BioBio Cine

El encuentro definitivo entre el público y el séptimo arte

Fueron seis días en que la ciudad vibró y fue testigo de un evento fílmico, con carácter internacional, de contundente y sólida programación pensada en la gente. Diversidad que se construyó entorno al encuentro entre culturas, siendo la figura del Trapeñi el maestro de ceremonias de cada uno de los rituales cinematográficos desarrollados en el Teatro UdeC, Aula Magna, Auditorio del Colegio Médico y Alianza Francesa. Una séptima versión, con espacio para Muestras, Competencia e Industria, que mira hacia el futuro en instaurar “La semana y avenida del cine”, pues abril ya es el mes de BioBio Cine.

Por Mauricio Maldonado Q.

Aula Magna del centro penquista, son cerca de las 20.00 horas del martes 23 de abril y el público se apresta a entrar en la sala para ver la proyección de la cinta “Te prometo anarquía”. Prácticamente a oscuras, una música incidental, que recuerda a una ceremonia mapuche, incita a la audiencia a “desintoxicarse” de lo que estaban haciendo unos minutos antes para prepararse para introducirse al proceso de ver una película. Una especie de ritual de cerca de 10 minutos -creado por el músico y compositor penquista Rodrigo Álvarez- que BioBio Cine replicó en sus otras tres sedes y a lo largo de sus seis días de programación.

“Más que ser un festival o un evento somos una experiencia, y eso es lo que buscamos y vamos construyendo en cada una de las versiones. Que al entrar a las exhibiciones te encuentres con algo distinto, una música y ambiente distinto, un tono diferente, que dejes todo atrás y te sumerjas en la experiencia de ir a presenciar un trabajo fílmico también distinto. Así lo planteamos este año, en que cada uno de nuestros espacios de exhibición fuera un territorio caracterizado por ciertos elementos -fuego, mar, viento y cordillera- y estos los transformamos en música”, cuenta Francisco Toro, director de esta cita cinematográfica que hace unos días vivió su séptima versión.

Edición que tuvo como sello el encuentro de las culturas, con una contundente selección de películas coreanas, japonesas, chilenas, de toda Latinoamérica, Estados Unidos y muchas europeas, que se desplegó en pleno corazón de la ciudad y que se proyecta con miras a ser una especie de circuito, con una duración determinada, entorno al séptimo arte. “Queremos instaurar dos grandes conceptos o ideas: ‘La semana del cine’, de ahí que hicimos crecer el festival en un día, y además la ‘Avenida del cine’, que parte en la sala del Colegio Médico llegando al Aula Magna del centro, pasando por la Alianza Francesa y el Teatro UdeC. La idea es que en un par de años más podamos levantar, construir y generar algo interesante en este verdadero circuito fílmico”, dice Toro.

Este retorno o vuelta al centro penquista -la edición pasada tuvo sedes muy distantes entre sí, como por ejemplo, el Teatro Biobío- se recalcó la territorialidad de los espacios y el tipo de muestras que se desarrollaron allí, es decir, con más detalle y en línea con el carácter ceremonial de esta versión, “matizamos las salas y le dimos una cierta marca a cada una de ellas, acorde con las cintas exhibidas. El auditorio del Colegio Médico fue como el espacio más ‘político’ del certamen, con toda la cinematografía que sigue esta línea, que también encerró como lo patrimonial. El Teatro UdeC fue la sede de las grandes películas, casi puro largometrajes estrenos chilenos y extranjeros, mientras que el Aula Magna la denominamos el ‘Kütral’ (fogón) donde tuvo lugar la competencia y estuvo representada la interculturalidad completa. Y por último, en la Alianza Francesa se proyectaron las cintas de corte más experimentales”.

