Rocío González y Chispi Torres tomaron clases con la maestra Juanita Toro cuando eran pequeñas. Hoy, son unas de las principales exponentes del flamenco, y las danzas indias y tribales (respectivamente) de la región. Y Juanita también celebra, su academia fue reconocida como escuela adjunta del Ballet de Santiago. Aquí cuentan los caminos de esfuerzo, disciplina y pasión que han seguido para alcanzar sus sueños.

 Por Alejandra Jara

Rocío González: Equilibrio entre la maternidad y el flamenco

En una casa antigua, ubicada en pleno centro de Concepción, Rocío González formó su hogar. Un hogar en el que sus niños Antonia (7) y Lucas (9) suben y bajan corriendo la escalera principal, la que une los dos pisos de la casa, para entrar a bailar a una de las clases de flamenco que dicta su mamá, en el salón del primer piso. Y luego vuelven a sus dormitorios, emplazados en el segundo, a terminar sus tareas.

“Hasta el momento no le he encontrado nada negativo a tener una academia”, cuenta la penquista mientras se toma un café sentada en un escritorio que se emplaza frente a la sala de ensayos. “Puedo ser mi propio jefe, organizo mis horarios”. Incluso mis hijos no entienden que esto para mí es un trabajo (ríe) porque me ven feliz, en la casa, bailando junto a mis alumnas, las que también se han convertido en mis amigas”, agrega.

2 De esta manera Rocío replica –en parte- su propia infancia en la de sus niños. Es hija de Carmen Concha, una reconocida maestra de danza de Concepción, quien la llevaba desde muy pequeña a las clases que dictaba. Sus inicios fueron en el ballet y cuando su mamá empezó a enseñar flamenco cuenta que se enamoró de esta disciplina.

“Me gusta el cante, la interpretación, la música. Cuando lo conocí me volví loca”, explica. Así a los 14 años, y sin siquiera darse cuenta, comenzó una exitosa carrera que hoy la sitúa como una de las exponentes más importantes a nivel nacional. A los 16 ya tenía a sus primeras alumnas en Artistas del Acero, pues reemplazaba a su mamá en algunas clases.

Pero pese a que Rocío nunca dejó de bailar, incluso en su época universitaria, tuvo que realizar su práctica profesional de Administración de Empresas en una oficina para darse cuenta que eso no era la suyo, y que quería dedicarse a la danza para siempre. “Ahí comencé a perfeccionarme. Estudié en Santiago con maestros como Antonio de la Rosa y también viajé a Madrid en 2001 y 2002”, relata.

En 2003, tras su segunda visita a España, decidió abrir su academia, junto a su esposo quien en ese entonces tocaba guitarra flamenca. Desde ese día no ha parado. Incluso en sus dos embarazos ha bailado hasta el día antes del parto. “Cuando Lucas tenía apenas 15 días realicé la primera gala de la escuela. Yo bailaba, entraba al camarín a verlo, y luego seguía bailando”, recuerda.

Y es que el flamenco se ha convertido en un vínculo que une a los Delgado González como familia. “Pese a que mi marido ya no se dedica a la guitarra el sigue vibrando con la música. Y a mis hijos les encanta. Ellos bailan desde muy pequeños y me han acompañado a algunas presentaciones. En agosto por primera vez participarán en el “Festival de Sevillana” y están muy emocionados, cuenta Rocío.

Hoy reconoce que el ritmo de trabajo que tiene le acomoda porque lo compatibiliza bien con la maternidad. Pero en el futuro sueña con ampliar su academia. “Me gustaría dictar otros cursos y tener a más profesores pero eso lo veré con el tiempo. Hoy me interesa dedicarme lo más posible a mis hijos”.

Chispi Torres: Desarrollando el poder femenino a través de la danza

Tres mujeres  de la india –la abuela, la madre y la hija- vestidas de coloridos trajes, maquilladas con kajal en los ojos, aros en la nariz y llamativas joyas y acompañadas de un profundo y delicado aroma. Todas lucen igual.  Eso es lo primero que recuerda la bailarina Patricia Torres, conocida como Chispi, cuando se le pregunta cómo nació su pasión por la danza india. Tenía 8 años, vivía junto a sus padres en Francia y asistieron a una fiesta. Allí las vio bailar por primera vez y quedó impactada.

Cuando regresó a Chile inició sus estudios de danza moderna. Participó en el ballet folclórico Huenicán de la Universidad de Concepción y estudió 4 años en el desaparecido centro Calaucán. Pero fue en Santiago, cuando estudiaba Cerámica Gres a la Escuela de Artes Aplicadas, donde comenzó a aprender la danza Clásica india Odissi, el  Kalbelia de los gitanos de India y la danza Tribal ATS en la escuela Banjara.

