Sea por la extrema naturaleza sísmica y su permanente relación con la catástrofe, sea por descuido de los responsables o por cuestiones económicas, sea por el dramático choque cultural que un día se produjo en esta parte del mundo, sea por motivos no del todo claros para los mismos penquistas, Concepción es una ciudad en ruinas. O al menos, una de las ciudades con mayor superficie de ruinas por metro cuadrado. No encuentra uno tan fácilmente una ciudad así.  Estos restos se erigen como una de las señas de identidad de la urbe, pero la urbe no las reconoce como tales, les da la espalda, les pone un cerco o una reja. Repensar las ruinas –más cuando tenemos tantas- para que formen parte del paisaje urbano natural y genuino empieza por aceptarlas como algo intrínseco a la condición del lugar.

Ruinas míticas

Cuando en septiembre de 2008 visité la ciudad por primera vez, recuerdo haber pasado velozmente de noche frente a las ruinas, mal iluminadas, del Teatro Enrique Molina y quedar con la sensación de presenciar un espejismo. Ya entonces me parecieron unos restos muy antiguos, como del período clásico, mucho más vetustos de lo que en realidad son. Pero desde que me establecí aquí, cada vez que paso por delante de ellas, velozmente o no, caminando decidido o paseando tranquilo por el parque, me convenzo más y más que estas ruinas no quieren derrumbarse, pero tampoco quieren ser otra cosa que ruinas genuinas, ruinas románticas, con su musgo creciendo aquí y allá, con sus grafitis invadiendo los muros, con su pátina del tiempo, con sus costras y estrías, en fin, con su aura mítica. Incluso, en los días de neblina tan habituales de invierno, cruza por mi cabeza la idea que estas ruinas siempre estuvieron aquí, que existían ya antes que Penco se trasladara al Valle de la Mocha.

Misteriosos vestigios entre extraña maleza, se miran pero no se tocan, llevan largo tiempo esperando a nada y todo el mundo las conoce. Por eso, creo, hay que dejarlas como están. Hay que cuidarlas, eso sí, consolidarlas y asegurarlas, pero no hay que intervenirlas de ningún modo, por favor, ni mucho menos pensar si quiera en una restauración que pudiera robarles el encanto. Son ruinas míticas.

Pero no son las únicas. Otra visión inquietante que uno tiene es la de esa especie de templete, estoy tentando de decir “griego”, en la cima del Cerro Chepe. Desde una posición de observador lejano que evita los detalles, vemos en esquema esas columnas que soportan el pesado entablamento, elementos ambos oxidados y pintarrajeados, heridos y castigados, próximos a fundirse por fin con la naturaleza, como buenas ruinas míticas.

Ruinas mirador

A las ruinas míticas a las que me he referido al principio podríamos añadir las ruinas tipo mirador. Estoy pensando en ese fragmento del puente viejo, dolorosamente mutilado a la orilla del río Bio Bio, desde el cual obtendríamos, en caso de estar habilitado, una panorámica inmejorable para poder contemplar el paisaje o disfrutar de una buena puesta de sol (y entonces podríamos aplaudir si es que este extraordinario espectáculo del crepúsculo que nos ofrece la naturaleza cumplió nuestras expectativas). También el templete del Cerro Chepe podría entrar en esta categoría y ser al tiempo ruina mítica-mirador desde la cual gozar de las vistas que nos ofrece la ciudad.

Ruinas políticas

Desde luego hay ruinas de más tipos en esta ciudad –para empezar y no acabar- pero quiero detenerme un momento en unas bastante incómodas, las ruinas políticas, las del Mercado Central. El esqueleto de hormigón pelado nos habla de una estructura eficaz y económica concebida por hombres capaces poco después del terremoto del año 39, profesionales que pusieron sus conocimientos al servicio del país, a la reconstrucción de la ciudad. Resistió varios sismos. Su estructura resistió también la acción de la mano malintencionada de otros hombres que recientemente le prendieron fuego. Es verdad: estas ruinas hacen llorar, no de emoción sino de indignación. Las costillas sin carne, de cemento armado al aire, denuncian la incapacidad política para el beneficio público frente al interés y el provecho individual.

Ruinas surrealistas

El penoso fragmento de fachada del antiguo Teatro de la Universidad de Concepción, en parte incrustado en el frente del gigantesco centro comercial del centro, en parte colgado del aire como un arco de triunfo (símbolo de la destrucción), o el ignorado muro de piedra del que fuera Convento de la Merced, son, por su chocante relación sin sentido con la ciudad, ruinas surrealistas. Prefiero llamarlas surrealistas por haber quedado fuera de contexto, integradas –es un decir- a la fuerza en la nueva construcción, antes que llamarlas ruinas humilladas y despreciadas, las cuales, por cuestión de dignidad, sería mejor hubieran desaparecido antes que verlas condenadas a semejante ninguneo perpetuo.

Ruinas del futuro

Y luego están las ruinas del futuro. No me refiero a las casas abandonadas como las que uno encuentra cuando camino a Chiguayante, o las estructuras a punto de demoler, no, hablo de todas aquellas construcciones que hoy se levantan orgullosas -como en su día la torre O’Higgins- y pletóricas crecen hasta lo desmesurado en territorio sísmico y terreno gelatinoso, pero que de algún modo sabemos, como dice Sebald, que justamente por eso arrojan ya la sombra de su destrucción y han sido concebidas desde el principio en vistas a su existencia ulterior como ruinas.

 

Concepción: ruinas

Término: cuando el escritor gallego (y no es ninguna broma) Eduardo Blanco-Amor visitó la ciudad a finales de los años cuarenta para dar unas conferencias, tituló la crónica de su viaje, incluida en el libro Chile a la vista (1951), “Concepción: Universidad”. Explica ahí que la ciudad renacía fortalecida después de cada sismo, que de uno de ellos debió nacer la universidad y que los temblores sucesivos le fueron añadiendo facultades. Alguien podría reclamar que hoy ya no podemos hablar en singular y habría que decir “Concepción: universidades”. Sin embargo, yo prefiero decir, insisto, en un sentido afectivo y efectivo: “Concepción: Ruinas”. Su valoración como parte esencial y positiva de esta ciudad puede empezar con nuestra benevolente mirada, pero dependerá en última instancia de lo que seamos capaces de hacer con ellas.