Emprendimiento Femenino

Mujeres que vieron en la necesidad una oportunidad para emprender

Alimentos gourmet sacados directamente de tierras locales y productos que buscan recuperar la identidad nacional, son un ejemplo de la variedad de iniciativas que nacieron en la Región y que tienen como sello la originalidad y excelencia. Sólo en 2017, el Comité de Desarrollo Productivo aprobó más de 12 mil millones de pesos para emprendimientos.

Por Daniela Salgado Parra

Cuatro mujeres visionarias, aguerridas y perseverantes que encontraron en una necesidad la oportunidad para cumplir sus sueños e independizarse. Se trata de un grupo de emprendedoras de la Región, que a diario luchan por mantener viva la cultura local con productos que traspasan las fronteras penquistas.

Para la RAE emprender significa “acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro”, pero esa definición deja de lado uno de los valores más importantes que deben asumir aquellos que inician una nueva actividad y es la disposición a enfrentar riesgos, largas de horas de trabajo y una suma considerable de capital para difundir, confeccionar y distribuir los productos.

De lo último saben de sobra Camila Cisterna, Sonja Ungar, Valentina Pereda y Sara Muñoz, quienes recuerdan el largo camino que debieron transitar para que sus productos estuvieran consolidados en el mercado. La tarea no estuvo exenta de complicaciones pero mantener un objetivo fijo las hizo superar todas las barreras.


Así fue el caso de Sara del Rosario Muñoz, presidenta de la Feria Libre el Despertar Campesino, que vio durante años como cerca de 200 feriantes no experimentaban ninguna innovación ni remodelación significativa de sus puestos. Cosa que cambió cuando en 2015, específicamente en marzo, se presentaron por primera vez al Programa de “Modernización de Ferias Libres”, de Sercotec y el Comité de Desarrollo Productivo Regional.

En esa oportunidad, se adjudicaron 30 millones de pesos que se sumaron a los 6 millones que lograron recaudar los 116 feriantes. El destino de los fondos fue dirigido a mejorar la infraestructura que incluyó la compra de fierros, toldos de 3×3 y de carpas que estuvieran ad hoc con el remodelado Estadio. Además se mandaron a hacer polares corporativos para la totalidad de los socios.

Ese cambio significativo fue sólo el comienzo de una promesa que Muñoz le había hecho a su madre, una de las fundadoras de la feria hace 45 años atrás, y que consistía en convertir al Despertar Campesino en una feria modelo.

Durante años los feriantes presentaban sus productos en precarias condiciones, la madre de Sara Muñoz, por ejemplo, partió vendiendo sus yerbas e infusiones sobre un mantel que extendía en el piso a las afueras del Supermercado Capponi. Junto a ella, otras 12 mujeres fueron trasladadas por el Municipio a la calle Los Carrera con Aníbal Pinto, hasta que finalmente llegaron a Collao. Fue en ese lugar, entre idas y venidas, que se consagraron convirtiéndolo en un patrimonio vivo de la ciudad.

Siendo pequeña, la presidenta del sindicato, vivió junto a su madre las complicaciones y el esfuerzo que ponían para diferenciarse del resto y darle un plus diferente a lo que tradicionalmente se entiende por ferias. “Hace seis años que formo parte de la directiva y para mi todo lo que hemos logrado va dedicado a esas mujeres que tuvieron siempre la ilusión que el lugar fuera bonito, limpio y un espacio digno para recibir a los clientes”.

A propósito de la remodelación del Ester Roa, nuevamente fueron trasladados pero esta vez al estacionamiento Bonilla. Las nuevas características del lugar y las altas temperaturas hacían complejo el trabajo de los feriantes, por eso decidieron postular nuevamente al Programa de Modernización de las Ferias Libres, en 2016, donde se les concedió la cifra de 27 millones de pesos.

Con ello, compraron carpas livianas para el verano que cuentan con protección UV, balanzas,  mesas plegables, delantales, manteles y chalecos geólogos.

¿Y si vestimos con identidad?

