y su trabajo el mismo 18 de octubre. Su vida y rutina se desestructuró a tal punto que fue absorbida por la protesta. “Pasé por un período ultra enfocada en las manifestaciones. Necesitaba informarme, conocer a los vecinos. Había ansiedad, nerviosismo, pero también activación, yo sentía que tenía que vivir esto a concho. Era coherente con mi elección de barrio. Yo vivo aquí porque me gusta estar en el centro, independiente del caos de los primeros días. No me junté con mis a amigos por un rato, algo me decía: ‘tienes que estar acá’”.

Se volcó de lleno a participar en la organización de los vecinos. “Creamos el movimiento ‘No más lacrimógenas’. Ayudamos a los heridos. Fue un cambio de conciencia y todo pasó a segunda prioridad”.

Un tiempo que también le trajo estrés y cansancio. “La exposición a la contaminación diaria nos estaba matando. Pasaba el zorrillo como si estuviera fumigando. Al caer la noche empezaban los disparos, en especial en las afueras del metro Bustamante. Nuestra calle es el pasadizo de todos: los que arrancan y los que persiguen. La violencia auditiva es muy fuerte. Todo el día hay sirenas, disparos, gritos, llantos…”.

Un viaje a un congreso en Bogotá la hizo darse cuenta de que no estaba viviendo en normalidad. “Allá dormí mucho y profundo. Me sentí tranquila, a salvo. Cuando volví sentí lo contaminado que esta acá. Me dio alergia, tos y empecé a dormir mal otra vez. Me decaí anímicamente. Pensé: ‘adoro estar acá, pero si esto sigue tan fuerte tengo que hacer algo, tratar de viajar los fines de semana, salir del barrio antes de enfermarme’”.

Independiente de todas las emociones que ha transitado mantiene una visión positiva. “No temo a lo que está ocurriendo, porque sé que es para algo mejor. Ya hemos ganado como vecindad. Antes apenas los conocía”.

SEAN GOLDCAMP, Con ojos extranjeros

Hay días en que Sean Goldcamp (34, emprendedor) quiere estar muy lejos de su departamento en el Parque Bustamante. Los gritos, el exceso de gases que entran a su casa casi a diario, los muros rayados, la falta de algunos servicios lo tienen enojado, decepcionado.

Lo que más lo impresionó fue el ataque al Café Literario.“No sé muy bien cómo fue eso, porque luego dijeron que los libros fueron sacados para resguardarlos. Pero está en ruinas. Arrasaron con algo que servía a todos, ¿qué necesidad hay de destruir una biblioteca?”.

Sean nació en Connecticut, Estados Unidos. Llegó a Chile hace una década a trabajar en una compañía y y se quedó para hacer su propio negocio en un país que le pareció exitoso. Hoy es vicepresidente de una empresa con sede también en México y Costa Rica.

“Cuando llegué a mi casa esa tarde —18 octubre— vi que la policía se estaba alistando. De hecho, saqué un video y la situación no era muy distinta a otras veces. Esa noche tenía planes para salir, pero de la nada se puso bien feo y todo empezó a colapsar. No había Uber, ni taxis y las barricadas cundían por todos lados. El ruido de las cacerolas era ensordecedor. El sábado fue un caos. Mi perro estaba muy inquieto, no quiso ir de paseo. Y el domingo fue como despertar en un mundo pos-tapocalíptico, habían quemado tres micros en Rancagua a una cuadra de mi casa y fue impactante, muy chocante. Nunca esperé presenciar lo que ha pasado”.

Repite que apoya las demandas, pero no la forma en que se piden.“Si bien la marcha sirve para crear consciencia, en otros países donde he vivido las manifestaciones tienen un propósito. A mi juicio muchas de las protestas en Chile son muy anarquistas, en vez de tratar de lograr algo puntual muchos van con la idea de solo mostrar el descontento y desquitarse, soltar rabia. No digo que todos llegan para saquear, para robar, para rayar muros y destruir, pero es un componente muy recurrente en todas las marchas que he visto en mi sector”, agrega.

Cuenta que ha conversado con emprendedores de otros países, que emplean a chilenos y que varios se quieren ir, están cansados. “Apoyo ciento por ciento que se pida dignidad, pero nadie tiene el derecho de quemar el país entero. No me he puesto plazos, lo veo día a día. Irme significa dejar gente sin empleo, familias. Uno nunca quiere abandonar un proyecto al que tanto empeño le ha puesto. Honestamente no tiene que ver con la inversión, la plata, son las personas que dependen de ti”.

La alternativa, dice, es dejar ese barrio que tanto le gusta.

