Maltrato físico de padres a hijos

Dedicado a personas golpeadas en su infancia

Aunque la violencia está condenada hacia todas las personas, muchas veces se justifica cuando se ejerce sobre los hijos, como si por ser menores no sufrieran o no se plasmaran en ellos los traumas que conlleva vivir una agresión. Los golpes nunca educan, generan consecuencias negativas y atentan contra el derecho inalienable a la integridad física y psicológica. Quienes normalizan el maltrato, probablemente están siendo parte de un círculo vicioso de transmisión generacional de la violencia.

Por Pía Aguilera D.


De acuerdo a Unicef (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia), es maltrato leve: lanzar cosas, tirar el pelo o las orejas, dar cachetadas o palmadas, empujar o zamarrear; y violencia grave: patear, morder, golpear con puños, pegar con objetos o tratar de hacerlo, quemar con algo, amenazar o agredir con cuchillos o armas. Todas estas conductas agresivas atentan contra los derechos humanos y generan mal estar en cualquiera persona que las reciba (los niños y adolescentes también son personas, pero a algunos se les olvida).

“La Convención de los Derechos del Niño, desde el preámbulo plantea que el menor para su pleno desarrollo en cabalidad, debe crecer en el seno de una familia, en un ambiente de felicidad, amor y comprensión, esto elimina toda forma de violencia”, dice Juan Carlos Valdivia, abogado y jefe del área jurídica del Consejo Nacional de la Infancia.

Pero el contraste entre los derechos y la realidad es abismante. Según la encuesta Frecuencia de violencia hacia los niños y niñas en Chile, un 71% recibía algún tipo de violencia física por parte de sus padres; y un 25,9%, violencia física grave (Unicef 2012). Además, no sólo no se respetan los derechos humanos, sino que también muchas personas niegan rotundamente que ese derecho exista, justificando la violencia hacia los hijos como si fuera algo bueno.

Por otro lado, Soledad Larraín, psicóloga y directora del área intersectorial del Consejo Nacional de la Infancia, comenta que toda evidencia demuestra que los golpes no modifican los comportamientos de los hijos que los padres quieren cambiar, y que lo mejor es llegar a acuerdos democráticos con ellos.

La herencia de la violencia

Es muy común escuchar: “a mí me pegaron cuando chico y gracias a eso soy una persona de bien”, pero quienes afirman este enunciado disfuncional o creen que educar a punta de golpes es normal o positivo, es probable que lo hagan porque también los recibieron en su infancia por parte de sus padres o tutores, entonces conciben la violencia como algo natural. Pero pegarle a alguien, está lejos de ser normal o bueno y sólo genera consecuencias negativas.

La herencia de la violencia, de generación en generación, se explica con un fenómeno psicológico que consiste en que para una persona puede ser tan fuerte el hecho de asumir que sus padres la golpearon y causaron daño, que llega a reprimir ese dolor dejándolo en su inconsciente. No sabe que mantiene esa emoción bloqueada, cree que es parte del pasado o que estuvo bien, pero eso es una especie de auto mentira para sobrevivir afectivamente a lo que significa ser maltratada por quienes más debían amarla.

En la búsqueda de justificar a los padres, las personas pueden reprimir la angustia incluso por años, pero ésta emoción se va a manifestar de diferentes formas, con miedos, culpa, conductas conflictivas o en la repetición del patrón de comportamiento agresivo con sus propios hijos, generando un círculo vicioso de desamor que se transmite generacionalmente.

“Es mucho más fácil decir: mis padres me golpearon para educarme y les agradezco, que cuestionar que actuaron mal o que en esa violencia pudo haber falta de cariño”, comenta la psicóloga Soledad Larraín. Aunque señala que también hay víctimas que han asumido esa experiencia y el maltrato se transforma en un factor para no golpear a sus hijos. Las respuestas pueden ser de los dos polos.

Nuestra mente tiene una parte consciente y otra inconsciente, éste último aloja recuerdos, experiencias y sensaciones del pasado. Si reprimimos una emoción experimentada en la infancia, se aloja en la oscuridad de nuestro inconsciente y se puede manifestar en forma de miedos, fobias, inseguridades, entre otros efectos, pudiendo incluso crear estragos en nuestra vida. Resulta que algunos de nuestros temores se explicarían por sucesos no superados de la niñez.

Otro factor que puede causar que las personas repriman sus penas, es que la sociedad en general inculca que tenemos que estar siempre alegres, entonces se etiqueta al dolor como algo negativo y no como una experiencia de aprendizaje.

Este fenómeno de no querer aceptar las emociones que tajamos de negativas, se grafica muy bien en la Película Intensamente de Pixar (alerta de spoiler), en la que la protagonista, una adolescente que se muda de ciudad, al reprimir su tristeza ya no puede controlarla, sintiéndose afligida y enojada sin entender por qué. Una vez que asume su angustia y llora junto a sus padres, sus conflictos internos se disuelven y la alegría nace dentro de ella por sí sola.