Mientras realizaba su práctica profesional, Camila Cisterna se dio cuenta que lo suyo tenía que ver con la confección de prendas. Fue por su paso en la fábrica de calzado Rubén Sport, en Barrio Norte, donde se maravilló con el diseño, la manufactura y la creación de piezas únicas. “Me gustó porque eran tres hermanos que se dedicaban a lo mismo. Si bien yo llegué donde se hacían los zapatos masculinos, en el segundo piso estaba el taller de calzado infantil y a solo dos cuadras estaban las instalaciones en donde se confeccionaban los zapatos de mujer”, recordó.

Justamente en esa época, la ganadora de Premio Pyme Región del Biobío 2017, categoría “Emprendimiento Mujer”, comenzó la búsqueda para dedicarse a un rubro que le gustara y no experimentar más tarde el arrepentimiento de lo que había estudiado (Diseño Industrial en la Universidad del Bío Bío). Como obra del destino en la casa de estudios empezaron a implementar talleres de calzado. Fue tanta su fascinación en la materia que a eso enfocó su proyecto de título.

Una vez titulada y trabajando en otros quehaceres, debió enfrentar una importante crisis económica que logró sobrepasar gracias a la confección de prendas de vestir con identidad. “Le ofrecí a mi hermana, que vivía en Valdivia, hacerle un vestido. Le dije que eligiera los colores y con telas que tenía mi mamá, hice mis primeros tres diseños. Luego los subí al Fanpage y todo comenzó”, afirmó Camila.

Fue así como surgió, hace dos años y medios, Ciskew, indumentaria inspirada en la cosmovisión de pueblos originarios para hombres, mujeres y niños, que incluye faldas, vestidos, cinturones, tapados y poleras. Tras lanzar a las redes sociales los primeros trabajos, el impacto fue inmediato y es que no sólo había un nicho sin explorar sino, también, mucho interés por conocer de la cultura indígena.

Los pedidos a otras regiones no se hicieron esperar y Camila no daba abasto con la cantidad de demanda. Así que surgió la idea de postular a programas de financiamiento por parte del Estado. La primera vez, quedó fuera por las fechas; en la segunda, le fue mal en las postulaciones; hasta que a fines de 2015 recibió la noticia de que había sido aprobada.

Esos recursos le permitieron cambiar la maquinaria, el computador e instalar su taller en la calle E Grant 1785 en Concepción. A su fábrica sumó cuatro empleados y sus diseños han traspasado las fronteras nacionales, donde chilenos en el extranjero solicitan sus diseños para vestirlos en momentos importantes de la vida. “Me escriben mujeres que están por defender sus doctorados o magister en importantes universidades y me dicen que quieren llevar algo significativo de su país. Eso para mí es muy gratificante”, aseguró.

Juguetes a la chilena

Valentina Pereda es penquista, diseñadora gráfica y gran parte de su vida la dedicó a la ilustración infantil. Tras terminar la carrera se fue a vivir a España y comenzó a trabajar en el rubro de la juguetería, particularmente en una marca que distribuye para Europa y Asia. Fue en ese último continente, al que se mudó por cerca de un año, donde aprendió todo sobre la materia, desde tecnología hasta las normas europeas para la fabricación de dichos productos.

La diseñadora siempre tuvo claro que volvería a su país a desarrollar todo lo aprendido, pero tras el terremoto del 27/F esa sensación se volvió persistente y no le quedo de otra que hacer caso a su corazón y regresar tras 10 años a su región de origen.

Una vez acá recordó que cada vez que venía a pasar las navidades en familia y debía regresar a Europa, solía salir en búsqueda de regalos para los hijos de sus amigos españoles, sin embargo no encontraba obsequios locales que fueran imposibles de comprar en las tiendas europeas.

Esa realidad y carencia fue la que exploró. Para eso decidió hacer un estudio de mercado y unió a un equipo multidisciplinario que incluía una socióloga, una parvularia y una psicóloga infantil, también penquista, sobre la importancia de que un juguete contenga una información similar al entorno del niño que interactúa con él.

