Durante la década de los 80, nuestro país recibió apoyo internacional en distintos ámbitos producto de la compleja situación de vulnerabilidad social en la que se encontraba. Así llega a Chile la fundación suiza Terre des Hommes (“Tierra de Hombres”) para trabajar con la infancia más trasgredida, especialmente en el área de la salud. A principios de los 90, y producto de la disminución de los índices de desnutrición y del ascenso gradual de los indicadores macroeconómicos, la entidad decide retirarse paulatinamente de nuestro país, generando un proceso de localización de sus programas – con énfasis en la reparación integral del maltrato infantil – a través de la creación de la fundación Tierra de Esperanza, en 1997.

Actualmente, la institución defiende los derechos esenciales de niños y jóvenes vulnerados, brindándoles conjuntamente con su familia y la comunidad, una atención especializada y comprometida en asegurar la calidad de vida, que les permita proyectar su futuro.

Con sede central en Concepción, la fundación está presente entre Iquique y Puerto Montt, y durante este año ya ha atendido a 5 mil víctimas de situaciones de maltrato, catástrofes, explotación sexual comercial, consumo problemático de drogas, y circunstancias de infracción de ley, a través de distintos programas ejecutados por un equipo multidisciplinario formado por psicólogos, médicos, abogados, sociólogos, trabajadores sociales, profesores, entre otros.

Ejemplo educativo

“A diferencia de otras fundaciones que proporcionan hogares a una infancia desvalida y entregan protección, Tierra de Esperanza trabaja con una población vulnerable a través de proyectos especializados en distintas áreas, cuyas fuentes de financiamiento provienen principalmente del Estado, a través de organismos como SENDA y SENAME, entre otros. Y si bien al inicio el foco era la salud pública y el maltrato infantil, hoy vemos que el paraguas más amplio es la protección de derechos. De ahí la diversidad de programas”, explica Hipólito Cáceres Barly, Director Ejecutivo de la fundación.
En la región del Biobío se ha beneficiado este año a cerca de 600 usuarios, a través de la ejecución de 11 programas: cuatro pertenecen al contexto educativo, y apoyan a jóvenes privados de libertad que cumplen sanción en el centro de SENAME de Coronel, en una apuesta por la reinserción social.
“Estamos muy atentos en lograr tener la mejor apuesta educativa para jóvenes que están en situación de vulneración extrema. Para jóvenes privados de libertad no hay una malla curricular adecuada, y nosotros nos acoplamos a un modelo que tiene que ver con la educación de adultos para intentar mejorarla y hacer un aporte. La idea de esas intervenciones es que la forma de enseñar sea diferente.
y estamos apoyando a distintos organismos gubernamentales para que este modelo se extrapole a nivel nacional”, explica el Director Ejecutivo de la fundación.

Trabajo local

En la línea de Drogas, se realiza un trabajo terapéutico en jóvenes que han infringido la ley producto del consumo, con el objetivo de apoyarlos en su rehabilitación.

“El trabajo en adicción para nosotros es otro de los programas emblemáticos, porque el modelo nació en esta región y lo hemos implementado en más de 30 proyectos a nivel nacional. Es un modelo bio-psicosocial, donde se incorporan aspectos de salud, pero también culturales; es un trabajo muy potente”, comenta el director.

“Valorar a las personas; ser innovador; generar conocimiento; preocuparse por la calidad, y ser consecuente con los valores y principios de la institución “

En la línea de protección, existe el programa Afectos, donde se trabaja directamente en la atención de niños, hijos de padres o madres privados de libertad, pertenecientes a las comunas de Concepción, Chiguayante y San Pedro de la Paz; reciben apoyo educacional, orientación para la inserción en redes públicas – privadas y apoyo en salud mental.

Existe además el Programa de Prevención Focalizada, que está orientado a niños y adolescentes, ubicado en la comuna de Chiguayante, y finalmente la línea de justicia infantil, que apoya el trabajo de cumplimiento a la sanción del adolescente por infracción de ley, facilitándole herramientas para la reinserción social.
Sociedad más humana

De bajo perfil y con un modelo extranjero adaptado a la realidad chilena, Tierra de Esperanza funciona como una empresa moderna, pero con un fuerte enfoque social.

“Hemos tenido un crecimiento exponencial que cualquier organización ya lo quisiera, gracias a nuestra autonomía, la forma como administramos, planificamos y gestionamos las cosas. Y este sello diferenciador se debe a varios elementos clave: valorar a las personas; ser innovador; generar conocimiento; preocuparse por la calidad, y ser consecuente con los valores y principios de la institución. Pero la base es la visión social. Y aunque, por ejemplo, exista la posibilidad de que un joven reincida en el consumo de drogas, hay herramientas para enfrentar esta situación, así que esta misión sí vale la pena”, detalló Hipólito Cáceres.

Tierra de Hombres se retiró de nuestro país cuando consideró que su presencia ya no era necesaria. Siguiendo esta lógica, ¿dejará de existir alguna vez Tierra de Esperanza?

En la medida en que hay necesidad, hay requerimiento. Nosotros nos esforzamos porque existan mejores condiciones para los niños en Chile, pero desafortunadamente no pasa sólo por un problema de recursos económicos. El país puede ir superando los niveles macroeconómicos y la economía interna puede incluso mejorar, lo que no significa que la vulneración de derechos de los niños sea un tema resuelto. Porque el maltrato, el comercio sexual y el abuso, es algo transversal a las clases sociales.

Cuando la sociedad sea un poco más humana y sea capaz de considerar al niño como un pilar importante para la sociedad y le entregue la garantía de todos sus derechos, ahí seguramente Tierra de Esperanza estará en retirada. Pero mientras eso no ocurra, tenemos bastante qué hacer.