Tres parejas con distintas realidades cuentan su experiencia sobre cómo mantener el amor a pesar de los altos y bajo que te da la vida.

Por Consuelo Ruiz / Patricio Barría

“Es tan corto el amor y es tan largo el olvido”. Esta reflexión de Pablo Neruda, poeta chileno, refleja una de las tantas definiciones que existen sobre el amor. Este sentimiento puede tener diversas conceptualizaciones semánticas o poéticas, pero el verdadero significado es lo que uno siente y vive durante los momentos de la vida.

Rosemary y Eduardo: Dos culturas, un sólo amor

Eduardo Meissner Grebe (chileno) y Rosemarie Prim Becker (alemana) se conocieron en Manderscheid, Alemania. Eduardo estudió Odontología en la Universidad de Concepción y en 1959 se ganó una beca del servicio de intercambio cultural alemán para cursar un post grado en prótesis ocular en la Universidad de Bonn, Alemania.

Rosemarie y Eduardo

Tiempo después se fue a Viena a estudiar Arte y cuando estaba en el último mes de su estadía en Alemania, su profesor lo invitó a la casa de unos amigos en Manderscheid. “Antes de llegar al pueblo, me habían contado de la belleza y carácter magnífico de Rosemarie. Cuando nos vimos, nos presentamos, conversamos un rato y antes de irme anoté su teléfono y dirección para volverla a ver”,  relata emotivamente Eduardo.

Pasaron unos meses y la fue a visitar nuevamente a  Manderscheid. “La invité al cine y nos tomamos de la mano durante toda la película. Luego la llevé a tomarnos un té y al anochecer la llevé a su casa y antes de separarnos, la besé apasionadamente”.

En ese entonces Eduardo tenía 26 años y Rosemarie 21. Tuvieron varias citas, pero la más importante fue cuando se juntaron en el restaurant “El Sombrero Viejo” a tomarse una copa de vino al lado de la chimenea.

Esa noche Eduardo le propuso matrimonio a Rosemarie, pero ella no le contestó inmediatamente. Él se volvió a Viena, le envío una carta formal  nuevamente con la proposición y luego de unos meses le llegó otra que decía: “Querido Eduardo: Sí, Sí, Sí, Sí, saludos, Rosemarie”.

En 1964 se casaron en Copiulemu, mismo lugar donde el 11 de enero de este año celebraron los 40 años de matrimonio. Tienen 3 hijos (Rut María, Ana María y Pablo Antonio) y seis nietos.

Para Rosmarie la clave para mantener el amor es realizar los proyectos de vida en conjunto. “Nuestra relación es una simbiosis. Estamos tan unidos que somos uno. Estamos predeterminados a estar juntos y Eduardo me ha dado una vida magnífica en Chile. Asimismo estoy muy contenta de haber tenido la posibilidad de desarrollar mi gran obra social en este país como las bordadoras de Copiulemu y la construcción de los primeros jardines rurales en Chile”, cuenta conmovida.

Francisca y Marcos: De dos a cinco 

“Como pareja tenemos nuestros roles bien definidos”, comenta Marcos Sabando Muñoz, casado con Francisca Giacaman von der Weth. Ambos ingenieros comerciales de profesión, llevan 5 años de matrimonio y ya tienen tres hijos. El mayor, Nicolás de dos años y los gemelos Felipe y Agustín de tan sólo tres meses. “Estábamos planeando tener una niñita. En el segundo embarazo de la Fran, cuando vimos la primera ecografía, no podíamos creer que venían dos hombrecitos más en camino”, recuerda el padre de familia.

Francisca y Marcos

Marcos y Francisca al principio eran sólo amigos. El 2000 Francisca se fue a estudiar a Viña del Mar a la Universidad Adolfo Ibáñez. Cuando se tituló se tomó un año sabático y se dedicó que recorrer el Sudeste Asiático. Volvió a Chile y el 2007 comenzaron a salir, en junio se pusieron a pololear y a los 6 meses Marcos le propuso matrimonio.