“La pertenencia cultural, es una distinción muy importante desde el punto de vista pedagógico, porque le está enseñando a los niños que todos los contenidos, desde los  elementos,  la simbología y las situaciones, las pueden encontrar en su vida cotidiana o en su entorno cultural. Eso da como resultado, un fortalecimiento y aceleramiento de los procesos de aprendizaje”, explicó Valentina Pereda.

Con todos esos antecedentes, decidió postular, en 2015, a un Fondo de Innova Bío Bío que le permitió confeccionar 15 mil unidades de juguetes Meli Mari. Éstos fueron fabricados en Asia con los mismos proveedores con los que trabajó Valentina y que se aseguraban del cumplimiento de la norma europea. Una vez que fueron enviados los prototipos, los envío para que fueran analizados y así obtener la certificación por el Cesmec en Santiago.

Los juguetes Meli Mari, tienen la cualidad de estar basados en refranes nacionales. De esa forma, nació Renato el Gato, de “gato por libre”; Pancho el Chancho (motorista), de la expresión “ir a todo chancho” y Ramona la Camarona, de “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”. Además, se sumaron al diseño elementos simbólicos de la nuestra identidad como un copihue, una araucaria y un ají verde.

La comercialización comenzó en diciembre de 2016, donde se distribuyeron los juguetes a diferentes regiones y ferias especializadas en productos infantiles y la recepción “ha sido increíble, fantástica. Principalmente son los padres nuestros mayores clientes y he constatado cómo les ha tocado la fibra el tema de la identidad cultural”, comentó agradecida.

Al ser una emprendedora penquista, le ha costado abrirse camino con sus productos a lo largo del país. Esto, porque en Santiago se concentra el mayor grupo de nuevos creadores, por eso se ha vuelto fundamental contar con una plataforma que facilite el proceso de compra y venta. Justamente, hace un mes Meli Mari cuenta con una tienda virtual para solicitar los pedidos. Sumado a eso, Valentina distribuye de norte a sur a través de tiendas especializadas en productos infantiles.

Un tesoro bajo tierra

La austríaca Sonja Ungar, junto a su esposo mitad chileno, Carlos Weber, tras terminar la carrera de Biología escucharon la idea de inocular las trufas en el fondo de los árboles y producir una trufera artesanal. Esa idea los maravilló y se cruzó con el deseo del marido de regresar y hacer su vida en tierras nacionales.

Fue así como comenzaron, en 2002, los ensayos de truficultura en el país, a la vez que perfeccionaban los métodos de producción de plantas en el invernadero. Tres años más tarde, compraron un terreno en Chillán y se plantaron las primeras hectáreas de trufas. Con la cosecha de ese brote se iniciaron las importaciones y la creación de productos hechos en base al hongo, conocido como el diamante negro de la gastronomía.

“Lo primero a lo que me dediqué fue a abrir un mercado que era inexistente. Cuando llevaba los productos trufados para ofrecerlos en Santiago no habían canales de venta de forma regular, entonces el primer trabajo era dar a conocer las trufas, hacer charlas explicativas de para qué servían y cómo se podían consumir, o sea partir de cero”, afirmó Sonja.

Si bien ese proceso fue lento y engorroso, le sirvió para armar una cartera de clientes y así formar la empresa agrícola y comercial Chilenut Ltda. Los gastos que conllevaba crear un mercado, eran tan elevados que buscó cofinanciamiento por parte del Estado y de empresas, hasta que en 2008 se adjudicó el Programa Capital Semilla línea 1 de Innova Bío Bío, destinado a la prospección, estudio de mercado y plan de negocio.  Cuando logró por segunda vez el financiamiento (2011) dirigió los fondos a la implementación de la fábrica de manipulación y envasado de alimentos. A eso se le sumó el Proyecto Regional FIA, para desarrollo de productos trufados de producción nacional y un viaje para conocer el mercado de EE.UU.

De esa forma, dejaron de ser sólo productores de trufas para convertirse en creadores de productos en base al hongo, como aceites, cremas, morchelas, la confección de recetas y la venta de indumentarias para rallar el producto.

“Ahora sumé una fábrica propia donde proceso la trufa y elaboro distintos productos. En el país vendo en restaurantes y hoteles de norte a sur y tengo un mercado establecido en Estados Unidos y Europa”, detalló.

