Un básico para la temporada

Sombreros de invierno: ¡No hay mejor estación!

Afortunadamente quedaron atrás los tiempos en el que la primavera, el otoño y el verano, eran las épocas glamorosas por excelencia. Desde hace varias décadas el invierno se posiciona como la ocasión perfecta para lucir looks que van mucho más allá de un abrigo, y que no escatiman en accesorios. Entre estos últimos, el sombrero aparece como uno de los predilectos que, en distintos estilos y diseños, tiene el poder de convertir cualquier atuendo casual, en uno chic, e incluso formal.

Por Gabriela Bustos P.

En términos generales, por sombrero se entiende a un complemento funcional que, según sus características, sirve para proteger la cabeza y el rostro del sol en verano, o la nuca y orejas del frío invernal. Pero, aunque para nadie exista sorpresa en su definición, sí la hay en sus orígenes, que más allá de la necesidad que pudo capear, están ligados a un surgimiento de índole social.

Pese a que no existe claridad de su aparición, sí hay constancia de su existencia en el Antiguo Egipto, cuando se presentan más bien como la evolución de los populares tocados. En esa ocasión solían ser utilizados por clases altas, que eran quienes podían adquirirlos. Pero de manera casi paralela, y como consecuencia de su expansión, llegan a Grecia con un significado totalmente distinto. Allí y en sus alrededores, los sombreros eran un símbolo codiciado por los esclavos, que solo podían usarlos cuando alcanzaran su libertad.

Si bien este último sentido no estaba para nada ligado a clases altas, sí mostraba desde ya un valor intrínseco de buen augurio, pues da fe que, desde un comienzo, el sombrero pretendió mostrar algo a la sociedad.

Con el paso de los años su uso se fue desplegando, hasta posicionarse fundamentalmente en sectores campesinos, que lo utilizaban por necesidad. Para ese entonces, los materiales más comunes eran el fieltro y la lana, que tanto por sí solos, como mezclados, aseguraban una fidelidad total. Tanto así, que con el paso del tiempo el mundo fue comprendiendo que tantas bondades y atributos, no podían permanecer relegadas a un sector tan reducido. Fue precisamente ese el motivo que impulsó a Carlos VIII en Francia, a introducir su uso en tiempos de lluvia en la ciudad, dando un paso que permitió a este complemento, lucirse en distintos sectores de manera transversal.

¿Era posible que clases altas y bajas compartieran prendas de vestir? Como la respuesta es no, fue el diseño el que rápidamente comenzó a marcar diferencias, dejando gorras blancas sencillas para la plebe, mientras que la aristocracia lo lucía con plumas, cordones y todo tipo de adornos bien vistos en la época.

Pese a que, para ese entonces, recién se estaban sentando las bases de su masificación, ésta fue tan veloz, que para principios del siglo XX el sombrero ya era un accesorio más del hombre civilizado en sus diferentes culturas.

De complemento, a básico

Aunque la irrupción del sombrero en la moda fue rápida, también lo fue su estancamiento, pues con el paso del tiempo, comenzó a vislumbrarse como una parte del atuendo que solo representaba a un sector etario y económico del plano social.

Afortunadamente hubo un modelo que persistió. Se trata del sombrero floppy, fácil de reconocer por tener un ala ancha y moldeable, que vivió su máximo apogeo en los años 60’s, y que tanto en ese entonces como ahora, se imponía mostrando identidad.

Su plus estuvo marcado siempre por el modo en que rescataba la elegancia de una pieza tradicional, pero la adecuaba con toques libres y rupturistas, que le permitieron sin problemas pasar de generación en generación.

No es exagerado hablar de un modelo clásico, cuando pensamos en personajes insignes como Kate Moss o Sienna Miller y asociamos escenas de su vida con este elemento en parte de sus atuendos.

Hoy tenemos el privilegio de vivir en la generación que ha vuelto a poner en marcha su versatilidad y sofisticación, porque si hay una cualidad que despliega este elemento, por sobre los demás, es elegancia indiscutible; aquella que se ve mayormente potenciada en invierno, remontando irónicamente a sus orígenes, para impulsarlo esta vez en gloria y majestad.

Grandes pasarelas y casas de moda se han obstinado en mantener en la retina colectiva a estos exponentes, demostrando que el invierno es mucho más que guantes y abrigos. Pero lo cierto es que mientras allí se muestra ligado al lujo, cada día son más las marcas se la juegan por darle espacio en la cotidianeidad. Una prueba de que lo han conseguido, se ve reflejada en el modo en que se ha readaptado a nuevas rutinas. De este modo, ver el modelo floppy en distintas estaciones, en festivales de invierno, o en jornadas arduas de actividades al aire libre, es casi pan de cada día.

Pero, en definitiva ¿por qué usar un sombrero de invierno? Porque es útil, en primer lugar. Queramos o no, la cabeza es una de las partes más expuestas de nuestro cuerpo, y, por ende, es una de las que más sufren los estragos meteorológicos. Usar un sombrero es, por tanto, una excelente manera de sortearlo.

Otro buen motivo es su elegancia. Independiente de la formalidad de la situación, a nadie le parecerá fuera de lugar un sombrero de invierno, porque como dijimos en un comienzo, además de la belleza y delicadeza que otorga, persigue un fin último que es funcional, por lo que, como pocas piezas, puede garantizar distinción y sutileza al mismo tiempo. Por otro lado, usarlos demuestra seguridad, y es que nada causa una mejor impresión, que una persona preparada ante la adversidad.

Y si los mencionados no parecen motivos suficientes, hay que ver su presencia en el cine, o en las cuentas de it girls de la actualidad, como una de las señales más claras de lo bondadoso que puede llegar a ser un objeto, que más que accesorio o complemento, debiese ser un básico, que al abrir tu clóset te diga: es invierno, no hay nada que ocultar.