Trastornos alimentarios

Un monstruo que se refugia en la comida

Trastornos alimentarios, un monstruo que se refugia en la comidaDe acuerdo a datos de la Seremi de Salud del Bío Bío, el sobrepeso en la población alcanzó en 2016, el 24.4% y en los casos de malnutrición por déficit el 3.8% en jóvenes de 10 a 14 años. Esas alarmantes cifras responden, a juicio de los especialistas, a que ese rango etario no cuenta con un soporte emocional ni educativo que les permita dimensionar los efectos fatales que podrían tener las patologías como: anorexia, bulimia y obesidad.

Por Daniela Salgado Parra

“En mi casa había una torta y sentí el deseo de comerme un trozo. Recuerdo que abría y cerraba el refrigerador hasta que finalmente lo hice, luego de eso me puse a llorar”. Esa situación no alertó a Sophia Burgueño, de hecho afirmó que “lo vi como algo normal”, hoy en cambio, se da cuenta que esa era una señal importante.

Todo partió en el varano de 2014, cuando Sophia tenía 15 años. Sus padres estaban construyendo una casa así que no se fueron de vacaciones, por lo que la vida junto a su hermana se traducía en estar en la casa y dormir hasta tarde. Ese escenario hizo que el padre les ofreciera la alternativa de elegir una actividad que las mantuviera ocupada y así disfrutar de la temporada estival. Fue entonces cuando decidieron inscribirse en un gimnasio.

El primer mes, la joven que cursaba segundo medio, bajó 5 kilos de los 60 que pesaba. Para ella, el cambio no fue notorio, así que en conjunto con su hermana, 11 meses mayor, decidieron incluir a la rutina de ejercicios una dieta, que consistía básicamente en reducir las porciones de alimentos e ir dejando de a poco lo carbohidratos.

A diferencia de su hermana mayor, Sophia, siempre se caracterizó por tener una personalidad estructurada y fija, siempre se esforzaba por alcanzar sus metas, así que en esos 2 meses y medio en los que se inscribió en el gimnasio, jamás faltó.

Específicamente, llegó a pasar 6 horas en medio de maquinas para hacer ejercicios. Según ella, eso se debía a que “vivíamos en Andalué, así que debía esperar a mi mamá para que me pasara a buscar. El tiempo pasaba y no me daba cuenta”.

El segundo mes siguió bajando (7 kilos más) y, a ello, se le sumaron los primeros indicios de cambios anímicos. La dieta se había descontrolado y de frentón, ya no ingería ningún carbohidrato, sólo proteínas y ensaladas.

Con el retorno al colegio, las cosas empeoraron. Se alejó de sus amigas y se volvió obsesiva, llegó incluso a pasar noches enteras estudiando para pruebas que hoy dice “no eran difíciles ni condicionaban mi permanencia o algo en el establecimiento”. Los cambios físicos, también se tornaban evidentes, pasaba con frío, las uñas se les ponían moradas y hace meses, carecía de periodo menstrual.

“Mi padre llegó un día con un documento que explicaba en qué consistía la anorexia nerviosa, me dijo que lo leyera porque ellos creían que tenía todos los síntomas que ahí se describían, pero según yo, eran exageraciones”, afirmó.

La directora del Centro de Atención Psicológica de la UNAB, María José Millán, explicó que se entiende por anorexia nerviosa, “al trastorno caracterizado por la pérdida de peso intencional, inducido y mantenido por el paciente. Éste se asocia con una psicopatología específica, en la que se mantiene como idea recurrente y sobrevalorada un temor a la obesidad o la flaccidez de la silueta corporal”.

A pesar de eso, Sophia se negaba a asumir la enfermedad, hecho que obligó a sus padres a llevarla contra su voluntad a un psiquiatra, quien la derivó a un equipo médico interdisciplinario en Concepción y donde fue diagnosticada. A su vez, le advirtieron que estaba en el límite de peso y que de no cambiar, podría tener consecuencias fatales.

Contraria a las expectativas que tenían los padres, la anorexia de su hija comenzaba a dar las señales crudas. De nada servía que la madre de la menor, pasara sus días con total dedicación a la joven, ya que en cada control se encontraba con la sorpresa de que continuaba bajando indiscriminadamente de peso, sin que ninguno de los esfuerzos familiares diera resultados.

La razón es que “en ese tiempo aprendí a esconder la comida. Llegué a hacer cosas asquerosas, como guardarla entre la ropa. En mi pieza había un baúl, donde fui guardando todo lo que no me servía, llegué a tener oculta en mi habitación una bolsa de supermercado llena de alimentos”, detalló.

Ese método, que es tan común en las personas que padecen la enfermedad, la llevó a estar en riesgo vital a fines del mismo año. Sophia, pasó de pesar 60 kilos con 1.72 a 42k. Fue internada de urgencia en una clínica siquiátrica en San Carlos de Apoquindo, en Santiago, donde debió, como primera medida, asumir lo que estaba viviendo.

