Día de la Madre

El arte de amar sin límites

“Para el ardor ingrato de recónditas penas, no hay como la frescura de esas dos azucenas. ¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias, son dos milagros blancos apaciguando angustias! Y cuando del destino me acosan las maldades, son dos alas de paz sobre mis tempestades”.

Las manos de mi madre, Alfredo Espino.

Aunque sus orígenes estaban ligados a una celebración católica en la Inglaterra del siglo XVII, aquel popular “Domingo de las Madres” que celebraba a la virgen, fue abriendo paso a una festividad que años después, se expandiría al resto del mundo.

Para ese entonces, los dos hitos que marcaban la fecha eran el día libre que se daba a empleadas domésticas para que pudieran estar con sus familias, y por otro lado, la costumbre de que los niños pequeños que concurrían a misa, regresaran a sus hogares con obsequios para las festejadas.

Pero si hay un personaje icónico en la permanencia de este rito, y sobre todo, en su profundización, es la poetisa y activista Julia Ward Howe, cuya popular “Proclamación del Día de la Madre” en 1870, se tradujo en un ferviente llamado a la paz y al desarme.

En su afán por preservar estos esfuerzos, se empeñó en desarrollar congresos y encuentros que reflexionaran en torno a este rol. Y a pesar de que muchas de sus iniciativas decaían con el paso del tiempo, su ímpetu la llevaba a buscar otras vías, teniendo siempre como bandera de lucha, la paz y el respeto a los derechos de la mujer.

“Nosotras, mujeres de un país, tendremos demasiada compasión hacia aquellas de otro país, como para permitir que nuestros hijos sean entrenados para herir a los suyos. Desde el seno de una tierra devastada, una voz se alza con la nuestra y dice ‘¡Desarma! ¡Desarma!’ La espada del asesinato no es la balanza de la justicia. La sangre no limpia el deshonor, ni la violencia es señal de posesión. En nombre de la maternidad y la humanidad, les pido solemnemente que sea designado un congreso general de mujeres, sin importar nacionalidad, y que se lleve a cabo en algún lugar que resulte conveniente, a la brevedad posible, para promover la alianza de diferentes nacionalidades, el arreglo amistoso de cuestiones internacionales”, proclamaba parte de su manifiesto.

Sin embargo, y pese a sus bondadosos objetivos, no hubo cabida para la alianza que solicitaba, pues en esa época, los esfuerzos revolucionarios del género estaban concentrados en otro histórico objetivo: el derecho a sufragar.

Pese a lo anterior, sus ideas revolucionarias lograron hacer eco en otra valiente mujer, que años más tarde levantaría esta lucha con fervor. Se trata de Anna Jarvis, un ama de casa que se animó a organizar a sus pares durante la Guerra Civil, para trabajar juntas en la mejor de condiciones sanitarias y otros aspectos. Los resultados esta vez fueron más notorios, más que por los resultados, por la cantidad de adherentes que ganó el movimiento.

Lamentablemente, tras años de lucha la mujer falleció en un trágico accidente, pero sus ideas permanecieron intactas en su hija, que años después, y como un homenaje a su progenitora, se esmeró en celebrar el Día de las madres.

En este marco, en 1873 mujeres representantes de 18 ciudades de Estados Unidos, realizaron la primera “Reunión del Día de la Madre”, que se siguió celebrando en Boston por más de diez años consecutivos. De igual modo, en 1907 en Virginia Occidental, se concretó el primer congreso, por el que tanto había luchado décadas atrás Julia Ward. Y un año después se llevó a cabo una marcha de mujeres junto a sus hijos, que terminó siendo el hito que marcaría el inicio de una celebración a perpetuidad, que al fin en 1914 llevaría al Presidente Wilson a declarar el segundo domingo de mayo, como el Día de la Madre en Estados Unidos.

Inicios de la celebración en Chile

Aunque no está clara la fecha en que comenzó a celebrarse el Día de la Madre en Chile, los registros más antiguos datan de 1940, sin poder precisar el mes, ni mucho menos el día en que se les homenajeaba.

