fbpx Revista Velvet | Salud pública y ciudades, un vínculo vital
Cultura Pop

Salud pública y ciudades, un vínculo vital

Salud pública y ciudades, un vínculo vital
Cultura Pop

Salud pública y ciudades, un vínculo vital

POR equipo velvet | 04 agosto 2020

La actual crisis sanitaria ha vuelto a poner en evidencia cómo la planificación urbana está directamente relacionada con la salud pública: las ciudades deben ser capaces de proveer las condiciones mínimas de calidad de vida a todos sus habitantes, más aún en situaciones como las actuales, donde la inequidad puede costar caro. Chile lo sabe y lo está viviendo.

Por:  Claudia Pérez Fuentes

Últimamente, y a propósito –cómo no–, del escenario que estamos atravesando, se ha hablado y escrito bastante sobre la historia de algunas epidemias y pandemias; pero poco sobre los profundos efectos que estas han tenido en aspectos como el diseño de las ciudades a lo largo de los siglos.

Entre los casos más citados, está el de la Peste Negra que, durante la Edad Media, afectó a gran parte de Europa arrasando con la población de ciudades enteras y fracturando esferas sociales, económicas, políticas, culturales, para convertirse en antecedente de cambios que por décadas se dejaron sentir. Entre ellos, están los relacionados con la planificación urbana de la Barcelona del siglo XIX, transformada por el ingeniero y urbanista, Ildefons Cerda, uno de los casos más paradigmáticos en cuanto a modificaciones al tejido de una ciudad.

Entonces, como también ocurrió en Chile de la mano de autoridades como Benjamín Vicuña Mackenna –aunque a escalas incomparables–, se buscó erradicar la insalubridad que se vivía sobre todo en enclaves industriales que se convirtieron en foco de la migración campo-ciudad; con el consecuente aumento de población y el hacinamiento de personas que no tenían acceso a viviendas que escaseaban, o derechamente no existían.

En Santiago proliferaron soluciones como los conventillos que se convirtieron en caldo de cultivo para enfermedades infecciosas como el cólera, cuyo brote durante las últimas décadas del siglo XIX, cobró la vida de miles de chilenos: 30 mil para un país que contaba con algo más de dos millones de habitantes. Lamentablemente, y en pleno siglo XXI –con todo lo que eso significa–, la situación parece repetirse. Es verdad, son épocas y circunstancias distintas, incomparables dirán algunos, sin embargo, la precariedad, falta de planificación y mala calidad de vida que afectaba al Santiago de ayer, parecen no haberse ido nunca.

La coyuntura hace sentir que no hemos avanzado en nada, que por más que en las últimas décadas se haya demostrado lo crucial que es concebir urbes que garanticen el acceso a oportunidades, servicios e infraestructura a todos sus habitantes; sigue ahí la inequidad, pobreza y abandono de quienes han sido relegados por una ciudad que no ha hecho más que expulsarlos de ella. Una vez más, esa indolencia nos está pasando la cuenta, esa falta de voluntad, visión, interés, ganas –no sé cómo llamarlo–, por solucionar de manera efectiva los problemas de desintegración y desigualdad de nuestras ciudades, se ha hecho patente de la peor forma: otra vez afectando en su versión más cruda la vida de los menos favorecidos.

No se entiende que no se hayan tomado cartas en el asunto, es verdad, han surgido iniciativas buenísimas, pero aisladas, cuando lo necesario es que en este sentido todos los actores involucrados actúen coordinadamente, no de manera sectorial. Ahora se viene algo grande, una vez más la salud pública hará replantearse el modo en que se han concebido y desarrollado los asentamientos contemporáneos, en especial en Latinoamérica; pondrá en jaque a autoridades frente a temas como el déficit habitacional desafiándolas a buscar soluciones que no solo satisfagan las necesidades en términos cuantitativos, sino, y ante todo, cualitativos, proveyendo como mínimo el metraje suficiente para que una familia viva bien –en torno a los 80 metros cuadrados según estándares internacionales–, y garantizando el acceso a espacios y transporte públicos de calidad; atributos que según el arquitecto chileno, Alejandro Aravena, inciden en la “corrección de inequidades”.

No podemos permitir que una próxima pandemia, que sin duda vendrá, nos pille tan vergonzosamente poco preparados, menos aún, que los mismos de siempre sean los más golpeados.

Sobre la autora:

Claudia Pérez es periodista con experiencia en medios de comunicación, así como en comunicaciones estratégicas internas y externas. “Amo lo que hago, en especial cuando se trata de promover y visibilizar una de mis pasiones, nuestro patrimonio cultural en su sentido más amplio: desde ese que nutre y sustenta nuestra historia e identidad como país; hasta el que da vida y fundamento a un grupo u organización, teniendo ambos como componente más valioso el capital humano”.

 

*Fotografías de Elías Soto para Proyecto FONDART “Patrimonio Oculto en los cités de la comuna de Santiago”.

https://invi.uchilefau.cl 

Te puede interesar