Niños adormecidos por las pantallas

El peligro del uso indiscriminado de la tecnología

Dificultades en el habla, para generar vínculos de calidad, desarrollar empatía y, lo más grave, experimentar a temprana edad adicciones, son algunos de los peligros que se exponen los menores de edad al acceder, sin control parental, de dispositivos digitales. Los especialistas coinciden en que la forma más eficaz de revertir esa realidad es mediante la fijación de límites y la comunicación.

Por Daniela Salgado Parra

Armando tenía dos años cuando su madre Romina Monsalve comenzó a percatarse que su hijo, a diferencias de los de su misma idea, tenía un vocabulario bastante acotado. Esa costumbre de apuntar con el dedo lo que deseaba, sin hacer el más mínimo esfuerzo para materializarlo en palabras, comenzó a agudizarse con el paso de los meses, preocupando a sus padres.

“Todos nos decían que era de regalón o que simplemente aprendía más lento, así que decidimos esperar a que mejorara. El tiempo pasó y llegó el momento de inscribirlo en un jardín. Dio varias pruebas y termino siendo aceptado en un colegio de lenguaje”, precisó la madre del menor.

En las primeras visitas con la fonoaudióloga se dieron cuenta de su responsabilidad en el estancamiento en el desarrollo de su lenguaje y es que Armando no solo no hablaba con fluidez sino que se relacionaba mayoritariamente con sonidos y gestos.

Según recuerdan sus padres, el diagnóstico fue trastorno mixto del lenguaje, es decir, el pequeño no podía expresar sus pensamientos y sentimientos ni tampoco entendía los del resto. Entre las causas estaba el excesivo uso de pantallas digitales desde temprana edad.

“Nosotros trabajábamos y la chica que lo cuidaba lo tenía la mayor parte del tiempo con el teléfono. Le gustaban los dinosaurios así que veía videos en YouTube. La verdad es que los sonidos que hacia se asemejaban a eso y, en ese entonces, nosotros no lo veíamos como algo malo”, comentó.

Para la fonoaudióloga y Magíster en trastornos del lenguaje y habla, Soraya Sanhueza, es posible relacionar el uso excesivo de aparatos digitales con dificultades en el habla, lenguaje y comunicación. Esto, porque “los niños están expuestos a videos que aparecen en forma rápida y con mucha información en forma visual y auditiva, los cuales toman segundo en elegir y disfrutar, sin embargo esa información tan inmediata hace que aumente su ansiedad y su velocidad de habla”.

Sin perjuicio de lo anterior, a su juicio, lo más preocupante son los impactos a nivel comunicativo. Y es que los niños expuestos a tanta estimulación visual y auditiva no logra beneficiarse de la experiencia que le da el entorno, por lo que tiende a presentar complicaciones para escuchar con atención al otro, mantener un diálogo, respetar turnos de conversación y aprender a utilizar el lenguaje para distintas funciones, como pedir, demandar, explicar, entre otras.

Otra de las características de Armando en sus primeros años de desarrollo era su personalidad excesivamente introvertida. Y claro, según recuerdan sus padres, no molestaba, ni daba vueltas por la casa, lo que lo convertía en el hijo ideal para quienes visitaban a la familia.

“Los padres utilizan el celular o la Tablet como pacificador, como un chupete, eso provoca que tenemos niños, cada vez con menor edad, que en vez de estar dando vueltas en un supermercado o recorriendo por la sala de espera de una consulta, están sentados mirando una pantalla, sin interactuar con el entono ni con nadie”, analizó la directora del Centro de Atención Psicológica de la Universidad Andrés Bello, María José Millán.

Las características expuestas por la profesional son propias y naturales en infantes en etapa de crecimiento y van en directa relación con la necesidad de explorar y conocer por sí mismos el mundo que los rodea. Ese ímpetu es el que se apaga en cuanto se enciende una pantalla.

