Un legado educativo y artístico

Rosmarie Prim: Desde Alemania hasta el corazón de Copiulemu

Desde Alemania, se trasladó a Chile para hacer su vida junto a Eduardo Meissner; con el tiempo, se fue percatando de las necesidades que tenían las mujeres de Copiulemu, desencadenando una serie de acontecimientos mágicos que la ayudaron a llevar a cabo su obra: fundó el primer jardín rural del país e impulsó la creación de las Bordadoras de Copiulemu en Florida.

Por Pía Aguilera D. | Fotografías Brian Sáez C.

Su historia se plasma en el libro Hacer es vivir de la Fundación Oportunidad Mayor, siendo una verdadera inspiración que muestra lo que se puede lograr cuando se tienen convicciones, y que nunca es tarde, no importa la edad.

Rosmarie reside actualmente junto a su esposo en una antigua casa de Concepción, su situación ha cambiado, pero se mantiene activa pasando los días entre el campo y la ciudad, participando aún del jardín que fundó hace más de 40 años y apoyando a su querido grupo de bordadoras.

A sus 81 años, suele pasear en bicicleta por Concepción, encontrándose con gente todo el tiempo, conversando e intentando arreglar el mundo en su andar.

Infancia

¿Cómo fue tu infancia en Alemania, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial?

Mi infancia fue muy buena en general, hasta que ocurrió el bombardeo en Neuwied, cuando tenía 6 años, recuerdo que estaba enferma y el médico me dijo que por ningún motivo podía levantarme. De pronto, se escucha un bombardeo tan salvaje, vi todo amarillo y lleno de polvo, fue una cosa tremenda, tengo grabado el sonido y sobre todo lo visual, ese amarillo… a la izquierda y a la derecha las casas se cayeron, la nuestra no, pero se rompieron todos los vidrios, mi madre nos llevó a mí y a mis dos hermanos al subterráneo y mi enfermedad pasó a ser una anécdota, desapareció.

Esa misma noche mis abuelos organizaron un transporte en un camión abierto hacia el pueblo donde ellos vivían, Manderscheid. Tuvimos que dejarlo todo, aún recuerdo el living de mi mamá, los cojines, la decoración. Pero siempre fui de adaptación fácil a la vida, a mis 7 años me acostumbré al cambio de pueblo, vecinos y colegio. Mis abuelos eran muy cariñosos, vivimos protegidos por ellos, a pesar de la escasez de alimentos.

Me acuerdo que una vez tuvimos que refugiarnos en una ruca en el bosque, porque dieron una alarma que iban a bombardear el pueblo, eso nunca sucedió, pero los aviones sí sobrevolaron muy bajo.

Doy gracias a mi madre que dirigió bien esta situación tan traumática, yo no capté esa neurosis, ella supo hablar con nosotros hasta el final, incluso cuando recibimos la noticia que había fallecido mi padre en la guerra, eso fue muy triste… un año después, murió mi abuelo de cáncer al pulmón, y al año siguiente, mi abuela por falta de antibióticos. Tres muertes en tres años.

Cuando cumplí los 11 tuve que ir a un colegio que quedaba en un pueblo cercano y me levantaba todos los días a las 5:30 horas, tomaba un bus, luego un tren, después me tenía que bajar porque un viaducto había quedado destrozado por la guerra, cruzaba un bosque y me subía a otro tren. Me adapté a eso y lo pase regio en los viajes, hacía las tareas y observaba a los pasajeros…

En el pueblo había mucha libertad de acción, mi madre nos dejaba salir solos sin ningún problema, íbamos a bañarnos a lagunas y riachuelos con mis hermanos, Helga y Hans-Juergen. Yo siempre tuve la autoestima alta, me encontraba linda, no es que me creyera la muerte tampoco. También me gustaba hacer manualidades, era buena para el dibujo y ayudaba a otros compañeros que no tenían tanta facilidad.

Varios años después, estudié una especie de tecnología médica, a mí me gustaba la medicina y el aspecto de ayudar a otros, esa experiencia me sirvió mucho con mis propios hijos y con mi marido.

¿Cómo conociste a Eduardo, tu marido?

El 15 de agosto de 1958, el día de la Asunción de la Virgen, mi padrastro llegó de misa y me dijo: “Ya cumpliste 21 años, es tiempo para casarse, yo recé mucho para que encuentres un buen marido”. Pasó media hora y me presentaron a Eduardo Meissner, fue bien breve ese encuentro. Meses después, empezamos a salir, mantuvimos una relación a distancia y nos comprometimos.

