Rere: el pueblo donde el tiempo se detuvo

Una historia contada a través de objetos

En Rere, parece que el tiempo se hubiera congelado: sus casas de adobe, objetos patrimoniales, actividades campesinas y las tradiciones de su gente, evocan aires de una época remota. “Es un pueblo mágico, el más antiguo de la región del Biobío con 432 años, un lugar donde puedes vivir, sentir y respirar cómo era Chile hace 200 años atrás”, manifiesta Hansel Silva, encargado de la reconstrucción patrimonial de la localidad.

Por Pía Aguilera D.

Ubicado a 21 kilómetros de Yumbel, este pueblo es reconocido por su fuerte legado cultural, histórico y religioso que surge desde la época de la conquista española; y que actualmente se mantiene vivo a través de elementos, construcciones y una rica tradición oral.

Debido al terremoto del año 2010, cayeron varias casas de adobe y desde entonces se ha hecho lo posible por reconstruir lo que el desastre natural derrumbó, a través de fondos públicos y privados.

Pero la verdad es que el terremoto, fue una oportunidad para restaurar y valorar el patrimonio que había allí. Y el nombre de Rere comenzó a sonar de nuevo en los oídos de los chilenos y chilenas, evocando su historia y cómo de ser una localidad casi tan grande como Concepción, pasó convertirse en un pueblo solitario, misterioso y mágico, con 580 habitantes.

Sus inicios se remontan a la víspera de Navidad de 1586, cuando el gobernador Alonso de Sotomayor fundó el fuerte Nuestra Señora de la Buena Esperanza de Rere; el pueblo recibió varios nombres, y finalmente fue llamado Rere, palabra que en lengua mapuche hace alusión a los pájaros carpinteros que habitaban de manera numerosa en los bosques nativos de la zona.

Sus primeros residentes fueron militares y sus familias, gobernadores y grandes latifundistas. A través de los siglos, la localidad fue estancia agrícola, fuerte militar, desarrolló la actividad de la extracción de oro y la producción viñatera; en definitiva fue una zona de importancia histórica y económica, incluso llegó a tener su propio banco emisor de billetes, pero no se alcanzó a implementar.

“En los grandes libros de historia, Rere está presente, en temas desde la presencia de los jesuitas hasta la Revolución del 91, cuando los rerinos tomaron partido por Balmaceda y no por Montt, y le quitaron poder administrativo, esa fue una de las causas de su declive; otra razón fue la caída del ferrocarril, ya que se transportaba el vino en tren”, menciona Hansel Silva, periodista con Máster en Historia y Gestión del Patrimonio de la Universidad de los Andes.

Hansel cuenta que sus abuelos residían en el pueblo, pero él lo conoció cuando era estudiante universitario y refundó el diario El Rerino (2008 a 2013). Actualmente, es el director de la Corporación Aldea Rural que está cargo de la reconstrucción patrimonial.

“El terremoto fue la oportunidad para sociabilizar que existía este pueblo del sur súper antiguo; gracias a eso llegó la tecnología, una antena de teléfono, se pavimentaron calles y parte del camino que une a la localidad con Yumbel. Rere fue lo primero que se reconstruyó en la región”, cuenta Hansel Silva.

Desde entonces, se levantaron los muros derrumbados; entre ellos, 21 casas de adobe y la Casa Cano, construcción de 500 metros cuadrados de 1856 que donó una de las familias más ricas y antiguas de Rere a la Iglesia Católica, y que estuvo abandonada por muchos años. Luego del terremoto, quedó muy dañada y lograron transformarla en un centro cultural y museo, donde actualmente realizan exposiciones y actividades.

“Otros monumentos continúan deteriorados, Chivilingo se cae a pedazos; en el Fuerte de Santa Juana están tratando de luchar; el Teatro Enrique Molina no es Monumento Nacional, pero están a la espera de que se pueda hacer algo; Lota está pendiente en cuanto a patrimonio; y el pequeño pueblo de Rere logró demostrar que sí se podía”, menciona Hansel.