Un regreso que igual se gatilló debido al enfoque hacia el público en que hizo hincapié el festival, o sea, configurar una programación de cine de autor pensada y cercana a la gente, un espacio de reflexión y diálogo entorno al séptimo arte abierto a la audiencia sin límite de edades. En palabras de Francisco: “Lo que hicimos fue poder expandir la proyección del festival a muestras que tienen más que ver con las audiencias. Las competencias obedecen más a la industria, su foco está en eso, pero lo que nosotros pensamos es que BioBio Cine tiene que crecer en función de la urbe. Nuestra programación está pensada así, traemos cine de calidad, muy bueno, cine de autor potente, pero siempre pensado en el público. No pensamos un festival que se mire a sí mismo, no nos interesa un festival donde armemos ‘tesis’ sobre cómo logramos las películas, buscamos una instancia para dialogar con la ciudad, con las personas y que sientan que es un lugar propio. Es nuestra búsqueda y ahora tiene que ver con convencer a los otros, necesitamos el apoyo para seguir construyendo el festival”.

A lo que agrega que “no somos un evento ni tampoco un espectáculo, nos transformamos aquí, en Concepción, en el foco de la industria chilena e internacional por varios días, convocamos a la gente, hacemos un festival gratuito. Hemos exhibido más de 400 películas en todos estos años y todo de libre acceso, levantamos un espacio para que la gente comience a hablar desde el cine. Nosotros lo que hacemos es tratar de construir, con todas nuestras muestras que configuran el festival, una programación con las cosas que a la gente le interesa ver. Partimos el primer año con 3.600 espectadores y ya estos últimos años superamos los 13 mil. A la gente sí le interesa nuestra propuesta, si bien no hemos logrado ‘explotar’ en la ciudad por diversas razones, sí hemos mejorado en varios aspectos que tienden a subsanar aquello, Concepción igual es una ciudad extraña en cuanto a los eventos, independientes si son gratuitos o no. Creo que cada año vamos cautivando a más audiencias”.

Un espacio para todos los gustos

En concordancia con esto, y también marcando un contrapunto con los años anteriores, BioBio Cine simplificó sus líneas de competencia, que en un momento llegaron a ser cinco, este 2019 fueron sólo dos: cortometrajes (ficción y documental, seleccionando un total de 23 trabajos), y largometrajes (con la misma subdivisión, aunque fueron seis las películas que entraron a competir).

Mientras que en lo grueso de su configuración programática, el festival mantuvo sus siete secciones, potenciándolas y nutriéndolas de más invitados y cantidad de films. Es así como Marginales estuvo dedicada al cineasta y guionista Julio Hernández Cordón, proyectando tres películas de su destacada filmografía. Hecho en Chile contó con seis largometrajes nacionales, lo más nuevo y reciente que ha dado la industria cinematográfica chilena. Por su parte, Hecho en Bio Bio exhibió cuatro films, también estrenos, creados y producidos aquí en la Región por jóvenes audiovisuales locales.

Memoria Fílmica sorprendió a la audiencia con ocho trabajos en que se pudo apreciar y conocer parte de nuestra historia como Región y país, sensación igual de reveladora e inquietante que se prolongó en la sección Venas Abiertas, compuesta por cinco impactantes películas de los realizadores Guido Brevis, Hans Mülchi y Angelo Baca. Puelmapu reflexionó sobre tres films trasandinos con temáticas entorno a la Patagonia. Y Cin(e)xperiencia estuvo colmado de múltiples e interesantes trabajos que cruzaron lo fílmico, sonoro y performático. “En nuestra primera versión recibimos 180 películas, luego el segundo año 400, de ahí saltamos a 800 y luego superamos las 900 y 1000, y ahora recibimos más de 1.400, también hay muchas películas que son invitadas y de distribuidores, llegando a las casi 1.500. Algunas son para la competencia y otras para las muestras, pero en general, hay un interés creciente de formar parte de nuestra programación”, resume el director de BioBio Cine.

Igual de importante resultó la sección Hecho para Niños y Niñas, espacio compuesto por material realizado por y para niños, la cual se dividió en tres días -durante la jornada de la mañana, dos en el Colegio Médico y una en el Aula Magna- y se realizó con invitación exclusiva para establecimientos educacionales de la zona, “apuntamos derechamente a la formación de público con esta sección, lo cual es muy relevante para nosotros como festival, ya que en el fondo estamos sembrando para cosechar en el futuro a nuestros propios espectadores”.