En la década de los sesenta en cambio, surge el primer documento de registro, con origen en la Cámara de Diputados, en el que consta que dicha celebración se desarrolló el día 17 de octubre de 1967, pues en él una diputada pedía al resto de la cámara conmemorar en aquel día a mujeres de poblaciones y de los campos, rindiendo un especial homenaje a quienes se organizaban en Centros de Madres; precisando el primer énfasis en la festividad.

Sin embargo, no sería hasta 1977 cuando se estableció la celebración para el mes de octubre mediante decreto supremo. ¿Por qué cambiaría entonces? Todo indica que la causa fue netamente comercial, pues como en mayo se celebraba a las madres en Estados Unidos, en la década de los 80 Chile optó por sumarse al mismo día.

Maternidad v/s modernidad

Ser madre en el siglo XXI parece tener muchos beneficios. El mayor acceso a información, las ofertas tecnológicas para cada proceso, una mayor variedad de opciones educativas, avances médicos notables, y una serie de productos que hace unas décadas eran impensados, son sin duda aliados para quienes dan a luz en la actualidad. Sin embargo, existen otros factores como el ritmo ajetreado de vida en la ciudad, o los peligros sociales y medioambientales a los que están sometidos niños y niñas, que convierten la maternidad en una búsqueda constante por el equilibrio.

Ante este desafío, lo más complejo parece ser encontrar tiempo para todo, o derechamente, para compatibilizar ser madre y profesional al mismo tiempo. ¿Es posible? Aunque la respuesta es sí, el esfuerzo que implica sigue dejando mucho que desear, pues es un hecho que en Chile y el mundo, el ámbito laboral sigue castigando la maternidad.

En el caso de Tamara Altamirano, asegura que fue su instinto el que la llevó a dedicarse al 100% a sus hijos. “La maternidad ha cambiado mi vida completamente. Al nacer mis hijos, nací yo también como mamá a la que solo le interesa lo que hacen sus cachorros. Salvador y Emilia son todo para mí, no sé qué haría si les pasara algo”, cuenta con seguridad.

Pero como toda madre con un fuerte y enérgico espíritu, no se quedó tranquila y buscó el modo de seguir laborando en un rubro en ese entonces nuevo para ella, pero que hasta hoy, la llena de satisfacción. “Como padres canguros creemos que los primeros años de vida de un hijo son fundamentales para crear vínculos fuertes de afecto y potenciar el desarrollo. Por lo mismo, recorrimos mucho buscando productos que nos ayudaran a fomentar el porteo, el apego y la crianza respetuosa, pero no encontramos. Así nació Run Run Bebé, un emprendimiento familiar en el que tratamos de reunir todo lo necesario para que esta tarea sea más fácil”, sostiene refiriéndose a la génesis de un proyecto que nació de cero hace tres años, y hoy los tiene con una tienda física en Talca, y realizando envíos constantes a todo el país.

El proceso, según cuenta Tamara, se ha forjado errando, mejorando y aprendiendo. “Hemos puesto todos nuestros esfuerzos aquí, y lo hacemos a pulso como familia, con nuestros dos hijos y con la mayor dedicación. Además sentimos un amor especial por los portabebés ergonómicos. Nos encanta el Porteo y por eso estamos en constante formación”, relata la mujer recientemente formada como Educadora de Porteo en la escuela española Kangurearte.

En su tienda www.runrunbebe.cl ofrecen productos variados, que saben no tiene el comercio tradicional, pero que sí son necesarios para las nuevas familias. “Pasa por ejemplo con las mamaderas que ayudan a la transición del pecho a ellas, o que permiten ir alternando pecho-mamadera sin que el bebé se confunda. Ese es un producto que buscan mucho quienes quieren continuar con la lactancia materna, o chupetes totalmente orgánicos”, ejemplifica.

Cambios y desafíos

Salvador, primogénito de Tamara, nació cuando ella tenía 34 años. “Saber que estaba embarazada fue la alegría más grande de mi vida. Fue un niño buscado, queríamos mucho tener un bebé. Somos bastante estructurados con Carlos. Así que fue lo mismo con mi hija después, tanto así, que se llevan por 3 años casi exactos”, explica riendo.

