Esta es la historia de tres penquistas que decidieron, en un momento de sus vidas, despojarse de todo lo que tenían para dar un salto a la aventura y luchar por sus sueños. 

Por Valentina Ortiz

Felipe Ramos

“La globalización económica y social, el desarrollarse en un ambiente económico favorable y las nuevas generaciones como la “Y” o Millenials, han redefinido los objetivos de vida, donde el éxito no es tener mucho dinero, ni estabilidad, sino ser dinámicos y disfrutar lo que haces”, asegura Felipe Ramos (26), antropólogo de la Universidad de Concepción, quién decidió emprender un viaje de un año y medio para recorrer el Sudeste Asiático, parte de Europa y Latinoamérica.

Viajar por viajar, por medir el mundo, aprender otros idiomas y conocer más lugares y personas, en definitiva, vivir intensamente. Eso fue lo que motivó a Felipe a recorrer 15 asombrosos países, 10 pueblos patrimonio de la humanidad, cientos de parques nacionales, 10 monumentos arquitectónicos modernos y 3 maravillas de la antigüedad.

“Comencé en Nueva Zelanda, país que conocí casi por completo y luego salté al sudeste asiático donde recorrí Indonesia en tren, salté a Bangkok, luego al norte de Tailandia y crucé a Laos en bote durante 2 días. Tras un viaje de dos días en bus cruzando las montañas llegamos a Hanoi, Vietnam. Recorrí desde ahí en autobús nocturno hacía el sur Ho chi ming city o Saigon, crucé a la pequeña Camboya y el magnífico Ankgor Wat y de vuelta a Tailandia y sus famosas islas en el sur, luego cruzamos hasta Malasia y de ahí a la impresionante Singapure. Después de unas horas en Arabia Saudí llegué a París y desde ahí el norte de Europa (Suecia, Reino Unido, Holanda, Alemania). Al volver, visitamos amigos conocidos durante el viaje en Salvador de Bahía, Brasil y Sao Paulo, pasamos por Buenos Aires y regresamos a Chile”, relata Ramos.

Hoy Felipe se encuentra en proceso de edición de un documental sobre el viaje, el cual no cuenta con fecha de estreno, pero tiene como objetivo que mucha más gente se anime a viajar. Sin duda, “la mejor lección fue apostar alto. Es más fácil dar la vuelta al mundo que hacer múltiples viajes cortos, porque las grandes metas no son tan difíciles, sino que las principales barreras para lograrlas son psicológicas”, concluye el profesional.

Iniciando el viaje

Teresita Melo

Teresita Melo (27), es diseñadora e ilustradora. Desde pequeña sus padres le inculcaron la importancia de viajar y conocer lugares y culturas distintas. Este siempre fue uno de sus mayores sueños, junto con la cultura latinoamericana y el gusto por el dibujo, lo cual fue desarrollando desde muy pequeña. Por eso decidió unir sus intereses en un viaje ilustrativo de cuatro meses por Latinoamérica, comenzando en Colombia hasta regresar a Chile.

“Las expectativas para este viaje eran principalmente tres: conocer y aprender más de la cultura latinoamericana y su identidad, desarrollar más mis habilidades para la ilustración y realizar una serie de ilustraciones para luego a la vuelta publicarlas en diversos soportes gráficos y conectarme un poco más conmigo misma, leer, aprender y enriquecerme como persona”, sostiene Teresita.

El viaje partió en Bogotá. La primera semana conoció a tres ingleses, una niña de Lituania y a un Australiano, con quienes viajó un mes por Colombia.

“Luego de Bogotá, nos fuimos a Salento, un pueblito muy lindo y colorido en la zona cafetera, donde hice muchos paseos por las plantaciones y los campos. Después de Salento viajamos a Medellín, una ciudad con mucho diseño, arquitectura, buenos museos, plazas, restaurantes, vida nocturna, exposiciones de arte, etc, lo cual fue un gran referente”, menciona la diseñadora.

Luego de Medellín el viaje continuó en Cartagena de Indias, donde recorrió Barranquilla, Santa Marta, el Parque Tayrona, Palomino, Taganga, Minca entre otros lugares.

“Este tiempo fue espectacular, me sentía mucho más integrada a la cultura colombiana así es que me dediqué a hacer cosas diferentes, conversar mucho más profundamente con las personas, dibujar sin presión, leer y aprender muchísimo sobre mí. También en este tiempo vino a verme una amiga chilena y fue algo muy lindo compartir con ella lo que estaba viviendo”, asegura.

Al termino de esta edición, Tere viajaba a Cali, conocida como la ciudad de la salsa, “nosé que me esperará en ella, la idea es estar ahí unos días para luego cruzar a Ecuador por tierra y seguir mi viaje en ese nuevo país”, puntualiza.

El viaje que nunca termina

Lizbeht Ruiz Luego de un quiebre emocional, Lizbeht Ruiz (40), cantante y diseñadora, decide dejar la ciudad. “Mi prioridad era irme de Concepción a hacer música y eso lo comencé a hacer en San Pedro de Atacama, donde conocí a dos chilenos y un argentino, armamos una banda y estuvimos tocando en diferentes restoranes, viviendo sólo de la música”.

Lizbeth relata, “luego me fui a Salta 25 días, pero decidí continuar mi viaje a Bolivia, donde estuve dos semanas y luego a Cusco, donde me junté con mis amigos. Estuvimos en Perú un mes contratados tocando en bares, pero eché de menos Argentina y me volví a Salta”.

Al volver, continuó cantando en las mejores peñas, pero decide irse a Cafayate, donde estuvo cerca de un mes.  “Ahí me hice amiga de tres chilenos estudiantes de teatro que viven en La Plata y decidí quedarme en Argentina a estudiar, pero como quedaba un tiempo seguí viajando. Esta vez enfilé hacia Jujuy donde recorrí Purmamarca, Tilcara, Humahuaca, Iruya, San Isidro y La Quiaca, quedándome una semana en cada pueblo”, cuenta la cantante.

En este viaje de pueblo en pueblo le hablan de Cosquín, donde se realiza un festival del folklore. “Tomé un bus para Córdoba y luego a Cosquin, salí a caminar buscando la municipalidad y conocí a una productora de Cantando por un Sueño de Buenos Aires quien me invito a tocar en las peñas”.

Comenzó a tener 5 a 6 presentaciones diarias. “Hice todo este recorrido barrial sólo con mi caja y mi voz y el recibimiento fue inesperado. El dicho uno no es profeta en su tierra lo comprobé después de ver a 2 mil personas aplaudiéndome de pie y pidiéndome otra”, cuenta Lizbeth.

Terminó el festival, volvió a Buenos Aires y se matriculó en un conservatorio en San Martín donde tomó clases de canto y de piano.

Hoy la folklorista lleva nueve meses viajando y asegura que “siempre quise cantar, pero lo tenía postergado, porque estuve once años como diseñadora. Sin embargo, decidí mandar todo al carajo y luchar por lo que más quiero hacer en la vida que es cantar”.

“Ya no hago planes, vivo el día, me quiero quedar allá  porque quiero salir de Buenos Aires con un disco en la mano. Luego vendrán otros lugares pendientes y veremos”, concluye la cantante.