Actualmente cuentan con 15 hectáreas plantadas en el sector Cato, cerca de Chillán, que es una casona convertida en fábrica de alimentos y son el principal productor de trufas del país.

Las cifras regionales

La acción del Comité de Desarrollo Productivo Biobío de Corfo comienza, en diciembre de 2015, como parte del Plan Piloto de Descentralización Productiva del Gobierno, integrando 31 líneas de la entidad, Sercotec y la ex Innova Biobío, ganado así autonomía en la decisión regional mediante un consejo directivo público-privado representativo del territorio.

En los dos años de existencia de dicho piloto, el comité ejecutó más de 23 mil 376 millones de pesos y apoyó en forma directa a más de 7 mil proyectos de innovación y emprendimiento. En comparación a lo realizado por Innova durante 2014-2015, donde la cifra alcanzó los 9 mil millones, según información de Corfo.

El comité tiene la facultad de crear o modificar programas, un ejemplo de descentralización fue el Programa Subsidio de Asignación Flexible, SSAF, que fue adecuado a la realidad regional, transformándolo en los llamados SSAF Desafíos Regionales.

Se abrieron postulaciones a entidades expertas para los Desafíos: Mujer, Logística, Social, Salud y Turismo Arauco, con un monto de 500 millones de pesos. Cada entidad está en proceso de asignar financiamiento (10 millones de pesos en promedio para cada emprendimiento ligado al área en cuestión) y además de acompañamiento y capacitación.

El futuro de las emprendedoras

El principal temor de los feriantes de Despertar Campesino, que en un 70% son mujeres jefas de familias, es ser nuevamente trasladados por razones externas. Por eso su próxima meta a largo plazo es comprar un terreno que les permita alcanzar la estabilidad que vienen buscando hace más de 45 años.

Mientras lo logran estas mujeres seguirán “arremangándose los brazos y buscando el sustento por sí mismas porque, tal como siempre me dijo mi madre, una jamás debe dependen de otro y menos de un hombre”, finalizó Sara Muñoz.

Por su parte, Camila tiene como meta consolidar en el extranjero su venta de vestimenta con identidad. Por eso está encaminada en el proyecto de la página web donde el objetivo es coordinar los envíos fuera de nuestras fronteras y abarcar a más personas con el interés de interiorizarse con los pueblos originarios.

Paralelamente está cursando talleres de diseños textiles con las culturas originarias de Latinoamérica para, luego, sacar nuevos productos en base a esos 522 pueblos existentes en esta parte del continente.

De igual forma, cree que es necesario que “las emprendedoras nos apoyemos, sobre todo en derribar los mitos y temores, porque esto implica tener altos niveles de frustración porque las cosas cuestan. El problema es que no hay redes ni instancias de conversación que nos hagan saber que es un proceso largo. El desconocimiento de eso, hace que muchas se queden en el camino”, analizó Camila.

El extranjero es también el mercado al que quiere llegar Valentina, por eso quiere desarrollar para este año una logística de envío. Para el primer semestre tiene contemplado el lanzamiento de un cuento, escrito por Bernardita Neira y que tiene por objetivo dar vida a los personajes de Meli Mari.

Pero por lejos su proyecto más ambicioso es “desarrollar el material audiovisual de Meli Mari. “Aún no quiero adelantar los canales en los que se difundirá pero preferentemente será en la televisión abierta. Por mientras, estamos trabajando en la abertura de un canal de YouTube donde subiremos todo lo relacionado con nuestros personajes”, adelantó.

Con años de trayectoria, Sonja Ungar busca seguir creciendo en exportaciones del diamante negro y sobre todo en los productos trufados que están disponibles en su empresa Katankura.

Mientras tanto, dos de ellas seguirán con sus manos en la tierra, una sacando los productos directo desde la huerta hasta la feria y la otra, desde el campo a los exclusivos restaurantes a lo largo del país. Las restantes, trabajaran en sus talleres recuperando una memoria perdida y dándole valor histórico a productos para toda la familia. Pero hay algo que todas comparten, haber creído en un sueño y no dejarse doblegar hasta lograrlo.