“He averiguando por departamentos en otro lado, pero como viajo mucho por trabajo no he tenido mucho tiempo para estar en eso. Tampoco es llegar e irse. Acá la mayoría es dueño y saben que vender ahora será perder mucho”.

SEBASTIÁN HENRÍQUEZ, El barrio se adapta

Sebastián (30, kinesiólogo) trabaja como visitador médico, vive en la misma manzana de la posta central a dos cuadras de la Alameda. Recorremos las calles en torno a su edificio; en Portugal el supermercado Unimarc fue saqueado y quemado más de una vez, el sector del metro Universidad Católica está tapizado de rayados con el perro matapacos. Y una centena de vendedores ambulantes se instala cada tarde a la sombra del GAM con el merchandising de la protesta: comida vegana, pañuelos, máscaras, lásers, magnéticos para el refrigerador, banderas chilenas y mapuche… A medida que avanza la sombra se va corriendo el límite de los manifestantes y se acercan a la zona cero.

Sebastián realiza normalmente este recorrido hasta su casa. Pero el viernes 18 fue la excepción. “Salí de yoga en Lastarria y me pareció muy extraño que las rejas del bandejón central de la Alameda ya no estaban. Los gases inundaban todo y fue imposible avanzar. Con mi polola y un amigo tuvimos que dar varias vueltas para llegar al departamento”.

Nunca pensó estar en un día 40 de las manifestaciones. “Hace poco más de un mes teníamos dos supermercados. Hoy solo funciona uno. Perdimos todos los semáforos, la farmacia de la esquina, el minimarket… Solo están en pie los negocios de barrio… Parece que las relaciones han cambiado y te pueden atropellar o golpear. No hay regulación. Yo hago mucha vida de barrio porque todos mis amigos viven cerca, pero moverse en la noche es muy complejo”.

Sebastián es asmático y vivió una situación límite durante una manifestación. “Cuando las cosas se pusieron complicadas me fui para no ahogarme. Se produjo una encerrona por parte de la policía. Traté de salir y no había nada más que la ribera del Mapocho. Pensé que iba a morir. Desesperado me lancé al río. Caí bien y me quedé ayudando a otros. Empecé a grabar en vivo y de repente cayó una persona desplomada. Lo fui a atender y tenía un brote de sangre en la frente, lo pusimos a salvo y lo tratamos de mantener consciente. Los Carabineros pasaron y en vez de ayudarnos nos apuntaron con sus armas y nos gritaron garabatos. Lo estabilizamos, llegó el Samu, Bomberos y lo sacaron”.

Situaciones como estás no han amilanado su participación. “Hay dos fenómenos: todos escuchamos los gritos, disparos, explosiones, los carros de carabineros, ambulancias. Algunos reaccionan como yo que me desespero, necesito salir, ver, tomar acciones. Otros se van para adentro y son los que hoy quieren irse porque necesitan protegerse, tienen angustia, pánico y eso hace mal. Además, dentro de nuestras casa está lleno de gases que nos hacen vomitar, no nos permiten ver… Pero que yo me haya adaptado a la violencia no quiere decir que no exista. Es violento ver mi barrio destruido«.

ÁLVARO SOTO, “No me quiero ir por la crisis social”

Álvaro Soto (36) se asoma por la ventana del piso 18 donde vive junto a su hijo Vicente, de 15 años. Desde su departamento en calle Carabineros de Chile con Doctor Ramón Corvalán, a media cuadra de Plaza Italia, se ve en primera fila la Zona Cero: la Plaza Baquedano, el Hotel Crowne Plaza casi en ruinas y más allá el río Mapocho, el cerro San Cristóbal, Providencia, el GAM… Un amplio panorama del epicentro de las manifestaciones, donde fue quemada la iglesia San Francisco de Borja (institucional de Carabineros) y vio cómo la policía tuvo que retraerse ante la gran masa manifestante.

Aunque estamos haciendo este reportaje el día 42 y lejos de allí se vive una realidad más ‘normal’, en este barrio no ha pasado un solo día, desde el 18 de octubre, sin una manifestación, un enfrentamiento (y todo lo que eso acarrea).

Álvaro trabaja en transformación digital de empresas, cerca de Manquehue y el día que partió el estallido social se demoró cuatro horas en llegar a su casa. Jamás imaginó lo que iba a encontrar. “Era un mar de gente, después de caminar horas, logré entrar al edificio y a pesar del ruido me quedé dormido de inmediato. Al día siguiente desperté con una gran sensación de incertidumbre y un panorama desolador”, recuerda.

