Padres e hijos

Locos por el swing

En la familia Márquez la historia del golf parte hace 11 años, cuando el suegro de Hugo invita a jugar a su nieto Agustín y lo incentiva en esta actividad deportiva. Tras esto, Hugo quiso acompañar a su hijo en esta odisea y también comenzó a jugar en el club de campo La Posada, lugar que albergó a los Márquez en esta práctica deportiva.

Con tan sólo 4 años Agustín empezó su aventura por el golf y desde entonces no la ha abandonado. Actualmente estudia en un colegio especial para deportistas en Santiago, ya que está profesionalizando esta pasión que lo une a su padre. “Mi abuelo me llevó a La Posada cuando era pequeño, a una escuela de golf, y desde ahí no he parado de jugar”, cuenta Agustín.

Hugo relata el orgullo al que su hijo se haya dedicado a esta entretenida disciplina, “me encanta, es mi partner, aunque lo echo mucho de menos. Desde muy chico lo he acompañado a entrenar y además jugábamos juntos por lo menos tres veces a la semana. Hoy está en Santiago y lo veo casi todos los fines de semana, igual aprovechamos de compartir a través del golf”.

 

A través de esta disciplina han estrechado su lazo afectivo, “tenemos muchas anécdotas juntos, este deporte nos ha unido muchísimo. Hemos tenido la gran suerte de que mi señora y mis hijos mayores nos han apoyado en todo”, cuenta emocionado Hugo.

Agustín destaca la cercanía que ha desarrollado con su padre “tengo un relación de amigo con mi papá, hemos estado mucho juntos, tanto practicando como viajando, y nos llevamos demasiado bien”.

 

Jugados por las tijeras y el color

Paradójicamente, Alfredo Salgado y su hijo Cristian comenzaron a la misma edad en este arte de la peluquería, ambos se decidieron a los 19 años empezar en esta aventura por el corte y el color. Aunque Alfredo nunca pensó que Cris seguiría sus mismos pasos.

“Mis comienzos se remontan a que mi madre, que también era peluquera, me hizo ponerle unos tubos y la verdad es que fui el que tenía la mano más liviana, entonces ella me dijo: hijo, tú vas a ser un muy buen peluquero y ahí me motivé, tenía 19 años. Empecé a mirar los cursos que se hacían de L’Oréal y Wella. Ni en mis mejores sueños pensé que la peluquería iba a, de alguna manera, realizarme como persona”, relata Alfredo, dueño de peluquerías Alfredo.

Para este afamado profesional, la peluquería es una pasión y significa todo para su vida, “siento que a través de mis manos estoy entregando un concepto, que es la moda. Me inspiro para generar un cambio en una clienta, y eso me motiva, porque es lindo ver cuando transformas a una persona y te lo agradece con una sonrisa”.

Esto mismo es lo que vio y atrajo, tiempo después, a su hijo Cristian, quien antes de siquiera pensar en peluquería tenía planificado estudiar Arquitectura. “Desde muy pequeño quise estudiar esa carrera porque tenía habilidades manuales y era bueno para el dibujo, entonces pensé que esa motricidad y talento se iba a canalizar mejor a través de la arquitectura. Una vez que investigué más a fondo esa profesión me di cuenta de que no era así. Después me percaté de que lo que hacía mi padre era arte puro, que ocupaba mucho las manos y la motricidad. Así que hablé con él y le dije que quería probar la peluquería para ver qué tal me iba”, recuerda Cris.

Tras esto, su padre lo envió a hacer cursos a Santiago y trabajó en su peluquería hasta que formó la suya, Hair Cris. Ahora Cristian expresa emocionado, “no creo que hubiese sido feliz haciendo otra cosa”.

Ambos aman lo que hacen y conversan siempre sobre peluquería, intercambian tips y están agradecidos de su clientela, “la confianza que te entregan es una experiencia única”, finaliza Cristian.

Todo en familia

Los Armstrong hacen todo juntos y tienen gustos muy similares, como por ejemplo practicar velerismo, y es que esta es una actividad que les permite disfrutar de la naturaleza y compartir en familia.

