Eduardo Meissner Grebe

Un fascinante viaje por la imaginación

Con casi 85 años a cuestas, este dentista de profesión, pero artista de corazón, es todo un personaje. Un hombre picarón, bastante risueño y con una gran personalidad. Su vida ha transcurrido entre la música, pintura y literatura, y todo eso en compañía de su compañera de vida, Rosemarie Prim, quien en estos años ha desarrollado también sus habilidades artísticas con la cerámica, son definitivamente un complemento. Un artista que ama la vida y si pudiera vivirla de nuevo, lo haría, pero sin padecer de diabetes, una enfermedad que lo ha atormentado durante gran parte de su existencia.

Por Catalina Morgado C.

Nos dirigimos hacia la localidad de Copiulemu, aproximadamente 30 kilómetros de Concepción. Después de unos 30 minutos de viaje, llegamos a la plaza de ese lugar, pasamos por la comisaría, y continuamos por un camino de tierra hasta llegar a un letrero que dice “Las Ánimas”, donde somos testigos de toda la destrucción que provocó el incendio de este verano. Permanecemos en el camino hasta llegar al magnífico campo del artista y odontólogo, Eduardo Meissner Grebe. Un lugar mágico, lleno de color, flores; árboles frutales y qué mejor, en un día de lluvia.

En la casona gigante, una variedad de tonalidades cálidas, de largos pasillos rodeados de dormitorios, vemos algunas obras de este pintor penquista, muchas flores y colores verdes y morados. Al llegar al final del corredor nos encontramos con la sala de estar, sitio donde está descansando Eduardo. Me saluda con una gran y afectuosa sonrisa, pese a que no me ve, porque hace algún tiempo que perdió su capacidad visual, debido a un problema en la retina, lo hace como si estuviera mirándome fijamente.

Frente a mi está el artista, con su imponente altura, y una voz profunda comienza a contarme su vida, la verdad es que se entrega totalmente a la entrevista. Eduardo nace un 20 de julio de 1932 en Concepción, hijo del odontólogo y ex decano de la escuela dental de la Universidad de Concepción, Erico Meissner y de la concertista en piano, Laura Grebe (Mauchita), y hermano mellizo de Carlos. Tiene recuerdos espléndidos de su infancia donde se la pasaba jugando con su amigo y enemigo a la vez (su mellizo) y escuchando a su madre quien tocaba grandes piezas musicales de Chopin, Bach, Beethoven; Scarlattí, Mozart y Albéniz.

Gran parte de su infancia la vivió entre la casa de sus padres en Orompello 84, muy cercana a la Universidad de Concepción, y en el campo que compraron sus papás en “Las Ánimas” (Copiulemu), el que le sirvió como fuente de inspiración para sus obras.

Nacimiento de un artista

Eduardo recuerda claramente su infancia. Estudió junto a su hermano en el Colegio Alemán, era un alumno destacado, y Carlos también lo era, éste último obtuvo el primer lugar en composición, materia donde el artista también competía para ser el mejor. “Éramos completamente diferentes, Carlos era el fortachón y yo era el debilucho, él era el fuerte, sano, robusto, yo era el solicitado, el débil de cuerpo, pero fuerte de carácter”.

Relata que fueron educados en la música. Mauchita, como le decían de cariño a la mamá, tenía un piano en el salón y tocaba a los distintos compositores como Mozart y Beethoven. “Yo toqué 8 o 9 años de piano, pero empecé a estudiar Odontología y empecé a exigirme horas de estudio. Era muy estudioso, demasiado, en vez de salir y vivir otras experiencias, salir con mujeres por ejemplo”.

Cuenta con entusiasmo que tenía una relación muy cercana con su hermano, a pesar de las peleas jugaban todo el tiempo, inventaban cosas, “tuvimos una infancia bastante creativa. Mi padre compró el campo cuando teníamos 10 años y nosotros pasábamos todo el verano en este lugar. Teníamos caballos y galopábamos, nos entreteníamos mucho”.