Como un plus a todo lo que encerraron y generaron todas estas secciones, se destacó lo visto en la ceremonia de inauguración, realizada sobre el escenario del Teatro UdeC y que tuvo como gran protagonista la proyección de “Perro Bomba”, aplaudida cinta del cineasta nacional Juan Cáceres, la cual ha obtenido importantes reconocimientos internacionales y en que aborda la problemática del racismo e inmigración en nuestro país. Un estreno absoluto y que marcó el pulso de todo lo vivido, y visto, dentro del extenso cartel del certamen fílmico penquista. “Trata de la historia de un inmigrante haitiano que llega a Santiago, siendo al principio todo bien, bonito nuevo mundo, pero después viene el otro lado, la dura realidad. Es una película bien triste e impactante, pero súper decidora respecto a la experiencia, además de contar con un elenco de actores y actrices sumamente connotados. Fue ideal el poder contar con esta cinta para la apertura de toda nuestra programación, como que engloba todos los elementos que queríamos extender a todas nuestras cintas, el concepto del encuentro entre culturas”.

De manera paralela, pero como un complemento a lo que generan las exhibiciones, se desarrolló Industria 2019, hito comandado por Eduardo Villalobos que reunió a cineastas y gente que está desarrollando proyectos en el área cinematográfica con la industria, con el fin de que esas ideas se puedan concretar y llevar a la pantalla grande. Esta no menor parte del festival contempla las secciones Bio Bio Lab (proyectos en desarrollo), Laboratorio de Guiones (proyectos latinoamericanos que están en proceso de guión), Laboratorio Corte Final (laboratorio de montaje, en que tres montajistas internacionales se interiorizaron en seis proyectos fílmicos), Laboratorio de Web Series (con proyectos regionales y nacionales) y Encuentros (meeting entre la industria cinematográfica y los realizadores). “Igual es una parte importante dentro de lo que representa BioBio Cine y que en esta ocasión también la incluimos dentro del recorrido de las salas, puntualmente en el espacio Working Place y Hotel El Araucano, siendo el eje central del circuito la Plaza de la Independencia”.

Imagen con carácter

Otro aspecto fundamental, y que se trabaja con especial cuidado cada año, es la imagen que proyecta BioBio Cine. El afiche dice mucho de lo que encierra el evento, por lo que en cada versión eligen con sumo cuidado quien se hará cargo de aquello, poniendo ojo en que, principalmente, sea un o una artista local destacada y que represente de la mejor manera el espíritu o línea de programación de las películas, las que se proyectan bajo el manto del Trapeñi, figura ancestral de la mitología mapuche que desde siempre ha sido el símbolo del festival.

“En esta ocasión trabajamos con Fernando Cartes, aunque él había colaborado de distintas maneras en ediciones pasadas de BioBio Cine. La idea era mantener a nuestro Trapeñi entorno al fuego, lugar desde donde escucha a la gente, desde el humo de la fogata, y comparte su conocimiento. Eso es lo que congregó el afiche e imagen de esta versión y quisimos proyectar ante el público”, explica Toro.

Sobre la importancia y lo que representa esta imagen para el festival, el también realizador cinematográfico manifiesta que “es el lo que nos da el carácter e impronta en cada edición, siempre lo hacemos con alguien de aquí de Concepción, en una ocasión se lo encargamos a la artista Lucía Haristoy, luego a Ángela Jarpa y ahora a Cartes. Hemos pensado en realizar una convocatoria abierta, pero consideramos que es mejor que sea una invitación directa, ya que es un beneficio mutuo, pues potenciamos nuestra labor y la de nuestros artistas, dándoles visibilidad”.