Así también lo explica Sebastián León, psicólogo clínico UC, especialista en psicoterapia y creador de la página de Facebook Psicología Cínica Chile, que tiene más de 180.000 seguidores. Sus publicaciones se caracterizan por “traducir” el lenguaje de la psicología a uno más entendible para todas las personas, en especial en temas de relaciones familiares. Uno de sus post que se viralizó en redes sociales trataba sobre el maltrato infantil:

“A mí me pegaban y no quedé traumado, al contrario, los golpes me sirvieron para enderezarme y llegar a ser lo que soy”. Frase bastante común en el adulto medio chileno y que expresa la mayor de las contradicciones, puesto que no hay mayor trauma emocional posterior a ser víctima del maltrato que naturalizarlo, justificarlo y reproducirlo.

El mecanismo psíquico que explica este efecto postraumático está descrito desde hace casi un siglo y se conoce como “identificación con el agresor”, una manera en que la víctima intenta sobrevivir afectivamente a la violencia poniéndose en el lugar del victimario. Sépalo: si usted dice esa frase, probablemente necesite ayuda de una psicoterapia, para no repetir el horror de la violencia con sus hijos.

Según Sebastián, este fenómeno “suele tratarse de un amor mal comprendido y una señal de lealtad disfuncional hacia los propios padres violentos”.

En su fan page, suele publicar diálogos que surgen en su consulta (de forma anónima y con previa autorización), dando a conocer ejemplos de pacientes que no eran conscientes de sus traumas de la niñez y que cuando empiezan a abrirse, redescubren dolores de su pasado que habían dado por enterrados y los lloran.

Soledad Larraín, cuenta que hay casos extremos, en los que los hijos han quedado inconscientes y al borde de la muerte: “Aquí hablamos de diversos factores, padres con niveles de agresividad muy altos, con historias de vida marcadas por la violencia, estrés extremo, consumo de alcohol o drogas que no permite el control de impulsos, falta de una red de apoyo, la cultura, la historia, se conjuga todo esto…”, explica. Esto nos demuestra nuevamente que el patrón común para reproducir la violencia sigue siendo el ambiente de la niñez, confirmando la importancia de pedir ayuda.

“Muchas veces los padres que castigan a sus hijos no son conscientes del daño que les pueden causar, porque no son conscientes del propio daño que sufrieron en su infancia”, menciona la profesional. Cuando se acepta el dolor proveniente del maltrato, no se repetirá la conducta con los hijos, ya que esa emoción ya no tendrá control sobre la persona.

El primer paso para cambiar es asumir que se tiene un problema, ¿cómo se va a transformar algo de lo cual no se es consciente? “Es importante que sean capaces de ver el impacto del maltrato, reconocer lo que implicó la agresión en su propia vida, que son emociones muy bloqueadas; y es necesario que pasen por un proceso terapéutico que les permita una modificación o un cambio cognitivo en relación a lo que significa la violencia”, dice Soledad.

“Es mi hijo y lo educo como quiero”

“Esa frase expresa de manera explícita la reducción de los niños de su condición de sujetos a mera situación de objetos. Los hijos no son propiedad privada de los padres: la parentalidad es un lazo social que está regulado por un marco de derechos”, menciona Sebastián León.

“Los niños tienen derecho a la integridad física y psicológica, y nadie puede agredirlos. El hecho de golpearlos, aunque sea de manera leve en término de su impacto físico, es un abuso de poder», afirma Soledad.

La misión de los padres es educarlos y guiarlos en su condición de niños en pleno desarrollo. Sin embargo, en los casos de maltrato, un amor mal comprendido ha convertido a esa guía en una autoridad que abusa del poder, aplicando “correctivos” que trasgreden su dignidad como personas. A un hijo se le educa como a los padres mejor les parezca, siempre y cuando, no vulneren su autoestima y bienestar.

Y justamente, los golpes donde más atacan es en el amor propio de los menores, quienes pueden crecer con un sentimiento de culpa y miedos constantes: “Los niños que sufren maltrato, en general tienden a evitar explorar, a hacer cosas distintas por temor a ser golpeados, crecen pasivos, poco solidarios y avalan la violencia como una forma de resolución de conflictos, estamos educando con un discurso muy contradictorio a lo que esperamos como futuro de esta sociedad”, dice la psicóloga Soledad Larraín.

Autoestima

Anuar Quesille, abogado especialista en protección de Unicef Chile, sostiene que las consecuencias de la violencia van desde las evidentes lesiones, hasta problemas de salud física y mental, dificultad de aprendizaje y daños psicológicos y emocionales.

Según Soledad Larraín, la principal secuela es un deterioro de la autoestima, porque con los padres se mantiene el vínculo afectivo más cercano e importante y ellos son la sustentación de la imagen del menor.