Es divertido, porque no sólo tienen en común el cariño por la vela, sino que también son todos arquitectos. Enrique y 2 de sus 3 hijos, Martin y Alan eligieron esta profesión para su vida.

“El primer acercamiento con el velero fue cuando pequeño, me construí un velerito y lo llevaba a la piscina olímpica del Estadio Nacional. Después ya adulto, vi un aviso en el Diario El Sur que decía que se estaba realizando un curso de navegación a vela en la Universidad Católica de Talcahuano. Lo hice y me encontré con que no tenía velero, así que empezamos a vitrinear, y compramos uno. Mi señora también se entusiasmó, hizo su curso y ahí comenzamos a navegar para siempre”, cuenta Enrique.

Desde pequeños Martin y Alan se incorporaron en esta entretenida practica familiar, acompañaban a su papá a las regatas y navegaban constantemente en la bahía de Coliumo, en donde tenían una casa de playa.

En cuanto a disfrutar en familia, Martin comenta que es lo mejor, “es entretenido, en nuestras vidas está todo muy relacionado, llegamos a la oficina y es como estar en la casa, vamos a navegar y también es con la familia, no tenemos sangre italiana, pero nos comportamos como tal”.

Alan, tiene una opinión similar a la de Martin en cuanto al velerismo, “lo rico es que es un deporte que podemos practicar todos juntos y al mismo tiempo, y aprovechamos también de disfrutar de la naturaleza”.

“Me encanta que hagamos cosas en conjunto, lo malo es que no siempre le hacen caso al capitán”, cuenta sonriendo Enrique Armstrong.

 

Juntos en la montaña

Alex Cattan y su hijo Cristóbal comparten el mismo cariño por la montaña. Ambos empezaron desde pequeños su travesía por la aventura y no la han abandonado, e incluso Cristóbal se desempeña profesionalmente en esta área a través de su agencia de turismo aventura, “Rukapali Adventours» en el Valle Las Trancas, donde es guía de montaña y administrador. “Me parece fantástico que pueda realizar su sueño sobre un estilo de vida que también me apasiona. Cuando yo era un adolescente, era imposible pensar vivir del turismo de aventura en la montaña. Cristóbal está logrando lo que yo no pude”.

Alex recuerda con cariño los comienzos de su hijo en esta práctica deportiva, “cuando Cristóbal era guagua, lo metía en mi mochila y subíamos cerros. Ahora él me lleva la mochila, me cuida y me cocina, jajaja”.

Cristóbal rememora que siempre le ha gustado la montaña y que es una de sus pasiones de su vida, “mi apego por el montañismo comienza de niño al ver fotos de expediciones, escuchar relatos y con las primeras salidas con mi padre. Luego, más de grande esas salidas ya eran con amigos, y las montañas que en un principio caminaba, las fui cambiando por paredes y así pasé del montañismo tradicional a la escalada vertical, esto me dio una visión más amplia de esta práctica en diferentes disciplinas”.

Estos aventureros han viajado por distintos lugares del mundo, han escalado el Himalaya y los Alpes suizos, además de la cordillera de los Andes. Alex aclara si que el discípulo ha superado al maestro, “es un montañista y compañero muy confiable”.

“He tenido decenas de compañeros de ascensión, pero con mi hijo la experiencia es incomparable. Existe una emoción, una continuidad y proyección difícil de explicar”, relata emocionado Alex.

Su hijo comparte el mismo sentimiento, ya que disfruta hacer este deporte junto a él, “practicar el montañismo junto a mi papá significa un constante aprendizaje. Me ayuda a conocerlo a él como persona y también a mí mismo como un reflejo de él en algunos aspectos”.

Aunque no han estado exentos de dificultades. En una oportunidad, recuerda Alex, estuvieron en Kirguistán, y se enfrentaron a una gran tormenta y estuvieron incomunicados por 24 horas, “fue una experiencia brutal, sin saber uno del otro. Yo estaba en el campo base y Cristóbal atacando la cumbre a 7.000 metros de altura. No puedo transmitir lo que fue para mí ese reencuentro con él”.