A los 15 años su vida cambió completamente, le diagnosticaron diabetes insulino dependiente y eso afectó notablemente su cotidianeidad y su personalidad, “Todo estaba acondicionado a…Es una enfermedad perversa, porque hay que planificar todo. Lo que uno tiene que caminar, el trabajo físico, el deporte; las calorías que uno tiene que ingerir. Hasta los 15 años tuve una salud a toda prueba”.

A pesar de su condición disfrutó igualmente de su adolescencia e incluso se enamoró. “Tuve un gran amor en 5º de Humanidades, era mi compañera de curso en el Colegio Alemán, pero yo no fui de su preferencia. Me quedé muerto de espanto durante 3 o 4 años”.

¿Cuándo fue su primer acercamiento con la música?

Empecé a practicar varios instrumentos, fui acordeonista de piano, incluso conformé un trío y tocábamos en la velada Bufa. Hacíamos cantar y bailar al teatro entero (sonríe picarón). Actuamos en varios carnavales y en todas las escuelas donde había bailes, tocábamos por horas, solos o acompañados.

A los 15 años hizo un descubrimiento que cambiaría su adolescencia completamente. En el antiguo desván de su casa encontró una flauta traversa que lo conquistó. “Era muy linda. Mis padres me enseñaron las posiciones básicas, lo que complementé con un libro y empecé a tocarla. 100% Autodidacta. Tenía mi música y mis sonatas, en su mayoría románticas y de los impresionistas, tocaba bastante”.

Por aquel entonces, Eduardo tocaba su traversa en la Orquesta del liceo de hombres, pero se atrevió y fue a presentarse en la Sinfónica, “era una partitura de flauta de un concierto de Telemann. Fui el primer flautista que tocó a ese compositor barroco en el Teatro de la Universidad de Concepción, ¡el primero!”, cuenta orgulloso.

Prosigue con su historia, “toqué un Telemann lindo, pero difícil. Tenía un Bi Mebol alto en el final. Hice una presentación perfecta en todo el concierto, pero la última nota me salió defectuosa, y los de la platea se rieron, igualmente al término me aplaudieron a rabiar. No sé si por el concierto o por mi nota falsa”.

Eduardo tocó flauta hasta que se fue a Europa un par de años después. Mientras lo hacía continuaba con sus estudios de Odontología en la Universidad de Concepción, carrera donde se destacó hasta el final.

¿Por qué Odontología?

Porque yo pensé que podía ser una buena profesión para mí, y por la presencia de mi padre por supuesto, y porque estudiar Arte era muy difícil y fregado, y no se ganaba la plata para manejar una familia. Con esta carrera tenía asegurada la economía del hogar y podía pintar los días domingo como decían los padres, pero ¡yo quería pintar todos los días! Convertir la pintura en mi profesión. Igualmente, pinté como loco e hice mi primera exposición, tenía girasoles y paisajes.

Era un excelente estudiante, a pesar de dedicar más de 10 horas a su carrera, se hacía el tiempo para sus aficiones artísticas, pintaba y tocaba al mismo tiempo que se instruía como dentista. “El último examen era el 15 de diciembre y yo pintaba desde ese día hasta el 10 de marzo, que era la fecha cuando ingresaba a clases”.

Obtuvo una beca para especializarse en Ortopedia Dentomaxilar, en Bonn, Alemania, instancia que aprovechó para estudiar pintura y mejorar su técnica.

¿Cómo incursionaste en la pintura y en qué momento lo hacías?

Alguien me regaló, a los 15 o 16 años, un libro en Navidad de ilustraciones de la pintura de van Gogh, al verlo me entusiasmaron los paisajes, los cuadros y las maravillas que plasmaba. ¡Me convertí en un admirador van goghiano! Empecé a pintar como a los 16 y me dije con toda la vanidad del mundo, si van Gogh se la puede ¡yo también! Empecé a dibujar y a pintar directamente paisajes. Recuerdo que me instalaba en Copiulemu a pintar casitas, caminos, árboles y veredas.