“Terminé la carrera y comencé a trabajar de inmediato. Cuando estábamos pololeando la Fran se fue a trabajar a Santiago. Viajábamos todos los fines de semana para vernos. Estuvimos así 6 meses. Quería que estuviéramos juntos definitivamente así que decidí pedirle matrimonio”, cuenta Marcos.

Se casaron en febrero de 2009, cuando ambos tenían 25 años. Se compraron un departamento, viajaron a Egipto, Grecia, Turquía, Jerusalén, entre otros países. Estuvieron dos años de matrimonio sin tener hijos, lo que les permitió consolidarse como pareja y esperar con ansias la llegada de los niños.

A pesar de que Marcos realizó su post grado en Santiago cuando Francisca estaba embarazada de su primer hijo y se construyeron la casa cuando esperaban a los gemelos, supieron sobrellevar esos episodios de sacrificio que hubo que complementar con la llegada de los bebés.

“La clave para mantener el amor en nuestra relación es seguir realizando nuestros panoramas a pesar de que ambos trabajamos y tenemos hijos pequeños. Por suerte tenemos una gran red de apoyo que es nuestra familia, que nos cuidan a los tres niños para poder juntarnos con los amigos o darnos un tiempo para los dos”, confidencia Francisca mientras le da mamadera a uno de los gemelos.

A pesar de que todas las parejas pelean, agrega, hay enfocarse en las cosas buenas del otro y tener paciencia. “Por lo mismo el enamoramiento es un sentimiento que hay que trabajar todos los días”.

Patricia e Ismael: Amor a primera vista

“En mayo de 1963, estaba en una fiesta mechona de la Facultad de Derecho de la Universidad de Concepción y vi entrar a Patricia.  Fue amor a primera vista, la vi e hice lo todo lo posible por conocerla. Bailamos toda la noche y quedamos en juntarnos nuevamente”, cuenta con nostalgia el abogado Ismael Palacios Baeza, un hombre decidido ya que luego de un par de citas más le pidió pololeo, al tiempo se pusieron de novios y en diciembre de ese mismo año se casaron.

Patricia E Ismael

Patricia Mackay Foigelman, abogada y ministra de la Corte de Apelaciones de Concepción, tenía 19 años cuando conoció a Ismael que tenía 25.  En un principio estudió Odontología en la Universidad de Concepción, pero en primer año se cambió a Leyes en dicha casa de estudios.

Esta historia de amor fue muy tradicional. Como Patricia era menor de edad tenía que tener la autorización de sus padres para poder contraer matrimonio.  “Lo único que me exigió mi padre fue que le prometiera que iba a recibirme de una carrera universitaria”, cuenta con una sonrisa. Su gran desafío fue estudiar Derecho y a la vez criar sus tres hijos (Ismael, María Felisa y Patricia), ya que fue mamá durante sus años de alumna universitaria. “Cuando entré a Leyes, a los veinte años, mi hijo Ismael tenía recién cinco meses”, recuerda Patricia.

Han pasado los años, y ahora que tienen el “nido vació”, aseguran que lo pasan muy bien. Son muy unidos, hacen panoramas juntos y conversan mucho. Tienen la costumbre de ir a veranear a la casa que tienen en Pucón, jardinear, preocuparse de la huerta, ver películas y salir a comer.  Por ejemplo, para el Día de los Enamorados, por tradición salen a cenar o Paty le cocina algo especial a Isamel, quien infaltablemente le regala flores y chocolates.

Esta pareja ejemplar, padres de tres hijos y abuelos de diez nietos, en diciembre de 2013 celebraron sus Bodas de Oro y renovaron sus votos matrimoniales en el Santuario de Schoenstatt en Montahue.  “La receta para cultivar el amor y complementarlo con el trabajo y la familia, es mantener actividades en común, dejarse espacios para desarrollarse, apoyarse en los momentos difíciles y nunca olvidarse del amor que los llevó a estar juntos para toda la vida”, comenta Patricia quien hasta el día de hoy está felizmente enamorada.