Por otra parte, el museo municipal de la localidad también da a conocer el patrimonio cultural histórico del proceso de la conquista, colonización y evangelización de la zona, con elementos que van desde maquinarias, herramientas agrícolas, utensilios domésticos, fósiles, entre otros.

Los objetos y construcciones del pueblo son una muestra de los tiempos jesuitas y de colonia, un actual lugar silencioso, pero repleto de detalles que transmiten y cuentan un testimonio vivo a quienes se sientan atraídos y quieran visitarlo.

“El ocultarse en el pasado y mostrar someras sombras al visitante es también parte de su atractivo”, dice en el libro “Rere, Apuntes para su Historia”, escrito por Bernarda Umanzor y Jaime Silva (Archivo Histórico Concepción).

La localidad de las campanas de oro

Su legado religioso tiene que ver principalmente con la misiones jesuitas que llegaron a la zona, y en este caso son las campanas que cuelgan y suenan frente a la plaza, las que cuentan la historia que alguna vez pasó por ese territorio.

Se dice que la comunidad donó sus joyas y dinero para que las campanas fueran fundidas en oro en Inglaterra en 1720; aunque la realidad es que tienen sólo un porcentaje de oro. La leyenda cuenta que una vez intentaron trasladarlas a Concepción con bueyes, pero eran tan pesadas que los animales no se las podían y tuvieron que devolverse, lo curioso fue que en el trecho de regreso los bueyes las cargaron sin ningún problema.

Junto a la torre campanario que alberga a estas campanas, yace un ejemplar de Palma Chilena que presenta múltiples historias debido a su tronco. Por ejemplo, tiene una marca de un profundo forado de 30 centímetros que habría sido provocado por un impacto de cañón en tiempos de revolución.

Por otra parte, el Padre Juan Pedro Mayoral fue un importante misionero jesuita a quien la comunidad atribuyó dones de santidad y milagros. Su tumba que data de 1755, también es símbolo del legado religioso.

En total, son cuatro los bienes que son declarados Monumento Histórico Nacional: la tumba del padre Juan Pedro Mayoral, la palma chilena, las tres campanas y la torre campanario.

Pero las campanas tienen una importancia mucho más grande de lo que se puede imaginar. Así nos cuenta Hansel Silva: “Las campanas no sólo tienen un valor histórico, sino que suenan cada vez que pasa algo, un incendio, accidente o un acontecimiento importante para el pueblo. Y lo más significativo para los rerinos, es que cuando alguien fallece, suenan desde el camino de la iglesia hasta el cementerio, y éstas se escuchan 20 kilómetros a la redonda”.

Sólo una de las muchas tradiciones que mantiene esta localidad.

Memoria viva entre la gente

Las personas aún mantienen manifestaciones campesinas, como las carreras a la chilena en ocasiones especiales (en el aniversario del pueblo o en las Fiestas Patrias). En la semana de Navidad realizan ramadas, actividades típicas y la misa del gallo; y durante diciembre, una feria donde se muestran objetos tradicionales de Rere. Su gran celebración típica es la Fiesta Costumbrista del Estofado de San Juan, que marca el inicio del invierno cada 24 de junio.

Sin embargo, fuera de estas celebraciones sigue siendo un pueblo tranquilo y silencioso, donde la mayoría de la gente se conoce entre sí y prima la cercanía entre los vecinos. Incluso a veces los restaurantes se encuentran cerrados, entonces se recomienda que los visitantes lleven su propia merienda o coman en Yumbel.

El libro Rere, Apuntes para su Historia, construyó la crónica del pueblo por medio de archivos y bibliotecas, pero también a través de métodos investigativos guiados por los mismos relatos del pueblo, memoria colectiva que deja en manifiesto la tradición oral que se transmite de generación en generación.

“En Rere, es posible conectar el pasado con el presente en la cotidianidad de una conversación. Esto quizás se deba a la gran cantidad de utensilios y herramientas antiguas (…) Por encontrarse aún a la vista de sus habitantes todos estos elementos, el pasado ha logrado ser detenido en cierta medida, restando espacio al natural olvido”, dice en sus páginas.

Hoy, el desarrollo del turismo patrimonial es la gran esperanza para Rere.