Susana Lépez:
“Soy una luchadora contra el centralismo de las artes”

La intérprete y semillero de nuevos talentos penquistas descubrió, tras perfeccionalizarse en Santiago, que la única forma de levantar la escena artística y cultural de la Región es a través del trabajo en equipo. Por eso decidió impulsar plataformas para presentar la calidad del trabajo local y es que está convencida que el Biobío es la cuna de las artes pero le falta respetar a sus exponentes.

Por Daniela Salgado Parra

En un conocido y prestigioso café penquista estaba sentada la músico y productora artística Susana Lépez en compañía de uno de los productores de los Premios Ceres, sobre la mesa sólo había un café y un computador. Ambos han sido el fiel acompañante en medio de estas jornadas maratónicas y es que se aproxima la fecha para la realización de la séptima versión de los galardones que destacan lo mejor del escenario artístico local.

Al saludar sus primeras palabras fueron lamentar que el encuentro agendado para el día anterior no haya podido concretarse por problema de fuerza mayor, aunque agradece porque dicha cancelación le permitió dormir un par de horas extras. Cosa que el cuerpo le estaba pidiendo a gritos.

La intérprete de diversos estilos musicales, con predominancia en el jazz y folclore, es una mujer multifacética, apasionada y convencida que la clave del éxito es el trabajo en equipo y la valoración, desde los mismos colegas, a la escena artística local. Justamente, el individualismo fue una de las tantas barreras que tuvo que derribar en cuanto volvió a pisar suelo penquista en 2005, tras perfeccionalizarse con la ganadora del premio Altazor Cristina Gálvez, en Santiago.

De eso han pasado 13 años y la realidad es opuesta, las bandas abandonaron la estereotipación de estilos musicales y trabajaron sin prejuicios mezclando compases impensados, aunque, para ella, ese avance está lejos de alcanzar sus pretensiones más internas y es que “quiero que los músicos se empoderen y comiencen a hacerse valer, desde el trato hasta el monto de sus presentaciones, cuando eso ocurra cambiará todo”.

Padres permisivos

En el hospital Higueras de Talcahuano, nació el 23 de noviembre de 1973, Susana Lépez. La menor de tres hermanos, que siempre se caracterizó por ser un alma libre que disfrutaba pasar el tiempo con los amigos de su villa y donde el regreso a casa después de la jornada escolar era su paraíso en la tierra.

¿Cómo podrías definir tu infancia?

Fue súper feliz porque antes éramos más libres. En mi barrio todos los vecinos teníamos como la misma edad, entonces recuerdo que llegábamos del colegio y partíamos a jugar. Fue una época muy social, con unos padres que en ese entonces, al igual que el resto, eran muy liberales porque no había ese temor ni peligro de que te pasara algo malo.

La tranquilidad de los padres de Susana, también radicaba en la estrecha relación que tenía con su hermana, dos años mayor, Milka Lépez, quienes instintivamente cuidaban la una de la otra.

¿En esa época había un lugar preferido al que asistían en familia?

Sí, todas las vacaciones no íbamos al campo familiar, cerca de Cabrero, y eso nos permitió crecer en ese ambiente libre, en medio de la naturaleza y de animales. Ese siempre fue nuestro lugar favorito.

Es tanto así que, actualmente, todos los fines de semana se refugia en el mismo lugar donde pasó importancias momentos de su vida. Ese es su espacio más íntimo y donde logra la complicidad con todos los integrantes de ese numeroso núcleo familiar. “Allá nos reunimos para celebrar los cumpleaños, aniversarios e inclusive, a veces, organizamos nuestro aquelarre con las tías y primas. En el campo logro desconectarme y cargar las energías suficientes para la semana”, detalló.


El camino al arte

Cuando cursaba octavo básico en el Colegio de Sagrado Corazón, ya formaba parte del ballet de la opera Cat, que organizaba el Conservatorio de Música Concepción y que fue dirigida por Verónica Torres, actual pianista y clavecinista de la Orquesta Sinfónica de Concepción. Esa actividad extracurricular la hacía relacionarse de diferente manera con sus compañeras, porque a pesar de su edad, 13 años, era madura y metodológica. Justamente ese año, repitió de curso y fue expulsada del establecimiento.

¿Cómo te marcó ese hecho, sentiste que no te comprendieron?

Empecé a trabajar de chica en el tema cultural y creo que me encontraban media rara, pero lo cierto es que me echaron porque estaba en otra y me empezó a ir mal en el colegio. Iba a clases con mi guitarra y no encontraba la hora del recreo para tocar y cantar.

Eso fue un remezón porque empecé a conocer otra gente. Me fui al Liceo Fiscal y eso para mí fue lo mejor que me pudo haber pasado. Ahí partió mi visión más inclusiva ya que aprendes de toda la gente con la que te vas relacionando. Eso fue determinante en mi vida.