”Mi calle se volvió una trinchera. Cada día, desde entonces, se parapetan las Fuerzas Especiales, desde aquí avanzan hacia los distintos puntos del barrio. El frontis del edificio termina dividido entre los bandos. Hacia el Oriente es territorio de la primera línea, hacia el poniente Carabineros y al medio nosotros”.

“Desde que empezó el estallido ha habido mucha violencia física y verbal. Se gritan cada cosa… Policías y protestantes vienen de los mismos barrios, usan la misma jerga, los dos andan con hondas. He conversado con ambos lados y son muy parecidos. Con mis vecinos llegamos a la conclusión de que se parecen a Don’t Give Up the Sleep, esos dibujos animados donde un perro y un lobo se enfrentan por un rebaño de ovejas. Y cuando termina la jornada marcan su tarjeta y se despide hasta el día siguiente”.

Asegura que a estas alturas hay una rutina en el barrio. “Yo sé que entre las 17 y las 22 horas, dependiendo del día, no puedo salir o entrar a mi casa. A las 23 horas se van y esto es tierra de nadie. Los vecinos bajamos y nos encontramos con un campo dinamitado. Llegan artistas plásticos, audiovisuales a recoger material para obras. Cada vez que habla el presidente sabemos que se intensifican los desmanes”.

Muestra un balde con todo tipo de proyectiles, hasta un extintor. “Son parte de la historia. Y cuando me pregunten, diré que es parte de lo que recogí mientras se enfrentaban Carabineros y la primera línea”.

Aunque la municipalidad les hizo un taller de contención del estrés y otro para ayudar a las mascotas, él prefiere combatir la ansiedad con música y lectura. Cuenta que es difícil vivir con tanta restricción y muchos se han ido. “Cada fin de semana hay dos o tres camiones de mudanza. Es comprensible que quienes tienen niños y viven en los pisos más bajos se compliquen. Las casas del frente están todas rayadas, con las puertas rotas, sin vidrios. Yo seguiré acá mientras mi hijo esté bien. No me quiero ir por la crisis social, porque pongo un granito de arena viviendo acá.

ANGÉLICA FIGUEROA, Que vuelva la normalidad, pero con dignidad

Cada día camina hasta la estación del metro Universidad Católica (pero desde el lado norte) y cada tarde regresa a pie desde Pedro de Valdivia con Providencia. Angélica Figueroa (@geekandchic) vive al lado del Metro Bellas Artes, pero, durante varios días, esa estación estuvo cerrada y ahora no tiene combinación con la Línea 1 que la lleva a la oficina. La encuentro enteramente equipada para su caminata: antiparras, mascarilla, sombrilla para el sol… “Cuando todo partió pensé que sería algo de un día. Pero de repente empecé a ver bajo mi ventana barricadas, gente caceroleando y no pude evitar sacar mi olla. Y de la nada, en una calle donde no pasan micros, apareció un bus en llamas. Había catarsis, una especie de ritual en torno a la protesta”.

Cuenta que le ha afectado la destrucción de un barrio que eligió por estar en el corazón del arte. “Ver todo en ruinas me duele. Y aunque entiendo que hay rabia, lo que ha pasado en las iglesias me parece terrible. Todos sabemos que más allá de lo religioso, tienen un valor arquitectónico y artístico, al mismo tiempo veo el simbolis- mo: ya nadie cree en la institución. Por otro lado, hay desigualdad en los castigos. Es verdad que hay gente que evade el metro, pero también hay personas que evaden impuestos, responsabilidades. Quiero que tengamos una nueva normalidad donde la dignidad sea lo más importante”.

Además de la esperanza, valora el aprendizaje. “Toda la educación cívica que no tuvimos, la absorbimos en un mes. Muchos hemos leído la Constitución, sabemos qué es un cabildo, cómo funciona, conocemos más de derechos, de lo que puede hacer y no hacer un Presidente. Tengo esperanzas porque la gente se está informando, está más consciente, tiene los ojos puestos sobre las autoridades. Se les está exigiendo trabajar de una manera honesta y correcta.

No tengo miedo a que los carabineros pongan orden, mi miedo es que reprimen. Me tocó ayudar a unos amigos que llegaron a mi casa llenos de perdigones. No salgo a manifestarme diariamente porque emocionalmente no puedo, pero lo vivo igual porque abro mi ventana y me entra el olor a lacrimógena. Me violenta que estén en mi calle y veo como reprimen. Una de mis amigas que vivía acá se fue porque empezó a sufrir crisis de pánico. Quisiera que volviera la tranquilidad de antes, pero en un país más justo”.

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