Aunque asegura que ambos son la alegría de sus vidas, también es enfática al recordar un momento complejo que debieron enfrentar como familia. “Cuando Salvador tenía dos años y medio, fue diagnosticado dentro del Expectro Autista. En ese momento yo tenía 6 meses de embarazo de Emilia. Fue un golpe fuerte, porque nos estábamos enfrentando a una condición de la que sabíamos muy poco. Pero desde ahí, todo ha sido un aprendizaje. Podemos ver el lado sencillo de las cosas, ser felices con cosas más simples. Entender y ver cómo avanzan a sus ritmos, y ver que son niños felices, me hace sentir como la mamá más feliz del mundo”, cuenta dichosa.

Al hablar sobre el futuro, es rápida al expresar sus deseos de igualdad. “Me gustaría que las familias, cuyos hijos tengan necesidades especiales, no tengan que pedir por favor que sus hijos sean incluidos. Sueño con un mundo en donde esto deje de ser tema y todos tengan las mismas oportunidades”, asegura.

Para Hilda Mora, los objetivos son similares. En su caso fue madre a los 22 años, y recuerda que lo más impactante en ese entonces, fue asimilar que llevaba otra alma dentro de sí. “Es algo increíble y fascinante, tanto como cuando nacen y sientes su cuerpo. Su existencia está tan ligada a ti, y dependen tanto el uno del otro, que es algo que te marca y te da seguridad. En mi caso fue así, sentí que enfrentar ese dolor tan inmenso para dar paso a la vida, fue una prueba del valor que había dentro de mí, y es eso lo que de ahí en adelante me permite enfrentar todo lo demás”, recuerda con emoción.

La joven geógrafa de 34 años, que actualmente se desempeña como docente, es madre de cuatro pequeños, por lo que como muchas, ha debido compatibilizar por años la crianza y otros ámbitos como estudios y desempeño laboral. “Influye mucho, por supuesto, pero el querer responder del mejor modo, te entrega mucha más determinación. Las responsabilidades se acentúan mucho, y con ellas las ganas de seguir, yo lo he vivido de una manera positiva, aunque claro, debo agradecer a mi familia que ha sido siempre un pilar fundamental para que yo pudiera seguir desarrollándome profesionalmente, mientras criaba a mis bebés”, explica.

Para Hilda sus hijos de 11, 9, 7 y 2 años, significan todo. “Por ellos estoy dispuesta a seguir avanzando siempre, y a superarme mientras los disfruto. No quiero perderme ninguna etapa de su desarrollo. Esa incondicionalidad es algo que quienes somos madres podemos entender a la perfección. Es estar por siempre ahí, entregándoles todo nuestro amor, ante cualquier circunstancia”, sostiene.

Entre los aspectos que más han mutado en su vida, responde transversalmente, que lo que cambió fue básicamente su forma de vivir. “Cambia la forma de concebir la realidad, desde cosas tan cotidianas que es muy fuerte asimilar. Por ejemplo algo tan simple como dormir tranquila, o poder tomar una ducha en paz. Eso es radical, pero así también hay cambios positivos que son mucho más profundos, como el replantear prioridades y metas. Desde que fui madre, mis proyectos tomaron un rumbo definitivo en pos de mi pequeña familia, con el amor como conductor siempre”.

Sobre sus deseos para el futuro, asegura que lo primordial es que las decisiones que tomen sus pequeños, sean desde su propia felicidad. “Me gustaría que siempre tuvieran presente que el perseverar ante lo que se desea, es clave para lograr cada meta que se propongan. Y si bien la vida tiene muchos matices, y una madre desea que la de sus hijos sea lo más suave posible, entiendo que no estamos exceptos de vivir en todos los tonos. Por eso lo que más quisiera, ante cualquier situación, es que logren tener la capacidad de ser resilientes. Eso es clave”, expresa.

Las palabras de la joven madre, son un ejemplo perfecto de la principal diferencia entre la maternidad de antaño y la actual, pues si bien, es fácil contrastar la serie de avances con que se goza, ambos testimonios coinciden en que los riesgos que perciben en la actualidad, son su mayor preocupación.