No a las pantallas en la primera infancia

Los expertos concuerdan en que durante la primera infancia debería estar completamente ausente el uso de aparatos tecnológicos. Luego de eso, la interacción con los dispositivos debe ser progresiva y limitada.

“Lo ideal que un niño preescolar, entre dos a tres años, nunca tome una pantalla porque eso va generando una especie de adicción y el menor va perdiendo cualidades propias de la edad, como el querer gatear o movilizarse”, precisó la psicóloga de la Unab.

La razón, detalló el siquiatra y docente del diplomado de Psicopatología Infanto Juvenil, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, Dr. Elías Arab, es porque en dicho periodo se va construyendo el cerebro, la base del intelecto y emocionalidad.

Por ende, “las pantallas inhiben el desarrollo de cosas importante como el vínculo con las personas, tornándose de mala calidad. Eso podría aumentar el riesgo de padecer, en el futuro, de enfermedades como la depresión u otras patologías asociadas”.

Otra de las consecuencias es que lo menores tienden a funcionar ensimismadamente, por lo que no generan empatía con el otro; disminuye su capacidad del lenguaje, el aprendizaje y ponen en peligro el sistema psicomotor al no tener actividad física.

“Al no relacionarse con otros, tienen menos capacidad para resolver conflictos y, en efecto, carecen de habilidades sociales”, agrega el profesional.

Circuito de recompensa

De todas esas consecuencias, el psiquiatra de la Universidad de Chile aseguró que la más severa es la activación precoz del circuito de la recompensa cerebral.

Éste es un conjunto de mecanismos realizados por encéfalo que permite la asociación de ciertas situaciones con la sensación de placer, y que de no ser controlado recae en una adicción.

“El estar tan expuesto desde pequeños facilita la posibilidad de volverse adicto a otras cosas con el paso del tiempo”, precisa el Dr. Arab.

El contenido que ven los niños también es determinante al momento de medir las consecuencias. Por ejemplo, un menor que acostumbra a relacionarse con videojuegos violentos, va a generar una insensibilidad de las agresiones porque disminuyen las reacciones de las regiones cerebrales.

El estudio realizado por el Instituto Nacional de Salud, de Estados Unidos, donde se examinaron los cerebros de 4.500 niños de 9 y 10 años, logró detectar cambios en el cerebro de aquellos menores con consumo excesivo de videojuegos o de pantalla táctiles con acceso a internet.

De los resultados se desprende que niños expuesto más de siete horas al día a teléfonos inteligentes o videojuegos, sufren el adelgazamiento prematuro de la corteza cerebral, que es la encargada de procesar las informaciones enviadas al cerebro.

Respecto a las capacidades comunicativas, el estudio reveló que estos niños tuvieron peores resultados en los test de razonamiento, a consecuencia de problemas atencionales.

Los adolescentes y las redes sociales

Una madre le sirve comida en la boca a su hijo adolescente mientras éste juega videojuegos. Esa es la dinámica del video viral que protagoniza un adolescente de 13 años y que refleja la adicción a las plataformas virtuales.

Previo a eso, había impactado la noticia de una niña de 9 años, que se quitó la vida cuando le prohibieron el uso del teléfono, en Estados Unidos.

El caso Nido.org, página web utilizada para cometer ciberacoso contra mujeres y difundir material de pornografía infantil, impactó a la opinión pública por la gran cantidad de víctimas, más de 140 denuncias, donde al menos 30 corresponden a menores de edad.

Los tres casos citados son un ejemplo de los riesgos a los que están expuestos los niños y adolescentes.

Para Millán, en el caso de los adolescentes, el control parental en el uso de las redes sociales es fundamental. Eso implica, estar al tanto de lo que ven los jóvenes, con quienes se relacionan y el material que suben, entre otros.

“Hay que partir de la base que las redes sociales son para adultos, para personas con criterio formado. Sin embargo, no podemos ponernos una venda en los ojos y creer que los jóvenes están fuera de ellas. Lo importante aquí, entonces, es la responsabilidad de los padres en el control de los hijos y hablar abiertamente de las consecuencias de su uso”, aseguró.