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“Para mí es una gran responsabilidad enseñar disciplinas que vienen de afuera. Por eso viajo cada 2 años a perfeccionarme a India con Colleena Shakti y otros gurús de la Shakti School, ubicada en Pushkar. Son 3 meses intensivos en que se vive una experiencia cultural y devocional súper fuerte y agotadora físicamente. Lo que más me cuesta es retomar la rutina cuando vuelvo”, relata.

En 2010 Chispi regresó a Concepción y comenzó a bailar lo aprendido en Santiago con sus antiguas compañeras del Calaucán. Así se fue formando un público y ya en 2012 su Escuela “Elefante Blanco Danza Tribal y de India» recibía a las primeras alumnas.

“Además de la danza Odissi que es mi amor, también enseño la danza tribal ATS (estilo tribal americano). Se trata de un lenguaje contemporáneo nuevo en que las mujeres bailan en Tribu. No tiene un solo origen geográfico, viene de las tribus del norte de África, de Asia, de los gitanos Kalbelia y los de Europa del Este, y el Flamenco y su base son las danzas del vientre de oriente. Así se crea un código a partir del que se puede improvisar en grupo. Otra es la Kalbelia, danza de los gitanos de India”, explica.

“Aquí llegan alumnas porque quieren desarrollar una inquietud espiritual, por la estética y elegancia del vestuario y otras porque les gusta la Tribu y el papel que la mujer cumple en ella”, agrega Chispi.

Y es que para ella lo más importante es que Elefante Blanco sea un espacio donde las aprendices puedan conectarse entre sí. “Es un espacio casi de feministas, donde ellas se conectan con su poder femenino y bailan para ellas mismas y para sus compañeras”, ejemplifica.

Y entre sus desafíos a futuro Chispi espera convertir su academia en una escuela certificada para formar bailarinas de tribal. “Ahora viajo a obtener la certificación como instructora en el Estudio Fat Chance Belly Dance en San Francisco, EE.UU, y para así también  convertir la academia en una escuela “sister studio” donde puedan formarse otras maestras”, sostiene.

 Juanita Toro: Cuarenta años de trabajo reconocidos por el Ballet de Santiago

La maestra Juanita Toro tiene muy buenos motivos para celebrar. Desde principios de 2014 su academia pasó a convertirse en la tercera escuela adjunta, en todo el país, del Ballet Municipal de Santiago. Lo que significa, entre otras cosas, que se trabajará con los programas de esa institución, además de contar con su continua supervisión. Desde los 9 años los niños serán evaluados, una vez al año, por estos profesionales y quienes alcancen los niveles exigidos podrán continuar sus estudios en Santiago.

Cuenta que este reconocimiento la llena de orgullo, pero no lo buscó. Fue fruto de un proceso de más de 40 años de trabajo, formando a distintas generaciones de penquistas, donde la preocupación por lo que siente el alumno es lo primordial, tratándolo de acuerdo a su edad, pero sin dejar la exigencia, disciplina y seriedad de lado.

“El adentramiento del niño a la danza debe ser entretenido, un aporte en su vida. No sólo enfocado en que aprenda a bailar o a dar pacitos, sino que sepa valorar lo que está haciendo”, sostiene la profesional. Y agrega “Tal vez ese alumno no seguirá en este camino, pero sí podrá continuar cercano al arte porque ya estará en su ADN”.

4 Juanita tiene muy arraigada esta concepción –en gran parte- debido a su formación como profesora básica. “Mi profesión me permitió unir mis dos amores: el baile y la educación”, cuenta. Ingresó a la Universidad de Concepción en 1963 y al principio no estaba a gusto con dedicarse a una actividad que no fuera la danza, pero su padre insistió en que debía seguir una carrera universitaria. Sin embargo, cuando realizó su práctica profesional se encantó con la posibilidad de enseñar.

“Cuando miro atrás pienso que si me hubiese ido a una compañía tal vez nunca habría pasado del cuerpo de baile”, reflexiona. Luego de terminar sus estudios en la UDEC trabajó en una escuela de Tomé, y allí dio vida a su primer taller de ballet, dedicado a las alumnas que allí asistían. Sus colegas le insistieron en que también dictara clases a sus hijas y fue así como surgió la idea de fundar su propia academia.

“Una cosa es tener conocimientos de danza y otra muy distinta es cómo enseñarla. La elección de la música, el vestuario, la escenografía no es al azar. Es muy grande el mundo que rodea una puesta en escena”, explica. Y consciente de esta responsabilidad entendió la importancia de perfeccionarse. Así recibió clases de los maestros Osvalo Lizana y Alicia Targarona, integrante de la escuela del Ballet Municipal.

Pese a sus reconocimientos (en 2011 recibió el Sello de Excelencia a nivel nacional en el Área de Formación del Consejo de la Cultura y las Artes) y una familia –hija y nietos- dedicados a esta disciplina, Juanita sigue tomándose todos sus logros con humildad. Esto no sólo conlleva a estudiar constantemente, sino también implica “tener claro que se está trabajando con seres humanos que nunca pueden ser maltratados”, aclara.