MAMÁS E HIJAS:

COMPARTIENDO LO QUE MÁS LES GUSTA

¿Qué tienen en común este grupo de mujeres? ¡Mucho! Todas son profesionales y les fascina lo que hacen, algunas de ellas continúan tradiciones familiares y otras las están empezando, todas con el objetivo de unir a su clan y compartir momentos inolvidables con ellas, y sin lugar a dudas poner en juego todas sus pasiones.

Pasión por la danza

Juanita Toro nunca imaginó que tendría un lazo tan grande con su hija Soledad, no visualizó en su mente que su descendiente se convertiría en la sucesora de un esfuerzo de toda la vida. Como a los 3 o 4 años la Sole se acercó a la danza, en un principio fue por los celos que sentía por las alumnas de su mamá, pero a los 17 años descubrió que había otros tipos de danza y pensó que eso era lo suyo. Después de esta revelación, se convirtió en la ayudante de Juanita y luego de esto, se transformó en profesora del área que más le gustaba, el jazz.

“Sin darme cuenta me empezó a gustar y me encantó, sentí que era como algo para lo que había nacido, y nunca más me alejé de eso. Cuando bailo soy otra Sole, de alguna forma como que me transformo, soy otra persona”, cuenta Soledad.

Juanita considera, con mucha emoción, que es un regalo de la vida porque nunca pensó compartir esta afición por la danza. “Ella tenía otros proyectos de vida, quería ser veterinaria. Cuando tomó la decisión de ser mi ayudante, siendo una joven mamá, pensé que era de paso, pero se quedó para siempre. Es muy profesional y creativa”.

Ambas sienten que a través de la danza se comunican, el movimiento simplemente se convirtió en su lenguaje cotidiano.

Amor por la equitación

Astrid Reisenegger y su hija menor, Luise Ruhe, comparten un gusto que las ha unido por muchos años, la equitación. Un verdadero placer para ambas, afición que las ha hecho compinches de esta actividad y las hace vivir momentos esenciales para su relación madre e hija. Luise aprendió a los 6 años esta entretenida práctica deportiva, y no la abandonó hasta que entró en la adolescencia, pero ahora que ya está terminando Ingeniería Comercial se ha dado el tiempo y retomó su pasión por la equitación. Luise quiso empezar a montar porque vio a su madre galopando y eso le dio todas las energías para seguir sus pasos. “Cuando me subo al caballo es como que me libero. Además, formas una relación tan cercana con este animal, es como una amistad, hay que cuidarlo y quererlo”, relata Luise.

Al igual que su hija, Astrid, se aventuró en la equitación al ver que su madre disfrutaba de esta actividad. Tenía alrededor de 4 años y acompañaba a su mamá a La Posada, la llevaban de tiro, así es como comenzó a montar, y siempre ha intentado mantener esta pasión.

“Es un nexo tan especial el que tengo con los caballos, es como un relajo, me distraigo, me olvido un poco de mis problemas, no sé cómo expresarlo, es muy especial para mí. Siento que ellos reconocen la voz y el cariño que les doy”, cuenta Astrid.

Hospitalarias de corazón

La pediatra genetista, Eliana Selman, desde pequeña supo que quería estudiar Medicina, le iba bien en Biología, y su mamá la motivaba para que siguiera esa profesión. Recuerda que desde muy niña su progenitora le decía que le encantaría que fuera doctora, ¡y lo cumplió! “Tenía vocación, y si volviera a estudiar elegiría nuevamente Medicina, soy feliz haciendo esto”.

Este amor por la Medicina también lo vivió y sintió su hija Andrea Bancalari, quien durante toda su vida escuchó como sus padres, ambos médicos, conversaban sobre su profesión y específicamente de las vivencias que ocurrían en el Hospital Regional, donde los dos trabajaban.

“Sentía como una presión psicológica para que estudiara la misma carrera que mis papás, pero finalmente no era así. Me iba bien en los ramos y a la hora de decidir, en cuarto medio, elegí Medicina. Estaba muy contenta cuando supe que había quedado. Ahora, lo agradezco, porque me encanta, no podría haber hecho otra cosa”, cuenta emocionada Andrea.

Eliana, al igual que su madre, también quería que su hija Andrea siguiera sus mismos pasos por la Medicina, pero nunca pensó que ambas llegarían a desempeñarse en el mismo lugar, “nos encanta trabajar en el Hospital, somos hospitalarias de corazón”.

Amor por los sabores

A Loreto Salazar Borel y su hija Ignacia Parra definitivamente las une la cocina, se ríen de ello, pero es cierto, les fascina innovar y mezclar sabores, y paradójicamente ambas se dedican a lo mismo, Loreto con su empresa de banquetería Borel Gourmet e Ignacia con su local La Cevichería.

Loreto estaba metida en la gastronomía desde pequeña, dice que es una tradición familiar. Su abuela, una suiza alemana, preparaba distintas exquisiteces, y dice que estaban todo el día en función de la cocina. Es así como ella aprendió mucho sobre esta área, y traspasó sus conocimientos a sus hijos.

“Siempre fui buena para la cocina, me dejaba llevar por la intuición y mezclaba sabores. Tenemos una habilidad con la Ignacia para crear cosas, no nos asustamos si combinamos frutillas y merquén”, relata Loreto.

“Lo encuentro maravilloso porque en realidad, todo esto partió cuando la Ignacia era muy chiquitita (8 años), siempre cocinábamos juntas. Pero yo tampoco tenía idea de que íbamos a terminar en el área gastronómica”, cuenta Loreto.

A ambas les encanta compartir esta pasión y son bien compañeras, se apoyan y aconsejan, así lo experimenta Ignacia, “Es súper entretenido, porque aparte ella me ha enseñado demasiado, y me siento mucho más segura porque mis inquietudes se las pregunto a ella, tiene más experiencia, sabe el doble que yo, es una tranquilidad esto, que nos dediquemos a lo mismo, me hace la pega más fácil”.

Fascinación por los puntos

Carmen Henríquez y Manuela Cerva comparten el mismo gusto, las lanas y bordados las han seguido durante toda su vida y ellas pretenden que esta herencia continúe. Carmen desde muy pequeña mostró atracción por las lanas, su mamá y abuela se sentaban en el comedor durante horas a tejer y bordar, es así como ella aprendió estas técnicas y nunca las abandonó. En el colegio igualmente la incentivaron en esta manualidad. “Fue algo natural, me gustó desde un principio, lo encontraba muy entretenido. Aprendí mirando y después sacando modelos de revistas, con las Burda, seguía el molde, me hacía blusas, pantalones y faldas, hasta el día de hoy me hago ropa”, cuenta con alegría Carmen.

Igualmente, pensó que nadie seguiría con esta tradición familiar, porque nunca vio a sus hijas interesadas en estas técnicas, pero Manuela la sorprendió e incluso, actualmente, realiza talleres de bordado donde enseñan esta relajante manualidad.

“Siempre vi a mi mamá, creo que es algo que se hereda pero que se gatilla de repente, en algún minuto de la vida como que uno hace click y encuentra que es como un desahogo, y me pasó cuando tenía a los niños chicos, ahí partí full, se transformó en una tienda y ahora en un taller de clases”, relata Manuela.

Esta afición ha traspasado a Manuela y su madre Carmen, ya que ahora Josefa, la hija de Manuela, continúa con este legado, ya a sus cortos 8 años, teje bufandas y las manualidades son su fuerte.

Gracias al tejido y el bordado han desarrollado una increíble relación, las ha unido mucho más, “además de relajarnos, conversamos de todo, estas técnicas simplemente nos generan una gran conexión”, comenta Manuela.