Por Trini Amado

Creo que aún no logro recuperarme del síndrome de depresión post vacaciones. Todavía me duelen mis pies al venir a trabajar con tacos y a ratos siento que la alfombra de la oficina es igual de suave que la arena playera. Estoy mal, lo sé.

El ajetreo obligado de marzo es como bañarme en el mar helado de Dichato después de haberme “refrescado” en el caribeño.  Así, de golpe, hay que asumir la ola de tareas que se vienen encima. De nada sirve seguir bronceada ni soñar despierta con las palmeras. Hay que subirse al carro de la productividad y programar, proyectar y planificar todo. Incluida la casa.

Sólo en estas primeras semanas tengo agendadas reuniones casi todos los días. Y en casa, todavía subsiste debajo la cama un bolso (como si se negase a despedir el verano) sin desarmar del viaje. Hay que pagar la patente. Este año, bastante más cara por habernos cambiado a un vehículo familiar. Somos tres, pero entre coche, silla, juguetes y pañales parecemos un grupo mucho más grande.

Tengo también la difícil decisión de matricular o no a mi hijo en un jardín. Con sus latentes primeros pasos me da miedo que se caiga, que otros niños lo empujen, que llore mucho porque me extrañe, que no coma. Todo. Ser madre primeriza tiene sus ventajas pero también sus exageraciones y como buena canceriana, no estoy dispuesta a saltármelas.

Hasta hoy lo cuida su abuela, que aunque se derrite por su primer nieto, anda corriendo todo el día tras él. Yo, me siento culpable por trabajar tanto, por no poder estar todo el día con él, saltarme parte de sus etapas y pienso bajar las revoluciones. Eso, hasta que empieza el día y me doy cuenta que es imposible.

Mientras, llego cada tarde a abrazarlo, esperar a mi marido y salir a pasear aprovechando los últimos días de verano y sol. Porque falta muy poco para hibernar hasta las próximas vacaciones. Confieso que ya me siento un poco cansada y empiezo a marcar cruces en el calendario, descontando los días para febrero de 2015.