Al principio, Susana quería estudiar teatro, pero su mamá no la dejó ir a presentarse a los exámenes especiales así que entró a estudiar a la Universidad de Concepción Traducción en Francés. “Durante esos años de la carrera, dos los dediqué al teatro independiente, donde conocí lo que se estaba haciendo en la escena local y luego la vida me llevó por el camino de la música”, recordó.

En 2003 hizo un magister en lingüística en la UdeC, le ofrecieron hacer clases pero su pasión por la música la hizo rechazar la oferta.

Además de tu hermana que estudió música, ¿hubo alguien del cual heredaras ese gusto?

No. Lo que pasa es que mis papás no nos apoyaban ni nos prohibían, entonces fue algo súper libre. Yo era chica y participaba de festivales de canto, entonces cuando ganaba iba donde mi mamá a darle la noticia y nunca tuvieron idea que andaba en eso. Éramos independientes en ese aspecto, aunque las fichas estaban puestas en que estudiara para ser dentista.

Susana partió su carrera musical en 1997 con los acordes del Rock Pop, pero tras llegar a Santiago descubrió un mundo nuevo que al principio le parecía “sin coherencia y poco digerible. Una pata de pollo” -dijo entre risas- para referirse al Jazz.

En una de esas primeras visitas al Club de Jazz, cuando terminaba el concierto y se daba paso a la Jam Session, Susana se encontró con un hombre, al que describe como una especie de “Señor Miyagi por lo chinito y el pelo largo” y con el que entabló una conversación que marcó su desarrollo musical.

“Me preguntó qué hacía y le respondí que cantaba pero algo súper diferente y me invitó a subir al escenario. Tomé mi guitarra y canté una canción de Edie Brickell, imagínate la escena todo entorno al Jazz y yo cantando algo nada que ver, a pesar de eso todos se subieron a acompañarme y amanecimos en el local. Resultó que esa persona era Pablo Lecaros, el gran contrabajista. Fue él quien me impulsó a estudiar porque, a su juicio, tenía las condiciones artísticas pero faltaba lo otro”, recordó.

¿Cuál es la diferencia que más te impactó de esos estilos?

Cuando empecé a escuchar Jazz tradicional de la Ella Fitzgerald, Billie Holiday y a conocer artistas chilenas como Francesca Ancarola y mi misma profesora la Cristina Gálvez, eduqué el oído. En eso hay un trabajo importante de conocer los códigos y de relacionarse. Eso me terminó de encantar cuando constaté las posibilidades que te da la música. Fue en ese contexto que surgió mi primer demo de una canción de Víctor Jara “El Cigarrito”.

Otro aspecto es que el círculo del Jazz me enseñó a ser solidaria. Allá por ejemplo, si a un músico se le echa a perder un instrumento, llega otro y te ofrece sus equipos y es que comprendían que todo se construía en base a la diversidad.

¿Cuál es el sello que te trasmitió Cristina Gálvez?

Estoy súper agradecida porque no sólo me enseñó técnicas de canto sino que me echo a los leones y me puso a hacerle los coros, con eso aprendí a pararme en un escenario y también a solidarizar con las mujeres. Fue tanta nuestra conexión que terminamos siendo amigas, ella se fue a Alemania pero cada vez que viene nos reunimos. Ese periodo fue mi gran escuela.

En su estadía en Santiago, cuando el arte aún no le permitía solventarse, trabajó en las embajadas de Francia y Canadá. Esos años le sirvieron para desenvolverse en un círculo selecto y a los que sólo le dedica palabras de agradecimiento.

¿Encontraste esa solidaridad cuando regresaste a Concepción en 2005?

Fue un choque fuerte, porque el ambiente era muy egoísta, competitivo y discriminador. Al final viendo que la entrada al círculo del Jazz estaba compleja, terminé tocando con los hermanos Millar que son folcloristas y la pasé tan bien. Recuerdo que Pedro llegaba en pijama a tocar porque todo fluía con relajo.

Ahora la realidad es distinta, todos comparten y ya no existe eso se segmentar según estilo musical. Las mujeres también se han abierto a aprender de sus pares y soy una convencida de que todo funciona en redes.

¿Y cómo fue ese vuelco al folclore?

El primer acercamiento fue en 2000 cuando aún estaba en pañales eso de hacer tributos y nos llamaron para hacer uno de la Violeta Parra y Víctor Jara pero a través del Jazz, fue ahí cuando me empecé a enamorar de la música de raíz folclórica y con la Cristina Gálvez nos nutrimos mucho de los sonidos latinoamericanos, entonces no fue un cambio muy brusco ni desconocido.