Hizo su primera exposición, cuando estaba en tercer año de Odontología, en la galería que en aquel entonces poseía la Sociedad de Artes de Concepción, en Barros Arana con Colo Colo. “Había una escalera al lado de una botonería por la que había que acceder, era una sala grande, bien hecha, con arpillera y buena iluminación. Mi exposición consistía en cuadros que pinté a campo traviesa sin tener ningún conocimiento de la academia. Alguien me enseñó a colocar las pinturas sobre la paleta, para no trabajar el color en estado de pureza”.

El campo de sus padres, “Las Ánimas”, fue una de sus inspiraciones. Pintaba los árboles crecidos y los paisajes, aprovechaba sus vacaciones y hacía sus creaciones durante todo el verano. Recuerda con cariño una vez que fue a pintar a Laraquete, lugar donde aprovechó el espléndido escenario para hacer de las suyas. Las barcas y velas, fueron su inspiración. “Fue un lugar fantástico para instalarme ahí y pintar los barcos que entraban a la bahía con las velas desplegadas”.

Tras su exitosa exposición, donde vendió 12 de sus cuadros, se inscribió en un curso regular de pintura y dibujo en la academia que tenía el destacado pintor, grabador y muralista, Julio Escámez en la Sociedad de Arte.

Empecé a formarme académicamente. Este artista penquista destaca que sus cuadros eran sensibles y para nada imitaciones de otros. Rememora con nostalgia que cada viaje le servía como fuente de inspiración. Una vez visitó junto a sus padres el sur de Chile y lo hizo en compañía de su caballete portable. “En cada lugar me sentaba media hora, no me permitían más tiempo, (se ríe) así no alteraba demasiado el programa. Llegué a Valdivia con una carpeta de unos 6 u 8 estudios de color, y mi tío, que había estudiado pintura, cuando los vio se declaró entusiasta, dijo ¡qué cosa más linda!, qué espontaneidad y soltura en el trazo, ¡bravo! Ese momento fue como un gol a la persistencia y se afinaron mis pretensiones”.

A pesar de querer dedicarse a las artes, Eduardo se esforzaba en sus estudios de Odontología, debido a eso obtuvo el Premio Universidad, no repitió ningún examen y sus calificaciones eran siempre entre 6 y 7. “Tenía amor propio y siempre generé las posibilidades de competir intensamente conmigo mismo. Era un modelo de alumno y eso implicaba prepararse y saberlo todo”.

Tras terminar sus estudios, brillantemente cuenta orgulloso, obtuvo 2 becas, una de ellas para estudiar Ortodoncia y la otra para Arte, todo esto en Alemania. Fue en ese país donde conoció a su compañera de vida, Rosemarie Prim. “Le hablaron maravillas de mi carácter y facultades, ¡casi todas imaginarias! Nos enamoramos a la segunda mirada”.

Su romance lo vivieron entre cartas, como Eduardo se fue a estudiar a Viena, este era el único medio de comunicación para los amantes. En un viaje a Bonn, ciudad donde trabajaba Rosemarie como asistente de médico, el artista le pidió matrimonio por primera vez. “La invité al Sombrero Viejo que era una cafetería en medio de antigüedades (muebles en su mayoría). Tomamos una botella de champagne y en ese lugar le pregunté si quería ser mi mujer. Le dije: Quiero casarme contigo y ella no entendía lo que le decía. Me respondió, no, ahora estás curado, dímelo mañana con sol (cuenta muerto de la risa).

Al día siguiente, Eduardo se presentó en el hogar de Rosemarie para dar rienda suelta a sus sentimientos. Pero nuevamente ella no le respondió, así que según nos comenta, se retiró indignado y fue a tomar el tren a la estación. “Escribí una declaración de amor en la estación, donde por tercera vez le declaraba mi amor y mi intención de casarme con ella. Después de algunos días, me llegó un telegrama, donde decía que sí”.

El padre de su novia no estuvo muy de acuerdo con la petición, por distintos motivos, uno de ellos era que Eduardo era chileno, padecía de diabetes y era protestante evangélico. Finalmente, les exigió una espera de 2 años sin escribirse, “dijo que si persistía el amor no se iba a oponer. Pero Rose le dijo que quería escribirme para navidad y cumpleaños. Pero mantuvimos nuestra distancia, yo pude organizarme y empecé a trabajar en mi estudio”.

