El tatuaje

Mucho más que sólo tinta en piel

Atrás quedaron los tiempos en que el tattoo era mirado como una especie de estigma de mal gusto asociado a algún tipo de pandilla o símbolo de marginalidad. Hoy en día son toda una tendencia que cruza a la sociedad de un extremo a otro, gatillada por el devenir de las redes sociales, el acceso a distintas y variadas fuentes de imágenes, además de la creciente aparición de programas de televisión extranjeros, que los han mostrado como algo bello de “adquirir” y lucir. En la actualidad, cualquier cosa que se pueda dibujar es factible de poder inmortalizarla en la piel. Todo un arte del cual nuestra ciudad posee destacados y talentosos exponentes, abiertos de llevar al papel, y luego a la tinta, lo que el cliente desee plasmarse en el cuerpo.

Por Mauricio Maldonado Q.

“La práctica del tatuaje es tan antigua como la historia de la humanidad”. Una frase totalmente cierta y que así se ha demostrado con los hallazgos de momias, en distintos países, con dibujos en variadas partes del cuerpo. Es más, de Chile datan los restos de hace 2.000 años A.C, de un hombre adulto perteneciente a la cultura chinchorro con una especie de bigote finamente marcado sobre el labio superior. Otro ejemplo, que algunos investigadores lo sitúan con 5.200 años de antigüedad, es el llamado “Hombre de Hielo” de los Alpes de Ötztal con más de cincuenta tatuajes en la espalda.

Más allá de estos casos puntuales, las diferentes culturas de la antigüedad utilizaron el tatuaje con distintos fines, ya sea para la realización de rituales, diferenciar clases sociales o marcar a quienes cometieron algún crimen o delito, así como también con fines terapéuticos. Razones que con el transcurso de los años más que ser distintas, han evolucionado acorde con la rapidez de nuestros tiempos. Es decir, han transitado de ser una especie de arte underground, marca con una carga ciertamente marginal, a convertirse en un movimiento o tendencia transversal sin diferenciar a las clases sociales.

Como la mayoría de las diferentes tendencias mundiales, a nuestro país todo llega tarde y más aún a regiones. El tatuaje no fue la excepción, ya que recién el 2000 se fue abriendo el espectro de exponentes y figuras del tatuaje a nivel nacional y luego local, lo mismo que con los suministros para elaborarlos. “Llevo 20 años en esto y claro, se pasó de algo que era bastante invisible, donde costaba encontrar los insumos, todo bastante precario y con pocas tiendas establecidas en Santiago, en Conce no se conocía nada, a un cambio completo”, cuenta Daniel Campos, dueño del estudio de tatuajes 13 Agujas.

Una figura trascendental y testigo en primera fila de la metamorfosis del tatuaje penquista, Campos es uno de los artistas que aparecen en The world atlas of tattoo, libro publicado en 2015 por Anna Felicity Friedman y James Elkins a través del sello editorial Yale University Press. Una interesante e ilustrativa publicación en que aparecen los trabajos y relatos de 100 exponentes del tatuaje de todo el mundo. “Es un libro de académicos que estudian el tatuaje. Participé en una encuesta que realizó la autora del texto para, de alguna forma, recopilar material historiográfico, pues la historia del tatuaje es muy de boca en boca, no hay un material histórico que se pueda investigar con mayor profundidad o detalle, especialmente, en la historia más reciente”.


En ese sentido, profundiza en que más allá de lo netamente histórico u origen del tatuaje, “ha habido una evolución desde la accesibilidad de la gente que practica el oficio, de la posibilidad de ejercerlo y que sea algo rentable, percibido como una alternativa válida de ganarse la vida, hasta su masificación. Llega full mainstream con programas de televisión y ya es parte del paisaje cultural en este momento en todos lados, en todas las familias hay alguien que está tatuado. Futbolistas, cantantes y hasta el Max Steel y la Barbie”.