Apoyo transversal

 Aunque en lo general, esta séptima edición se perfila como la mejor desarrollada y lograda dentro de la trayectoria del festival -cada año se va superando así misma-, no ha sido para nada fácil el camino para alcanzar tal madurez y seguridad. Es más, gran parte de lo alcanzado se ha debido al entusiasmo mostrado por el público hacia el festival, ya que “no sólo la gente de la ciudad va a ver las películas sino también trabaja de manera voluntaria con nosotros. Cuando abrimos la convocatoria de voluntarios, esta dura pocos días, ya que superamos con creces la cantidad de personas que quieren ayudar dentro del desarrollo de la programación”, apunta Toro.

Sin embargo, es algo que debiera ser transversal, pues “también precisamos del apoyo de las autoridades y el Estado, lo que va más allá de sólo lo financiero, es el hacerse cargo en serio de los proyectos y no sólo querer pararse frente a la foto. Eso es una de las cosas que más nos ha costado durante los años, aparte de la conformación de un equipo, el que te crean en serio”.

Credibilidad que se supondría ganada y merecida por la trayectoria del festival, lo que por ende daría alas para proyectarse con más fuerza cada año, pero que en lo concreto dista de ser verdad, debido a que “el crecimiento del apoyo debiera ir en función del festival, y los aportes que recibimos ahora son los mismos que hace cuatro años. Nosotros necesitamos el poder financiarnos durante todo el año para mantener vivo todo esto, de lo contrario se puede terminar. Y los instrumentos para ello no existen, un festival como nosotros debe tener, como mínimo, 12 años para que tenga la categoría de ‘trayectoria’ y pueda financiarse de manera directa, sin necesidad de postular año a año a fondos. Pero, realmente y siguiendo esta lógica, no sabemos el donde está puesto el foco, ya que, por ejemplo, el Fidocs, el festival internacional de documentales de mayor trayectoria del país, se quedó sin financiamiento estatal este año. Nos ha costado mantener esto arriba y queremos seguir haciéndolo crecer, para eso sabemos que es con la ciudad, con sus  autoridades y empresas, todos juntos”, afirma Francisco.

Añadiendo que “otro ejemplo, y en lo que nos tocó en lo más cercano, es que no tuvimos Vermut. La ciudad que queremos tienen que ver con la reflexión y las cosas que apunta a aquello es el cine, no podemos permitirnos el perder instancias como este proyecto, que fuera de proyectar cintas nacionales realzaba el valor patrimonial de nuestra capital y sus galerías. Necesitamos construir esos espacios, es bacán pasearse por Conce y que pasen varias cosas, años atrás no era así. Me siento orgulloso de vivir en esta ciudad. Viajo mucho durante en el año a distintas partes del mundo, pero me siento más cómodo en mi ciudad. Tenemos que seguir aportando y construyendo a la cultura penquista, sumando no restando”.

 Sin perder de vista dicho crecimiento, y contra viento y marea, BioBio Cine avanza a buen ritmo, y una de sus virtudes es que mientras desarrolla una versión, ya está trabajando en la siguiente. Si bien el 2020 el certamen vivirá su año número ocho, se proyecta lo que será su décima edición, instaurarse como el acontecimiento definitivo del séptimo arte en Concepción, tal como asegura el también cineasta. “Queremos rememorar todo lo que ha acontecido estos últimos diez años y de como ha sido este camino, y cual será el modelo de este festival que se instaurará en los diez años siguientes. Nunca nos cerramos a entender esta ciudad y cada año nos vamos acercando más a aquello. Estamos maqueteando lo que debería ser nuestra primera década, un trabajo minucioso y prolijo que ya estamos construyendo, la meta y gran objetivo es tener un festival que esté en la calle, vivo durante todo el año y que esté presente en todas partes, una experiencia que la gente la sienta propia. No sé si es tan medible lo que queremos, pero sí la sensación que puede generar. Todos los festivales de cine del mundo crecen a la par del lugar en donde se desarrollan y funcionan ahí, la ciudad está dedicada en cuerpo y alma a su programación durante esos días. Que la gente sepa y esté conciente que en abril fijo va el festival, que sea parte de la cultura de la ciudad, insertarnos de manera definitiva en la cultura penquista”.