La nutricionista de la Seremi de Salud, Denisse Muñoz, aclaró que el procedimiento de los jóvenes que ingresan a la red asistencial pública por anorexia, es que “tras ser analizada por un grupo médico se le asignará un tratamiento de acuerdo a las características de cada paciente. Por una parte, la psicóloga hará su trabajo y la nutricionista será la encargada de ver el tema del fraccionamiento de la alimentación, establecer horarios y rutinas e ir trabajando la tolerancia, hasta estabilizarlas”.


Realidad local

Cifras oficiales de personas padeciendo anorexia en Chile no existen, lo que sí hay, son los datos del último Estudio Nacional de Salud 2016-2017 (Minsal), que arrojó que a nivel nacional el 1.3% de la población está enflaquecida, donde el grupo etario predominante es entre los 15 y 19 años. En comparación, a la versión de 2009-2010, se puede desprender que no ha habido un avance en la materia, ya que las estadísticas concluyeron que el 1.8% estaba bajo peso.

En lo que respecta a la región y en base a los datos entregados por la Seremi de Salud, la malnutrición por déficit alcanza un promedio de 3.8% en menores de 10 a 14 años y de 3.1% entre los de 15 y 19.

Otro de los estudios reveladores en la materia, es el realizado por el Departamento de Nutrición y Dietética de la Universidad de Concepción, titulado “Riesgo de trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes”, el cual estimó que el 16.26% corre el peligro de padecer desordenes, siendo las mujeres quienes encabezan la lista con el 21.92% y los hombres con el 6.78%.

El otro polo del desorden alimentario

A los 38 años, Isabel Altamirano recibió uno de los diagnósticos más complejos de su vida: padecía fibromialgia. Los medicamentes y el cambio de vida que le trajo consigo la enfermedad, la llevaron a pasar de 62 a 84 kilos en cuatro años.

Su cambio era evidente, así que comenzó tratándose con nutricionistas donde la primera medida fue disminuir la cantidad de pan e incluir más frutas y verduras, comer a ciertas horas y una determinada cantidad.

En el caso de Isabel, no sólo debía afrontar lo complejo que era para ella tener obesidad sino, también, ver cómo su hija vivía la misma realidad.

Desde pequeña su hija fue de contextura más gruesa, eso sumado al uso de anteojos; se caracterizaba por ser ordenada, buena alumna y retraída, por lo que sus compañeros la convirtieron en el foco de las burlas. A medida que pasaron los años, la situación se volvió insostenible e incluso fue víctima de una cobarde golpiza por parte de sus pares. Ese hecho, llevó a los padres a tomar cartas en el asunto y retirar a la menor del establecimiento, cuando cursaba 7mo básico.

La psicóloga, María José Millán, concibe la obesidad como una “patología multicausal que no es considerada un trastorno fisiológico perdiendo de vista los factores psicológicos que llevan a un ser humano a comer en cantidades que llegan a poner en peligro su vida”.

Junto a ambas patologías presentadas, está el trastorno de evitación/restricción de la ingesta de alimentos, la bulimia nerviosa, trastorno de atracones y otros trastornos de la conducta alimentaria no especificados. Según la profesional, en el caso de la anorexia, antes la población de riesgo eran las mujeres entre 20 y 35 años, sin embargo, “los casos de niños de 10 años con la enfermedad han aumentado considerablemente y en el caso de la sobreingesta, las cifras son alarmantes independiente de la edad y donde los efectos son más que físicos”.

Isabel, dice que fue “terrible” ver cómo le estaban apagando la luz a su hija y no poder hacer nada al respecto. “Recuerdo que pasó veranos enteros tapada con polerones y ropa grande para que no vieran la forma de su cuerpo, dejó de usar falda, short. Todas esas cosas a una le afectan demasiado, porque sabes que en fondo están sufriendo”, dijo.

De vez en cuando, la joven decidía ponerse a régimen para intentar bajar de peso, pero ninguno de sus intentos daba resultados, así que al final la frustración la instaban a dejarlos a medio camino. Situación que cambió cuando por fin cumplió los 16 años y el mismo equipo médico que había operado a su padre, autorizó que esta fuera intervenida quirúrgicamente.

Fue así cuando en el verano del año pasado se sometió a una cirugía bariátrica, luego de eso las cosas cambiaron para la joven, quien continúa asistiendo al psicólogo para poder asimilar que su cuerpo no es el de antes y que la operación no es definitiva porque, ahora, todo depende en un 100% de ella.