Ese último punto, es justamente lo que recalcan las autoridades, a propósito del caso Nido.

Por eso las recomendaciones son mantener privadas las fotografías y la información personal en las redes sociales, sólo agregar personas conocidas a los perfiles, desactivar la georreferenciación y analizar las consecuencias de cada material a compartir.

En la misma línea se alerta sobre la costumbre de los padres de subir fotos de sus hijos, ya que podría ser utilizada por inescrupulosos para otros fines.

El sociólogo de la Unab, Mauricio Salgado, plantea que existen medidas adoptadas por los padres para lograr el control parental que están obsoletas. Un ejemplo, es conocer las claves de acceso a los perfiles virtuales de sus hijos. A su juicio, esa alternativa es “invasiva para un adolescente y es cada vez más inviable”.

Lo que sí podría funcionar, plantea, es prohibir que los chicos recarguen un dispositivo en sus habitaciones o retrasar la compra de teléfonos móviles hasta los 13 años. A lo anterior, afirma que lo principal es “educar en el uso, potencialidades y riesgo de las tecnologías y de las redes sociales”.

Opinión que comparte el Dr. Arab. La prohibición no es la alternativa, pero sí la advertencia. “Nadie dice que los niños no deban tener contacto con la tecnología, sino que debe hacerse con mucha prudencia, evitando los riesgos y sobre todo para que desarrollen habilidades que son muy buenas como la inteligencia, la capacidad de planificación y de querer explorar”, aconsejó.

Los padres y el desafío de la crianza

Las redes sociales y las distintas plataformas virtuales se han tomado la vida de las personas. Los teléfonos celulares están presentes en los horarios de comida, de trabajo y de recreación. En síntesis, se está todo el día en línea.

De esa realidad no quedan exentos los padres y sus hijos, por lo que ha surgido una nueva forma de relacionarse, una instantánea pero carente de profundidad.

Así lo confirmó el sociólogo Salgado: “La evidencia empírica nos muestra que las dinámicas familiares, especialmente las relaciones entre padres e hijos, se han visto fuertemente afectadas por el uso de las tecnologías de la información y comunicación por parte de los niños y adolescentes”.

Explica: Lo primero, porque tanto las redes sociales como los videos juegos limitan la capacidad de comunicación familiar. Un ejemplo de ello es el reciente estudio que evidenció que el 50% de los niños inmersos en la tecnología ignora completamente a sus padres cuando llegan a casa y solamente el 30% los saluda.

Lo segundo, la generación actual de los padres es inmigrante digital mientras que sus hijos son nativos. Esto se traduce en que las competencias y habilidades de los últimos son superiores a sus progenitores o guardadores, hecho que dificulta el rol de guías de los mismos en el uso de los dispositivos, redes sociales o video juegos.

Lo anterior, genera un doble efecto en las relaciones entre padres e hijos: La ansiedad de los padres por no saber cómo orientar a sus hijos en el mundo digital los hace retraerse de ejercer su autoridad en estas materias; mientras que el sentido de superioridad de sus hijos los hace ignorar sus consejos sobre el uso de las tecnologías.

Y tercero, la alta penetración de los dispositivos digitales en menores y sus habilidades adquiridas desde temprana edad hace que el rol de ‘guardianes’ es inviable, por lo que los niños y adolescentes en la actualidad gozan de una mayor independencia para administrar su vida social. “Esta mayor independencia entraña nuevos desafíos para los padres actuales”, recalcó Salgado.

Entre ellos está mantener instancias de diálogos, que sea de calidad y prolongadas en el tiempo. Incluso la negociación verbal con los hijos (adolescentes) cumple una doble función: enriquecen sus hábitos comunicativos y lo dotan de atributos como la capacidad de argumentar y de comunicarse adecuadamente con quienes consideran la autoridad.