Comenta que los hombres adquieren conductas más externalizantes, es decir, de expresión de la violencia y la rabia; y las mujeres, asumen comportamientos más sumisos, tienden a repetir las experiencias de maltrato porque no poseen la capacidad de defenderse, también presentan estrés o dificultad para concentrarse. “A veces, malas notas significan golpes. Se genera un círculo vicioso, el menor experimenta el tema escolar con mucha angustia, le va mal y lo golpean, y eso le va reafirmando más la idea que es un inepto», explica Soledad.

La autoestima es el grado de amor hacia uno mismo, mientras más amor propio, menos miedo. Cuando alguien se quiere, tiene confianza en sí mismo, se comprende, se perdona, actúa en consecuencia y desde esa base, crea relaciones saludables con los demás. Se escogerán caminos, amistades, parejas y trabajos que generen bienestar, por dar algunos ejemplos. Por lo tanto, la autoestima es la base de la vida e influye en todos los aspectos, en la salud, el cuerpo, los hábitos, las relaciones interpersonales, etc.

Si uno tiene recuerdos de sensaciones positivas en el seno de la familia, eso se reflejará en el estado interno y en la adultez. En caso contrario, como se comentó anteriormente, se pueden sanar los recuerdos dolorosos y reconstruir el amor propio.

Toda evidencia dice que los golpes en la infancia deterioran la autoestima de los niños, y ellos son el futuro de nuestro país, quienes gobernarán, crearán las leyes y enseñarán en los colegios, entonces ¿qué sociedad queremos crear?

La ley en Chile

“Si me levantas la mano, bajas mi autoestima”, “Los golpes no me enseñan a hacerlo bien”, “Trátame como te gusta que te traten”, “Los límites no se marcan con violencia”, “No existen las cachetadas bien dadas”… todas estas frases “enunciadas por niños”, forman parte de la campaña Un nuevo trato con la niñez impulsada por el Consejo Nacional de la Infancia, con el fin de visibilizar el maltrato infantil.

Cuando los derechos del niño son violados en el seno de su familia, el estado debe involucrarse para corregir la situación y adoptar medidas legislativas y administrativas para proteger a los menores.

Por eso, el 6 de junio de 2017, se aprobó la Ley que sanciona el maltrato, que establece un delito de maltrato corporal relevante, cuando afecta a niños, niñas, adolescentes, adultos mayores y personas en situación de discapacidad, que son consideradas particularmente vulnerables.

La ley penaliza el maltrato aunque no genere lesión, a diferencia de la legislación anterior que sólo sancionaba si existían marcas visibles. “Si alguien golpea con el puño en el estómago a un niño, lo puede dejar sin aliento y a la vez, sin huellas físicas, en este nivel de agresión estamos pensando cuando imaginamos un delito de esta índole”, explica Juan Carlos.

También crea un tipo penal que se llama de trato degradante, que incluye humillaciones profundas. Además, prohíbe que agresores ejerzan trabajos que impliquen trato directo con niños o adultos mayores según sea el caso y les ordena un tratamiento para superar su condición.

“La ley apunta a una prohibición absoluta de todo tipo de violencia, que cuando alcanza cierta entidad, es penalizada. Una cachetada debería estar prohibida y eso es lo que estamos promoviendo a través de la ley de Garantías de los Derechos de la Niñez que se tramita en el Congreso”, menciona Juan Carlos Valdivia.

Este proyecto de ley de Garantía de Derechos,  busca ser un marco respecto a todo el sistema de protección de los niños en Chile, para mantener siempre vigente una política nacional de la infancia que fije los objetivos a largo plazo, más allá de un solo gobierno. Con respecto al maltrato físico infantil, también se encuentran en el Congreso los proyectos de ley Subsecretaría de la Niñez y Defensoría de la Niñez.

“Cuando le digo a un niño que le pego para que aprenda y porque a mí me educaron de esa manera, me cierro al cambio social que significa reconocer que la violencia nunca enseña y es inaceptable”, sostiene Juan Carlos Valdivia.

Unicef Chile intenta incorporar los estándares internacionales de los Derechos de los Niños en el país: entrega formación y asistencia al Estado, academia y sociedad civil, participa en las reformas legales, y genera datos y evidencias cada 6 años sobre el maltrato físico.

Para esta institución, el punto crucial es la prevención, entregar apoyo para que se eviten actos violentos que impacten negativamente el desarrollo de los menores: “Herramientas para que los padres puedan afrontar situaciones de estrés, ya sea laboral, emocional o de otra índole, que terminan afectando la vida de niños, niñas y adolescentes”, menciona Anuar Quesille.

Todavía existen personas que siguen naturalizando la violencia hacia los hijos, por ende, es esencial que se continúe visibilizando el problema. Lo importante es que puedan pedir ayuda para curar las heridas del pasado y los conflictos internos, y así evitar ejercer conductas agresivas con los menores.

“Se debe seguir avanzando en derribar la cultura del maltrato que históricamente se ha legitimado. Actualmente han habido avances positivos, lo que antes se consideraba como algo natural, hoy es visto como un problema que debe ser enfrentado mediante el reforzamiento de las habilidades parentales”, concluye el abogado de Unicef Chile.