Se casaron un 11 de enero y meses después nació su primera hija Ruth María, después Ana María (Pelusa) y por último Pablo Antonio. Dice que es un padre cariñoso y que está orgulloso de ellos. “La Pelusa fue la única que siguió mis pasos. Era mi regalona (relata con cariño), siempre la estimulé, estaba todo el tiempo a mi lado. Me descubrió cuando empezó a reptar y no se separó más hasta su matrimonio a los 26 años. Estuve al menos 25 años con ella. Tenía una gran sensibilidad y era muy especial”.

Entre grabados y literatura

Además de todo lo que hacía, este incansable hombre, dedicó gran parte de su vida a los grabados, una técnica que le quitó el sueño una vez que la aprendió. Estudió en Viena durante 2 años esta disciplina artística. “Aprendí sobre grabado en madera y especialmente la estampa japonesa, que desde el S.XVIII tiene una producción de grabados con procedimiento manual”.

¿Qué le llamaba la atención de esta técnica?

La impresión maravillosamente sutil y espaciosa, y el hecho de que se pudiera trabajar a mano, sin recurrir a prensas. Yo trabajaba el color al agua, es más delicado, más fino y más parecido a la acuarela. También utilicé técnica mixta, agua y aceite.

Fui el único que se dedicó a eso en Chile. Toda mi vida estuve con esa técnica, no la abandoné nunca. Hice conferencias sobre esto. Después empecé a pintar porque era algo más directo.

Además de pintar e interpretar, también sé que escribir es una de sus actividades, ¿cuándo comenzó?

Desde siempre, en el colegio nosotros competíamos (varios amigos y mi hermano) en las clases de Castellano con trabajos de composición. Un año yo obtuve el premio al primer alumno y mi hermano el premio al primer manejador del Castellano en composición. Los dos mellizos premiados.

Así como pintaba en cada viaje que realizaba también escribía, todo lo que podía lo describía, “llevaba siempre una crónica. Cuando viajé a Bolivia, escribía todas las tardes, al menos una hora, tengo impresiones directas no esas que se van perdiendo en el tiempo. Por eso les digo a todos que lleven un registro de memoria todos los días, antes de que las impresiones se vayan perdiendo”.

Presente

Simplemente un homenaje para la carrera de este artista y de su señora, Rosemarie, es el proyecto del Museo Meissner- Prim, que contempla una inversión de $1.546 millones del Gobierno Regional. Este lugar contará con más de 2.000 pinturas, 500 esculturas y una biblioteca de 1.800 libros que se donarán al recinto por parte de la Fundación Meissner- Prim. Según Eduardo este museo significará “un gran aporte cultural para la ciudad de Concepción”.

Además de este museo, el artista está con diversos proyectos en la actualidad, uno de ellos es ingresar al mercado mexicano. “Quiero editar bien mi literatura en México. Una ex alumna me dio la idea de hacerlo en ese país, de presentarme como autor. Eligió uno de mis libros de cuentos, “Y todo estaba en Brahms”. Me pidió una xilografía para colocarla como ilustración. Quiero que alguna editorial de allá me descubra y me lance al mundo y para eso necesito conexiones”.

En cuanto a su carrera, ¿ser artista en este tiempo es más fácil que antes?

Creo que siempre ha sido difícil ser artista y hoy día también, siempre ha estado oculto, no creo que esta época sea más libertina que otras, creo que es más sincera. No estoy en absoluto de acuerdo con aquel dicho popular que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. El tiempo presente es mejor que el pasado, y el futuro es mejor que el presente.

La ventaja es que ahora los artistas tienen mucha más información, poseen más acceso a los elementos del oficio sin tener que estar 5 años en la academia.

¿Hay algún sueño que tuvo y no realizó?

Me habría gustado ser un escritor reconocido, ser impreso, multiplicado y manejado en otros idiomas. Ser un autor representativo de la cultura andina. Uno de los portavoces de este principio cultural.