El hecho de alcanzar concesos, coincide el neurólogo del Hospital Regional, Gerardo Pérez, es primordial para establecer una relación sana y respetuosa entre los integrantes del clan familiar. “En ningún caso de remienda la prohibición, no solo porque puede generar reacciones adversas sino porque carece de fundamentos y son imposibles de entender por parte de los adolescentes”.

Lo ineludible, plantea Millán, es que los padres son los encargados de determinar los límites y para lograrlo, deben establecer dinámicas familiares que suplan el uso indiscriminado de las tecnologías.

Las señales

Si un adulto le dice a un menor que le entregue el teléfono y éste lo hace sin mayores sobresaltos, es porque su relación con los dispositivos es sana. En cambio, si ese simple acto desata una pataleta, llanto y altos grados de desesperación, esa es la señal de alerta y el llamado de atención para tomar cartas en el asunto.

En el caso particular de los pequeños, tal como se ha planteado, hay que poner suma atención en el retraso de los hitos del lenguaje.

“Debe preocupar que el menor de un año no produzca balbuceo, que posterior al año de edad no produzca palabras aisladas, que a los dos no construya oraciones de dos o más palabras, que a los tres años el entorno no logre comprender sus expresiones”, precisa la fonoaudióloga.

En los adolescentes, las señales son más bien sociales, es decir, no se relaciona con sus pares más allá de lo virtual, está pendiente del móvil y las reacciones en sus redes sociales, sufre de cambios bruscos de ánimo, déficit atencional y se niegan a interactuar.

De forma transversal, más allá de la edad, el hecho de estar expuesto a las pantallas provoca “trastorno de conciliación del sueño, el que se refleja en somnolencia diurna”, asegura el neurólogo del Hospital Regional.

Los cambios físico también son relevantes, el aumento de peso a causa del sedentarismo y la falta de vitamina D, son algunos de ellos.

Volver a mirarse

Los recuerdos más preciados de la niñez tienen relación con los juegos, tiempo al aire libre y momentos con el círculo cercano, familias y amigos.

Las relaciones directas, la exploración y el aprendizaje son fundamentales para el desarrollo emocional e intelectual de los niños y adolescentes. Sin embargo, situaciones tan sencillas como sentarse a conversar en la mesa, preguntarse cómo estuvo el día del otro, se han perdido y han sido reemplazadas por dinámicas individualistas y aspiracionales.

“Las experiencias comunicativas de los niños y adolescentes es un su mayor porcentaje ‘ficticia’ ya que su interlocutor se reduce en una pantalla, la que no estimula que demande, comente o solicite información a través del lenguaje”, explica la fonoaudióloga.

Ya consciente de ese escenario, los padres deben asumir un nuevo desafío, sacar a los menores de esa burbuja y volver a instalarlos en el mundo real. El paso debe ser progresivo, requiere de una actitud activa y de aumentar los tiempos en familia.

Así lo hizo Romina, siguió al pie de la letra las recomendaciones de los especialistas y los frutos no tardaron en aparecer.

“Lo primero que me dijeron fue que debía incluir en mi cartera libros de textos y para colorear, y busca la forma de entretenerlo, agacharme y jugar con él, mirarlo a los hijos y dialogar. Conectar con mi hijo y sus sensaciones”, recordó.

Reconoce que no fue fácil, sobre todo durante el proceso de reeducación, pero se siente satisfecha al ver el cambio en Armando. Hoy lo mira y sabe que es un niño feliz. “Se ríe, juega y le gusta pasar tiempo con sus amigos y primos. No puedo decir que logré erradicar completamente el uso del teléfono o la Tablet, pero sí pude lograr que la mayor parte del tiempo lo pase en el mundo real”.

Para cerrar, la psicóloga Millán invitó a los padres a no tener miedo a que sus hijos den vuelta por las consultas, se ensucien o regresen enojados porque tuvieron un mal día con los amigos, porque esa cotidianidad les brindará herramientas para afrontar el futuro.