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Emilio Armstrong: Su vida y pasión por el servicio

El actual seremi de Vivienda y Urbanismo es arquitecto, pero forjó su estructura mental con el estudio de la ingeniería. Se formó en una infancia esforzada y austera, por eso, hoy busca ayudar a quienes más lo necesitan, a través de su cargo en el servicio público.

Por Virginia Torres Matamala / Fotografías: Francisco Méndez R.

Se preparó para convertirse en ingeniero civil mecánico, incluso dio todas las pruebas específicas de la PAA para lograrlo, pero durante el verano antes de entrar a la universidad, se inclinó finalmente por seguir los pasos de su padre, el arquitecto local Emilio Armstrong Delpin.

Inspirado por el libro “Inteligencia Emocional” del psicólogo, periodista y escritor estadounidense, Daniel Goleman, Emilio cambió el rumbo de su destino y sorprendió a toda su familia. “La verdad es que iba para ese lado, con una estructura mental muy racional e ingenieril, pero, como es la vida, tratando de entender algunas cosas, en ese entonces me encontré con la primera edición de ese libro y de inmediato me cambió el switch, en el sentido del balance que debemos lograr entre nuestro desarrollo personal y profesional, consideré también que ya tenía una estructura mental ordenada. Dije, si sigo en esa ruta voy a quedar muy cuadrado. Mis papás se sorprendieron, porque ellos sabían que me estaba preparando para otra cosa”, comenta.

Él ya conocía lo que significaba ser arquitecto independiente, ejemplo que vio en su padre, y también en su madre, la diseñadora Palmira Soto. “Es una vida dura y muy variable, pero también tiene sus ventajas, ser su propio jefe o salir de vacaciones en un periodo que uno estime conveniente… aunque también se trabaja todos los fines de semana. Recuerdo que yo salía todos los sábados a ver obras con mi papá. Por eso siento que mis padres fueron una influencia muy positiva en mi vida”.

El actual seremi de Vivienda y Urbanismo del Biobío, también pensó en el gran interés que tenía en desarrollar su lado creativo. “Es por eso que tome la decisión de estudiar arquitectura, y la verdad es que creo que fue una decisión muy buena, a uno le permite irse adaptando ser más flexible y no quedarse pegado en los problemas, ir avanzando”, asegura.

Su vida penquista

¿Qué recuerdos tienes de tu infancia en Concepción?

Mis primeros recuerdos los tengo de una casa en que vivimos en Freire con Lientur, quedaba en toda una esquina. Me acuerdo que andaba en bicicleta en la Universidad de Concepción o en el Parque. Estudié en la Alianza Francesa, así que mi vida fue bien céntrica hasta los 10 años, cuando mi familia compró un terreno en Idahue, como familia colonizamos el lugar.

Ahí, “literalmente en la punta del cerro”, como dice Emilio, él, sus padres y hermanos, comenzaron una nueva vida, marcada por el rigor de vivir alejados de la ciudad. “No había camino, solo una huella de barro, un camino vecinal por donde teníamos que caminar. Me acuerdo que sacaban madera en bueyes, no había luz ni alcantarillado, y así estuvimos durante varios años construyendo nuestra casa, incluso creo que aún existen espacios que les falta por terminar (…) hasta que nos fuimos a vivir allá”.

Vivir en la punta del cerro

Me imagino que fue un cambio extremo, pasar de la ciudad, en pleno centro, a un lugar que era prácticamente campo…

Claro, como no había nada, partimos dándonos luz con un generador eléctrico, que adivina quién estaba a cargo de echarlo a andar todas las noches -dice riendo-, esa era una de mis tareas. Esos generadores se hacían funcionar con una piola, había que darle una vuelta y tirarla con mucha fuerza, por supuesto que yo a esa edad era un palillo, mis piernas eran como un tallarín y me costaba varias veces lograrlo, pero lo hacía, había que echarlo andar igual con lluvia o viento (…).