Para Daniela Espinosa -Cactuna Tatuajes-, diseñadora de profesión y hace casi cuatro años dedicada al tatuaje de manera totalmente autodidacta, investigando sobre el oficio por cuenta propia e invitada a formar parte de diversos estudios, el tema se ha desmarcado completamente del estigma “delictual” o la marginalidad, por el contrario, son piezas de arte que casi todo el mundo quisiera tener y que te pueden llevar incluso a una “adicción”. “He tatuado familias enteras, seis a siete mujeres de una familia, abuelas, nietas, tías, sobrinas, o menores de edad de 15 años que vienen con los papás y se hacen algo en conjunto. La gente de a poco ha ido entendiendo que el tatuaje está muy alejado de la delincuencia con la que asoció durante un tiempo (…), y ahora es un mensaje, una forma de expresión, muchas veces para la misma persona. Una especie de pieza de arte, porque la gente ha comenzado a entender que un tatuaje también puede ser algo sutil, un detalle que puede ser bello. La gente que viene una vez luego no puede dejar de hacerlo, igual se dan cuenta de lo sanador o adictivo que puede resultar, porque no duele tanto como creían”.

Las palabras de Joaquín Laage -Pasajero Tatuajes- van en esta misma línea, viendo el tattoo como algo ya normalizado y aceptado por la mayoría de la sociedad, incluso en el ámbito laboral. “Ese estigma social negativo poco a poco ha ido quedando en el pasado, ahora vemos a más gente tatuada, con muchísimos diseños increíbles y en todas las partes del cuerpo. Algo que he aprendido en el tiempo que llevo tatuando, es que la gente ha entendido, porque cuando vienen a tatuarse son ellos los que me dicen ‘en la pega ya no me hacen problema’ y esos personajes que me lo comentan son profesores, directores de colegios, enfermeros, médicos, abogados o ingenieros, de todas las profesiones que te puedas imaginar, además de diferentes edades, porque vienen familias enteras a tatuarse, entonces creo que de a poquito se va aceptando la idea de llevar un tatuaje, ya sea como una moda, un recuerdo o porque solo te gusta el diseño, y que esto no sea mal visto ni un impedimento para ejercer algún cargo laboral”.

Mientras que para Pamela Vidal -Pam Vidal, Tatuajes y Arte- las redes sociales también han contribuido a esa popularización o normalización en la actual sociedad, aportando también los programas de televisión alusivos a los tatuajes. “Creo que este cambio ha ido desde lo más básico a lo más actual, como el acceso a las redes sociales y programas de televisión de otros países. Ahora la gente tiene más acceso a imágenes de tatuajes, personas tatuadas, programas de tatuajes, etc. Es algo que se ve más seguido, se ha normalizado y extendido a todas partes y a todo tipo de personas. La evolución del arte visual, el dibujo, la estética, también ha aportado a aquello. Prácticamente, en la actualidad se puede tatuar cualquier cosa que se pueda dibujar, lo que ha hecho que la gente encuentre muchas más opciones de diseños para realizarse un tattoo”.

El dibujo y la senda autodidacta

La mayoría de quienes se dedican al tatuaje, provienen del área de las artes, el diseño o de alguna carrera afín en que el dibujo es protagónico, teniendo como motivación el traspasar sus respectivos talentos con el lápiz a la tinta y, posteriormente, estamparlo para siempre en la piel.

Un mal ejemplo de lo que no se debe hacer, y de enmendar en parte ese poco talento en el dibujo, impulsaron a Daniela a introducirse en el mundo del tatuaje. Los buenos resultados de su mano y conexión con los clientes, han ayudado a profundizar su relación con la tinta. “Los tatuajes fueron algo que apareció de repente en mi vida, que me pareció interesante de poder investigar, junté unas ‘lucas’, compré lo básico y empecé a practicar. Lo que me motivó fue como una especie de desafío personal luego de encontrarme con un ex compañero de colegio que tatuaba y lo hacía pésimo. Vi sus diseños y eran realmente malos, y me dije que, si él podía yo también, y mejor. Luego me fui enamorando del momento de tatuar, de la conexión que se genera con la persona, del ‘ritual’ y de que, para muchas personas, el hacerse un tatuaje significa un cambio radical en sus vidas, dejando atrás muertes, dolores, seres queridos y mascotas que ya no están. Por ejemplo, vino una clienta a hacerse algo conmemorativo por la muerte de su esposo y cuando me lo contó fue tan fuerte el momento, que las dos lloramos tomadas de las manos. Se da una intimidad muy fuerte con el tatuador, algo similar a lo que da cuando uno va al doctor, pero acá la gente viene porque quiere, la gente viene un poco a entregarte su cuerpo, como hazme daño, pero hazme algo bello”.