Mi padrastro no estaba de acuerdo porque Eduardo era chileno y de una religión diferente, así que propuso una prueba, si pasábamos dos años sin escribirnos ni vernos, y continuábamos con nuestro amor, lo aceptaría. Le pedí que por favor nos dejara escribirnos para nuestros cumpleaños y Navidad y accedió, así que nos enviamos tres cartas al año, él me enviaba textos larguísimos, preciosos y muy poéticos. Transcurridos los dos años, mi padrastro se dio cuenta de que no podía oponerse más; y mientras tanto Eduardo abría su consulta de dentista en Chile…

Planeaba mi traslado a Chile cuando me dieron el dato que estaban regalando pasajes en un buque para misiones, conversé con el padre a cargo y le dije que necesitaba viajar para casarme y que tenía poco dinero, me dijo: “vamos a hacer una excepción y te vamos a regalar un pasaje”. Para mí fue un mensaje tan potente y magnifico que no tuve duda alguna de que estaba por el camino correcto. Llegué a mi casa y le dije a mi padrastro: guárdate tu plata, me regalaron un cupo.

Legado educativo y artesanal

Rosmarie llegó a Chile en 1963 luego de un mes de viaje y se adaptó rápidamente a su nueva vida. Al año siguiente, se casó con Eduardo en la casa de campo de los Meissner en Copiulemu. Estaba encantada con todo lo que se podía hacer allí, y su vida entre campo y ciudad le permitió sumergirse de a poco en las almas de Concepción y Florida.

Rut María, Ana María y Pablo Antonio son los nombres de sus tres hijos que nacieron entre 1964 y 1969. Eduardo por su parte, trabajaba como odontólogo y artista, y recibió gran cantidad de reconocimientos y premios por sus obras a lo largo de su vida.

Rosmarie fundó 4 jardines infantiles en la región; y además, creó la agrupación Bordadoras de Copiulemu, que en 1975 realizaron su primera exposición en la que vendieron todas sus obras.

En 1987 lograron verdadera proyección internacional con la realización de un inmenso tapiz para la visita del Papa Juan Pablo II. Como él no podía llevarse algo tan grande, le obsequiaron un bordado de 1×1 m, que hoy se encuentra en el Vaticano; y el gran tapiz yace actualmente en la parroquia Nuestra Señora de la Candelaria en San Pedro de la Paz.

Los múltiples reconocimientos han sido sólo una parte, porque el legado del arte de bordar permitió que muchas mujeres se encontraran a ellas mismas, plasmaran sus sensibilidades y actividades cotidianas en sus creaciones, fue un impulso a sus vidas que benefició a toda la comuna de Florida.

Años después, la Municipalidad de Concepción le otorgó a Rosmarie el premio Vecina Destacada.

¿Cómo nació la idea de fundar un jardín infantil rural?

Era el año 1972 y aún no viajaba a Alemania a ver a mi familia, tenía un miedo ridículo a los aviones, pero no podía ser que no visitara a mis padres y mi patria en tanto tiempo, así que hice una manda para que se me quitara ese miedo. Esa misma tarde, llegué a la casa y una amiga me cuenta que irá con un grupo de jóvenes cantantes a una gira por Alemania y que queda un pasaje libre. Me invitaron y acepté.

Desde ese momento me propuse llevar a cabo las señales que me llegaran y poner en práctica todas las buenas ideas.

Estando en Alemania tenía la intención de recaudar fondos para celebrarles una Navidad a los niños de Copiulemu, estaba fascinada con la idea y hasta la soñaba, así que hablé con el párroco de la iglesia de allá para que me regalaran dinero, él hizo una colecta y yo llegué a Chile con un saco de plata.

Cuando regresé me di cuenta de que más que una Navidad, Chile necesitaba educación y fundé el jardín infantil Manderscheid en 1974, sin saber que era el primer jardín rural del país, de eso me enteré mucho después.

Todo resultó perfecto, era increíble, ocupé el dinero muy cuidadosamente y recibí mucha ayuda, por ejemplo, una amiga me mandaba cada dos años una tonelada de ropa, juguetes, medicinas, vitaminas. Nunca me faltó nada, hasta hoy.

Con el tiempo fundé tres jardines más en la región. Tomé nexo con la Universidad de Concepción y trabajamos con parvularias en práctica. Justo ayer pillé una antigua lista con nombres de varias jóvenes que venían a mi casa, yo les daba instrucciones sin ser parvularia, todo lo hacía intuitivamente y resultaba bien.

¿Y cuál es la historia de las Bordadoras de Copiulemu?

Cuando tenía todo preparado para los niños, me di cuenta de que tenía que integrar a los padres, sobre todo a las mujeres, ellas pertenecían a un centro de madres pero no generaban dinero y sus recursos eran escasos.

Yo había leído un artículo sobre las bordadoras de Isla Negra, en una Revista Paula, ahí te puedes dar cuenta de la importancia de una buena periodista que sabe transmitir, porque yo quedé fascinada, pensé que sería interesante para las personas que vivían en el campo realizar esa labor, entonces una amiga me enseñó rápidamente los diferentes puntos para hacer bordados y partí con géneros, lanas de muchos colores, agujas, de todo, y comencé a enseñar y motivar a las mujeres de Copiulemu.