El agua potable era de vertiente y la subíamos con un molino de viento que fabricó mi papá. Además, ya en esa época teníamos un conector solar e incluso tenía pasto en el techo, varias de las características de la construcción sustentable. Ideas de mi papá y mamá que eran muy creativos.

Siempre haciendo uso de la física de la construcción, que es física básica, mucho ingenio y poca plata, logramos construir la casa y nuestro entorno, aunque nunca la terminamos por completo, pero la gracia de esto, es que la decisión familiar en ese entonces, fue no tomar un crédito en el banco, sino que hacerla a medida que fuéramos teniendo ingresos, y aunque fue una vida de restricciones y exigencia diaria, creo que esta fue la que finalmente nos formó y forjó de otra manera.

¿Siguieron estudiando en la Alianza Francesa?

Sí, siempre, con mi hermana Palmi, tuvimos que usar bototos para ir al colegio, porque el camino de barro no nos permitía usar zapatos normales de colegio, y fíjate que es algo que mantengo hasta el día de hoy y por lo que siempre me echan la talla en la pega… igual como lo hacían mis compañeros de colegio. Recuerdo que Lisandro, quien era portero del colegio, me paraba en la entrada y manguereaba los zapatos antes de entrar, porque llegaba todo embarrado.

Muchas veces bajamos a pie. Era un kilómetro y medio de camino, son 15 cuadras o un poquito menos, no era menor, llegábamos a la micro que era la del Recodo y pasaba una vez cada 45 minutos, si se te pasaba no alcanzabas a llegar -cuenta entre risas-, no fue una niñez de comodidades, pero sí nuestros papás se preocuparon de que tuviéramos una buena educación, y eso se los agradezco mucho.

Además, asegura que sus padres no reparaban en gastos en viajar. “Nos gustaba mucho acampar y recorrimos varios lugares de Latinoamérica en carpa”, recuerda que también junto a sus hermanos: Palmi, que hoy es psicóloga e interiorista, Iván, quien trabaja como psicólogo en Quellón, Chiloé, y Tamara, su hermana más pequeña que es nutricionista, pasaron gratos momentos.

¿Qué crees que dejaron en ti los años en esa casa?

Creo que el tener una vida sencilla, sin grandes lujos. Además, en este cargo, o como consejero regional o candidato a alcalde, pude ver otras realidades y darme cuenta lo afortunado que soy. Siento que esa experiencia forjó en mí, el sentido de la tenacidad, de la perseverancia, de tratar siempre de mantenerse sencillo, porque uno tiene una familia en donde tus dos padres, son independientes y los recursos van y vienen, no siempre se está arriba y esas son señales y aprendizajes de verdad, algo que deberían tener todas las autoridades en el país.

¿Qué pasaba con la vida social estando allá?

Teníamos mucha vida social porque como la casa estaba en un lugar diferente, los cumpleaños los celebrábamos ahí, llegaban todos los compañeros ordenaditos y se iban embarrados -cuenta riendo-, era todo un cuento y lo pasábamos muy bien. También dependiendo como estaba el clima llegaban los papás de nuestros amigos y terminábamos haciendo un asado juntos, fue sin duda una etapa muy enriquecedora que me impregnó tenacidad y perseverancia

Su vida universitaria

“Mientras estudiaba Arquitectura en la Universidad del Desarrollo, trabajé en un programa de intercambio que me permitió ir a desarrollarme a Estados Unidos. Fue el ex intendente Víctor Lobos, que era decano de la carrera, a quien me acerqué para conseguirlo”, cuenta.

Se decidió a estudiar en la UDD porque le gustó que todos sus académicos también ejercieran la profesión. “Me parecía ilógico que hubiesen profesores que no, en otras facultades. Si iba a ser arquitecto, era necesario aprender desde la práctica”, aclara.

¿Cómo se dio la oportunidad de estudiar afuera?

Me llamó poderosamente la atención la Universidad de Houston, entonces conversé con don Víctor, logrando armar un programa de intercambio, postulamos varios y finalmente algunos pudimos viajar. Fui pionero en ir a esa universidad, pues luego continuaron viajando más estudiantes.

¿Cómo viviste esos años en Estados Unidos?