En el caso de Laage, su acercamiento hacia el tatuaje se fue dando de manera paralela con sus estudios de arquitectura, una especie de vía de escape y pasatiempo que con los años ha tomado más en serio y con deseos de proyectarse. “Llevo tatuando cerca de 4 años y todo empezó como una especie de hobby en que quería hacer algo que me sacara de la cabeza un poco de lo que era mi carrera, pero poco a poco le fui tomando el gusto. Tatué a varios amigos al principio, a mí mismo, a mi hermano, hasta que con el tiempo empezó a llegar el amigo de mi amigo, el conocido y así hasta que ya no tenía idea de quien era la persona que estaba tatuando y lo que era un pasatiempo terminó siendo algo que me gustaría hacer el resto de mi vida. Con los años me fui metiendo más, aprendiendo nuevas técnicas, mejorando y perfeccionándome en mi estilo. Lo que tiene el tatuaje, y que lo hace de alguna forma algo especial, es que ningún día es igual al anterior, es algo que te da total libertad de crear cosas y, a diferencia de la arquitectura, tu puedes ver el inicio, el desarrollo y el final de un proyecto en un solo día, en un par de horas, es mucho más rápido”.

Para Pamela, el camino hacia los tatuajes se dio por su inclinación artística y facilidad para dibujar desde pequeña, senda en la cual lleva media década y en la que reconoce que aún le queda mucho por conocer y aprender. “Comencé a tatuar porque siempre estuve ligada a las artes. Desde chica siempre he dibujado, pintado y todo lo relacionado a las artes visuales. En 2011 algunos amigos, que estaban más interiorizados en ese mundo, me empezaron a decir que yo podía tatuar, que lo haría bien, etc. No estaba familiarizada con eso y tampoco en ese entonces era algo tan popular entre la gente. Pasó el tiempo y cuando estuve a punto de tatuarme, decidí que quizás con ese mismo dinero podría comprar insumos y empezar yo misma a tatuar. Cuento corto, meses más tarde empecé a tatuar a mis amigos y cercanos. De a poco se volvió habitual y en un lapsus breve de tiempo comenzaron a aparecer ‘clientes’ que me preguntaban precios y que querían tatuarse conmigo. Ya llevo 5 años en el tatuaje. De menos a más. Con clientes que se pasan el dato entre ellos, no tengo que hacer mucha publicidad, ya que el trabajo habla por sí solo. Sé que me queda mucho por aprender, pero estoy contenta con lo que he aprendido y avanzado, y obviamente, siempre aspirando a más”.

En la senda más autodidacta y con varios años de experiencia y práctica, destaca el trabajo de Natalia Nieves. Si bien entró en el ambiente no por estudiar una carrera que guardase relación con la ilustración o el dibujo, su formación e inclinación artística provienen del street art o graffiti, un mundo igual de prolífico en ideas y exponentes. “Me metí en el tatuaje hace como siete u ocho años atrás, yo hacía graffitis y varios de mis amigos también, quienes con el tiempo igual comenzaron a tatuar. Durante un periodo me fui retroalimentando de lo que ellos hacían en ese terreno, pero sólo de forma teórica (…) Después, cuando volví a Conce, hace como 4 años, me decidí a tatuar. Creo que es lo más cercano a hacer graffitis, me gusta esa libertad, como el cotidiano de hacer tatuajes, la rutina se adecua mucho a mi estilo de vida. Tú eres tu propio jefe, cuanto tiempo trabajes se traduce en lo que ganas, hay altos y bajos, pero es la libertad de ser independiente. El ambiente en general del tattoo es muy similar al del graffiti. Ese fue el inicio y me adapté súper bien. Aparte para dibujar -base de lo que es un tatuaje- hay que tener harta confianza, el tatuaje no es hacer sólo una línea y ya, hay que plasmar lo que uno siente, se nota todo en este trabajo”.