Este trabajo no se trata de copiar de revistas, solamente ellas ven, viven y sienten, hacen sus propios dibujos, sus propios cuentos.

Hasta hoy mantienen mucho éxito y reconocimiento, han recibidos premios de la Unesco. Aunque aún falta conocimiento de la población para que las vayan a ver, hay que potenciar el centro artesanal con alguna atracción al lado como una cafetería. Ese proceso ha sido lento…

Presente

Actualmente, Rosmarie Prim a sus 81 años, vive en una casa antigua de Concepción, de esas casas de pasillos largos, salas amplias y ventanales grandes, desde las que se percibe un acogedor jardín interior. Un verdadero museo plasmado del arte de sus propios dueños, cuadros de Eduardo dando vida al lugar, cerámicas de Rosmarie adornando el pasillo, una colección inmensa de esferas y decenas de libros…

Actualmente realizas trabajos en cerámica…

Desde el colegio me daba cuenta de que me gustaba trabajar con las manos, estuve en algunos cursos, pero no me desarrollé más en ese entonces, porque necesitaba mucho espacio y materia prima.

En 2002, fui a un curso de cerámica en Artistas del Acero con Sandra Santander, docente de la Universidad de Concepción que realiza unas esculturas estupendas. Desde ahí, nadie me paró, ya que fueron tantas las inquietudes internas por hacer cosas y todo empezó a fluir, recuerdo me quedaba hasta las diez u once de la noche después de clase y nadie me echaba. Ahora tengo mi estudio de trabajo en Copiulemu.

Yo creo que hacer una creación es lo mejor que te puede pasar.

¿Cómo podrías describir tu relación con Eduardo a lo largo de los años?

Con todo el amor que le tengo, puedo decir que me casaría de nuevo con él, fue realmente una decisión muy acertada, él es la persona para mí, ha sido muy generoso conmigo y su apoyo ha sido fundamental.

Según él, yo también le he ayudado mucho, lo he protegido porque ha hecho tantas actividades y necesitaba una persona que lo apoyara para tener tiempo para desarrollar su creatividad y sus obras.

Ningún matrimonio es fácil, pero nunca hemos tenido una crisis o problemas dramáticos.

¿Cómo es tu modo de vida actualmente?

En este momento, Eduardo está delicado de salud y me dedico a cuidarlo. También vienen harto a hacernos reportajes.

Me traslado siempre en bicicleta, me gusta mucho pasear en bici por Concepción, a veces me encuentro con gente y así vamos conversando y arreglando el mundo, es increíble porque justo me encuentro con las personas que quiero hablar, es fantástico, funciona muy bien.

Estamos entre campo y ciudad, tengo que empacar todo cuando vamos a Copiulemu, pero eso es bueno porque me mantengo vital y contenta. He tenido una vida interesante y me siento privilegiada.

¿Qué proyectos tienes en mente?

Con Eduardo y otros amigos tenemos el proyecto del Museo Lamp, en el Parque Ecuador, donde queremos entregar la obra entera de nosotros a la ciudad, las pinturas de Eduardo, esculturas mías y una colección de bolas. Aún el CORE tiene que pronunciarse si se llevará a cabo o no, aún se encuentra en la segunda fase.

Mi otro proyecto es la familia, visitarlos, tengo nietas en el extranjero.

¿Cuáles crees que han sido tus aportes a la región?

Yo creo que la educación, en este caso en párvulo, ya se sabe que los primeros años son fundamentales en un ser humano y con la precariedad que existía en esa época, fue un gran aporte.

También en la parte artística y emocional para las mujeres de Copiulemu que vivían de un modo monótono, refugiadas en los campos, todos los días hacían lo mismo. Ahora pueden convertir todas esas experiencias en algo concreto, en obras de arte realmente, porque cada bordado va más allá de una pura artesanía, son creaciones, son ingenuos, puros, lindos, por eso tienen que ser manejados consecuentemente y no hacer concesiones.

¿Qué impacto crees que tuvo el libro de tu biografía Hacer es vivir?

El libro surgió de la Fundación Oportunidad Mayor, Lorena Medel me entrevistó y lo redactó, quedó muy ameno y tuvo mucho éxito, a veces me llaman por teléfono o me piden que lo firme.

Creo que pude mostrar que con una edad avanzada todavía se pueden hacer cosas y que nunca es tarde; algunos me han dicho que se han inspirado en relatos que leyeron en mi biografía.

Desde chica me ha gustado leer sobre la vida de los santos o personajes importantes, me encantan las biografías y leer las historias de otros, yo creo que de eso se tratan las entrevistas y biografías, sirven para reflexionar sobre la propia vida. Un libro es una realidad que puede contagiar e inspirar a otras personas, y de miles de personas que leen, con impactar a sólo una ya es mucho.

“En la vida hay que atreverse, concretar las ideas, hacer… Es importante visualizar y cumplir las metas. El que no hace nada, no ha vivido”, dice Rosmarie Prim en el libro “Hacer es vivir”.