Siento que fue una muy buena decisión. Partí en un programa por cinco meses y me quedé más de tres años que fueron muy provechosos. Al terminar los estudios, me llamó el decano de la facultad de Arquitectura de la Universidad de Houston, y me dijo que le había gustado mucho mi trabajo. Ahí me invitó a postular al magíster, aunque tuve que dar todos los exámenes como cualquier estudiante y quedé aceptado en el programa.

¿Cómo te mantuviste allá?

Mi principal objetivo fue no pedirle plata a mi familia, por eso le propuse un proyecto al decano, que era tratar de incorporar un software de arquitectura que no existía en la facultad, me compraron el proyecto y esto me permitió tener un descuento y que me contrataran por 20 horas a la semana en la universidad.

Al terminar mi magíster, me dieron la posibilidad de acceder a un Optional Practical Training (OPT), que es una visa para que puedas quedarte un tiempo trabajando. Ahí me desempeñé en una oficina de arquitectura súper buena, luego volví a Chile y me puse a hacer clases en la Facultad de Arquitectura de la UDD, fui coordinador y después director de la facultad.

Además, pude desenvolverme dentro de la nueva vicerrectoría de Innovación y Desarrollo de la universidad, que fue una apuesta muy arriesgada, pero de mucho futuro, cuyos resultados la posicionan hoy entre las principales a nivel nacional. Ahí siempre busqué incorporar la innovación aplicada en el emprendimiento. Tuve también mucha participación en el desarrollo del ecosistema de innovación y emprendimiento de la UDD, que me permitió aprender mucho, viajar a otros paises y poder llegar con programas reales a los alumnos.

Fue en Houston donde además conoció a Kelly Robichau, que después de años, y tras varios intentos de conquista e incluso una separación para volver a Chile, logró convertir en su esposa.

El servicio público y su experiencia

 Fue en ese momento en que se dio la posibilidad de su candidatura a alcalde de Concepción en 2012. “Hicimos un gran trabajo, porque en principio marcaba 0 y en pocos meses logré llegar al 40% de las preferencias. Mi experiencia de vida me ayudó en esto, yo sabía lo que era tener barro en invierno, y polvo en verano. En la campaña se dio una mística importante y aunque no me alcanzó para ganar, me permitió otros buenos resultados después”.

Llegaste a ser consejero regional…

Sí, producto de todo ese trabajo y saqué primera mayoría. La labor en sí fue una experiencia maravillosa, llegué a ser presidente del consejo, y aunque en un periodo corto fue un honor representar la visión de todos los consejeros, sus visiones, pese a las diferencias políticas.

 ¿Pero cómo fue que llegaste a la política?

Mi abuelo por parte de madre, Óscar Soto, fue el director del presupuesto de la nación por 15 años, un funcionario público emblemático, y mi abuela, Palmira Torres, la primera mujer que trabajó en la Tesorería General de la República, y en ese sentido, lo que más me llamaba la atención en el ámbito público era el desempeño destacado que tuvieron, siendo reconocidos por su trabajo, eso fue inculcado dentro de mi formación desde muy chico y el bichito siempre estuvo en mí. Y, la experiencia de ellos que mi mamá siempre relataba, me quedó grabada a fuego.

En su labor como seremi, son varios sus desafíos, pero sobre todo le interesa acercarse y conocer las necesidades de las personas, pues asegura que su política es de puertas abiertas para quienes quieran dialogar sobre las distintas materias que atañen a la cartera regional. “El impacto de esta seremi en la Región es muy grande, lo que hemos logrado transmitir al ministerio y nos ha permitido tener los recursos para lograr nuestros objetivos y ayudar a las personas”

En la actualidad, sus principales objetivos como seremi se concentran en proyectos de gran envergadura, como son terminar las faenas de la Costanera a Borde Mar de San Pedro de la Paz para disminuir la congestión, despejar la faja necesaria para el paso del puente Bicentenario en Aurora de Chile y concluir el corredor de transportes de Talcahuano. Desafíos que espera concretar durante su paso por la cartera.