En este sentido, Nieves sorprende por sus diseños originales y en extremo detallistas hechos en base a puntos. Una técnica o estilo que descubrió casi por casualidad y le ha resultado como una especie de terapia. “Me gusta la ilustración científica, el puntillismo y realismo, es lo que me apasiona. Me metí en esto porque soy media obsesiva compulsiva, era súper nerviosa, iba a la casa de amigos y si veía la loza sucia me ponía a lavarla o si encontraba una cama mal hecha la hacía de nuevo. Y un día, uno de estos amigos, me pidió hacer un dibujo con puros puntos, cosa que nunca había hecho, y descubrí que me bajó la ansiedad. Hasta el día de hoy es como una terapia. Me gusta el detalle y mí pasado como dibujante, en que participé en varias ferias de ilustración en Santiago, contribuyeron a que me fuera involucrando cada vez más en esto y en esta técnica”.


Un sentir imborrable

Curiosidad, conmemorar, estrechar lazos, gustos personales, sanar, entre otros, pueden ser algunas de las razones para inmortalizar algún diseño en la piel. Recordar a su familia a través de una enredadera con cinco flores, y tener presente que siempre estarán ahí para apoyarla fue el motivo por el que Soraya Sanhueza, fonoaudióloga, decidió tatuarse las costillas hace un par de años atrás. “Si bien fue una experiencia algo dolorosa, ya que esa zona es una de las más sensibles para tatuarse, me reconfortó lo bien que quedó y el valioso significado que representa cada una de las flores. Mi familia es lo más importante que tengo y esta era una buena manera de plasmar ese sentimiento”.

En esta misma sintonía, aunque como una manera de conmemorar a su padre fallecido, la periodista Ximena Valenzuela, lleva una estrella tatuada en la parte posterior del cuello, y hace poco añadió un ave fénix detrás de una de sus orejas como un símbolo del cambio en su estilo de vida. “Me encantan los tatuajes, ya que te permiten perpetuar recuerdos o sentimientos que nadie te podrá quitar (…) Tengo diferentes tattoos, entre ellos una estrella guía que representa a mi papá quien falleció, y también me hice un ave fénix que simboliza mi renacer como persona luego que decidiera bajar de peso y cambiar mis hábitos de vida”.

Para el músico Cristian Rusque Vergara todo empezó a los 17 sólo por curiosidad, reconociendo que una vez “probada” la tinta, no hay vuelta atrás. “Después del primero, ya no se puede parar, son como un vicio, pero de esos buenos. Rodeado de una familia religiosa, el tatuaje era algo muy mal visto, rayando en lo casi endemoniado, por lo que mi primer tatuaje, aunque minúsculo, lo tuve que esconder incluso soportando el intenso calor de un verano. Ahora, ya un poco más maduro, el tatuaje se transformó en algo mucho más simbólico. Más allá del diseño o la terminación de la obra, me atrae el proceso, soportar el dolor, el sentir distinto después de 2 o 5 horas en la misma posición te entrega otro significado del ‘tatuarse’. Buscar un diseño único, en mi opinión es algo secundario”.

A Mauro Álvarez, también periodista, el tatuarse sirvió para simbolizar una de sus grandes amistades, con la que, pese a la distancia, están unidos por un diseño en común. “Mi mejor amiga está sola en el país, sólo tiene a su esposo e hija, el resto de su familia vive toda en Irlanda. Entonces, como soy lo más cercano a una familia, siendo también el padrino de su hija, nos tatuamos el mismo flamenco en uno de los brazos. Este representa el lugar donde nos conocimos, un bar de Santiago en donde trabajamos llamado ‘Flamingo’. Siento que los tatuajes deben tener un significado más que por algo estético, ya que es algo que se llevará por el resto de la vida”, finalizó.