El disco Claridad (2009) es el resultado de las enseñanzas de ese periodo. En él quedó plasmado su recorrido por el Rock, Pop, Jazz y Folclore. Punto aparte fueron las críticas positivas, llegando incluso a ser catalogado por El Mercurio como uno de los cuatro discos más importante del año.

Potenciar el talento regional

Desde hace un año hace clases en Artistas del Acero, donde ha podido constatar el nivel de los que podrían ser los futuros representantes de la música penquista; sus clases son todo un éxito, los cupos se llenan con facilidad y es que Concepción es una ciudad de artistas. En paralelo está involucrada en la creación en los destacados Premios Ceres, donde se destaca lo mejor de la escena local, lo que se condice con como Susana se define a sí misma, “una luchadora contra el centralismo”.

Te has dedicado a impulsar el talento local, ¿a qué se debe esa preocupación por los pares?

Estoy convencida que la unión hace la fuerza, cuando uno trabaja en solitario hay menos posibilidades de mostrar el trabajo. Particularmente en el caso de los Premios Ceres, nacen como un llamado de atención de lo que estaba pasando donde muchos artistas locales emigraban a la capital porque acá había un vacío que significaba un estancamiento en la creación. Ante eso nuestro objetivo era hacer crecer el ámbito artístico cultural y preservar nuestros talentos.

¿Cuál es el análisis que haces del rol de las autoridades para impulsar la cultura?

Hay que partir de una base y es que todos los proyectos nacen del interés de los artistas, que en lo general no tienen apoyo y son invisibles, pero que luchan para promover el arte y desean que esto evolucione.

A su vez, somos nosotros los encargados de hacer que esto funcione, tenemos la sociedad de derecho de autor, por lo que hay normas, artículos y leyes que amparan nuestros derechos como creadores. Entonces no sé si falta información o simplemente nos da lata regularizar, cosas tan básicas pero tan importantes para nuestro quehacer, como la tarifa de las presentaciones y que éstas vayan en beneficio directo de los artistas.

Igual quiero destacar el apoyo por parte de la gobernadora de Concepción, Andrea Muñoz; la directora del Teatro Regional, Francisca Peró y la Municipalidad penquista.

¿Cómo crees que está posicionada la Región?

Me siento orgullosa porque el mismo hecho de dirigir los Premios Ceres nos permite hacer un catastro de todas las obras que se hacen año a año y quedamos impresionados de la cantidad de trabajos que se están realizando en la Región. En el caso de la literatura, vemos obras con una edición maravillosa y de alta calidad, y en el caso del teatro y de la danza, son disciplinas que están emergiendo increíblemente y de forma profesional. El Biobío está muy activo y hay que saber aprovechar eso.

Proyecto de mujeres

Hace tres años, sin tener en la mente el centenario de Violeta Parra, su hermana Milka Lépez decidió juntar a las voces más destacadas de la Región para interpretar en sus estilos el disco de recopilaciones de cuecas que la cantautora nacional recabo en los campos de Chile.

¿En qué consiste este trabajo en conjunto?

Mi hermana tuvo la idea de reunir mujeres de estilos diferentes para hacer un tributo al disco Cuecas de Violeta, donde recopiló las cuecas desde la región Metropolitana hasta el Biobío. En total son 16 canciones que serán interpretadas por nosotras, Ema Millar, Carolina Aguilera y Liliana Riquelme.

Al principio no quería porque sentía que no tenía pasta para eso, pero como la idea era unir diferentes estilos, accedí. Luego me fui enamorando porque el proyecto no sólo muestra un trabajo un tanto desconocido de la Violeta, sino que presenta una puesta en escena muy teatral que ha provocado la emoción de la gente.

Las composiciones son todas hechas por cantautoras que reflejaban la realidad de las mujeres de campo y las temáticas parten del amor hasta la violencia y el machismo.

¿Dónde han presentado la obra y cómo ha sido recibida por el público?

Estrenamos en agosto y nos ganamos un fondo cultural por los cien años del natalicio de Violeta Parra, con el que rodamos el espectáculo. En ese contexto, nos hemos presentado en San Pedro de la Paz, en la Sinfónica de la Universidad de Concepción, Penco y San Rosendo, entre otros.

Con respecto a la reacción del público, hemos quedado maravillados. Hemos visto a personas llorando de la emoción que les provoca. Es un trabajo muy bien logrado.

¿Y las proyecciones?

Somos las primeras en trabajar esa parte de la obra de la Violeta, así que queremos seguir presentándonos en otras regiones y salir al extranjero. A su vez, con este quinteto, paralelamente, recopilaremos las obras de las mujeres de Latinoamérica y así seguiremos impulsando nuestro rol en la música.