Hace algunos días, buscando artículos relacionados con la conmemoración del Día Internacional del Síndrome de Down, que fue el pasado 21 de marzo, me encontré con el concepto de “Orgullo Down”. Esto me hizo sentir que aún hay esperanzas de que, como sociedad, seamos capaces de cambiar el switch, dejando a un lado la pena, la lástima y el sentido de pesar con que enfrentamos nuestra relación con los niños, jóvenes y adultos que tienen Síndrome de Down.

Qué maravilloso sería que pudiésemos conmemorar este día evidenciando que como nación brindamos igualdad de oportunidades, con una educación de calidad y empleos dignos, no trabajos amparados en la lástima, sino que ganados por méritos personales.

Qué maravilloso sería dejar de verlos como objetos, sin capacidad de autodeterminación o decisión sobre su futuro y sus gustos personales.

Qué maravilloso sería permitirles prepararse para la vida adulta en contextos reales, donde se respete que, independientemente de ese cromosoma extra, tienen intereses propios de su edad y no son niños eternos.

Todos podemos aprender, la magia está en darse el tiempo de conocer a las personas y descubrir sus talentos para así tratarlos dignamente y no como los estereotipos sociales nos dictan.

No nos detengamos en aquello que les cuesta o no pueden hacer, pues es infinitamente más importante vivenciar lo que logran y cuánto disfrutan de alcanzar sus metas.

Apoyemos a las familias y entendamos que todos tenemos distintos ritmos de aprendizaje, que lo importante no son las etiquetas, sino el respeto de nuestra individualidad.

No todas las personas con Síndrome de Down son iguales. Generemos los espacios para que puedan desarrollar sus capacidades y aunque cueste, dejemos la sobreprotección, permitiendo que se sientan orgullosos de ser quienes son. Todo es posible, siempre.

Sandra Urra
Docente de la escuela de Educación
Universidad Santo Tomás Concepción