La decisión de operar a la adolescente, respondió a la preocupación que ambos progenitores tenían de la integridad de su hija. “Estaba a un paso de desarrollar diabetes e imagínate a una chica de 16 años con esos problemas, qué estilo de vida tendría para el futuro”, reflexionó Isabel Altamirano. Además de eso, presentaba resistencia a la insulina y una depresión que arrastraba de aquella época en que había sido agredida física y psicológicamente en el colegio.

Tras constatar los buenos resultados de su esposo e hija, Isabel comenzó en junio a hacer los chequeos para poder operarse y así decir adiós al 33% de índice de masa corporal que tenía su cuerpo. La cirugía se concretó el 7 de noviembre y afirma que, hasta la fecha, todo ha salido a la perfección.

Hoy su familia, debe enfrentar una nueva realidad que guarda relación con cambiar los hábitos alimentarios y empezar a tener una vida saludable. Ante eso, expresó que en el tema de las comidas no ha habido problemas, en cambio, “lo más complejo ha sido incluir el deporte, pero hacemos un esfuerzo por organizar panoramas al aire libre que incluyan caminatas u otras actividades.

Para ellos, todos los esfuerzos emocionales y económicos, valieron la pena cuando acompañó a su hija a comprarse ropa para el verano. “Durante años estaba acostumbrada a ver su cara de desazón, en cambio ese día estaba feliz. Esa sonrisa es difícil de describir”, sentenció.

En Chile, la obesidad sigue siendo la principal enfermedad de la población, de hecho, de acuerdo a los resultados del Estudio Nacional de Salud, el 39.8% de los 6.233 consultados, presentó sobrepeso, el 31.2% es obeso y el 3.2% padece obesidad mórbida. Los rangos más preocupantes son los entre 30 – 49, 50 – 64 y de 30 – 49, respectivamente. De los datos, también se pudo concluir que hubo un aumento de siete puntos en los índices de obesidad. (2009-2010).

Las cifras no son menos esperanzadoras para la región, ya que en materias de sobrepeso se aprecia un aumento, en el periodo desde el 2011 al 2014, pasando de un 24,7% al 25.2%. Posteriormente la curva sufrió una disminución de un 0.8% en 2015, manteniendo la tendencia en 2016 (24.4%). En el caso de la obesidad, en el mismo año, llegó a un 12.9%, donde las mujeres son las más afectadas.

En esta materia, el Estado ha tomado medidas directas para ganar la batalla contra la obesidad. Impulsar el estilo de vida saludable y la Ley de etiquetados, sin duda ha contribuido a crear consciencia y a impedir que más jóvenes se sumen a esa lista negra.


Señales de alerta

Los profesionales del área, comparten la idea de que las señales son determinantes al momento de evitar que un mal hábito se convierta en una patología y en eso deben poner atención todos quienes rodean a los adolescentes.

Siguiendo la misma línea, la psicóloga Millán, destacó que hay que poner ojo en “el discurso de sus niños porque no es normal que estén constantemente preocupados de cómo se ven; en los cambios de alimentación, o sea, dejar de comer algunas cosas o lo contrario; los cambios en los patrones de alimentación, como dejar de comer en familia y preferir hacerlo en las habitaciones, si se queja de dolores estomacales justo a la hora de las meriendas o juega con los alimentos en vez de ingerirlos y los cambios bruscos de peso”.

Sumado a lo anterior, la nutricionista, Denisse Muñoz, enfatizó en la importancia de la comunicación entre los padres e hijos y en algunos cambios físicos que evidencian que algo está pasando. “Las niñas con bulimia sufren un desgaste en las manos, las uñas y presentan manchas en los dientes, por ejemplo”.

Ahora bien, es importante consignar que en materias de anorexia y bulimia, desde el programa de Salud Mental de la Seremi de Salud, no existe una línea vinculante ni tampoco estrategias educativas para enfrentar esa realidad. Justamente esa situación es la que debió enfrentar Sophia, lo que la motivó a organizarse para exigir que dichas patologías sean incluidas al Auge.

“Le envié una carta a la Presidenta y a la ministra de Salud (Carmen Castillo), contándoles un poco mi historia y cómo mis papás debieron endeudarse en 35 millones para poder iniciar un tratamiento. En mi caso fui afortunada, pero qué futuro tendrán los jóvenes que no tengan los recursos”, contó Sophia.

Según dijo, todas las respuestas fueron contrarias a sus expectativas, pero luego de asistir como invitada al matinal Mucho Gusto, a causa de la buena recepción del público de su página web, un parlamentario la contactó y le aseguró que durante el primer trimestre del presente año, se concretará una reunión en el Congreso donde ella podrá exponer, a un grupo de diputados, qué es lo que propone para que las patologías de la anorexia y bulimia sean abordadas en la atención pública.

Por mientras muchos niños y niñas seguirán teniendo una relación insana con la comida, sin siquiera advertir que es la puerta de entrada a una enfermedad que los puede llevar a la muerte.