El álbum familiar

A mi nonna

Now we’re there and we’ve only just begun This will be our year, took a long time to come The Zombies

Por Víctor Bascur Anselmi. / Ilustraciones: Tebal

Nos pasábamos la tarde entera armando canapés de huevo y palta a partir de marraqueta cortada a lo ancho. La casa de mi abuela, a la que siempre le he dicho nonna, era el punto de encuentro de la noche que pasaríamos primos, tíos y amigos y los preparativos incluían encerar el piso de la larga galería de madera junto a la tía Irma, correr el televisor al comedor para que los niños pudiéramos ver los especiales de Charlie Brown, Los Simpson e incluso Los Venegas, y hacer cola de mono que se guardaba en botellas retornables de Coca Cola.

Era eso y sacar los platos más bonitos que sólo aparecían por la mesa en ocasiones especiales, porque esta noche tenía que ser especial. La loza era totalmente blanca, reluciente y junto a ella brillaban los cubiertos que regresaban después de un año a la comida familiar. Claro, los más chicos no nos sentábamos ahí. Nuestra mesa plegable se añadía a la de madera donde iban mis papás y mis tíos. Nosotros, los primos, nos apretujábamos en la del pellejo, luego de vestirnos y peinarnos exageradamente impecables, para la ocasión.

El árbol, que habíamos comprado en Lorenzo Arenas por mil pesos, había sido enterrado en un tarro envuelto en papel de regalo y relleno de tierra y piedras para que mantuviera su firmeza; dejando su lado más chueco hacia un rincón del living para que su parte más bonita fuera la que todos pudiéramos ver.

Poco antes de la cena, los niños éramos sacados a la calle para que viéramos al viejo pascuero pasar y, por supuesto que cuando Kamal, mi vecino, aseguraba haberlo visto en el cielo, yo confirmaba la situación, para no perderle pisada. Cuando volvíamos a la casa, los regalos ya estaban instalados, pero nadie podía mirarlos antes de las 12. Beto, el perro perdiguero que se asustaba con los disparos cuando mi nonno salía a cazar, olfateaba los papeles rojo y verde dejándolos mojados con su nariz y si pasaba a mover las ramas del pino, botaba los adornos que se quebraban instantáneamente al golpear el suelo.

Nos llamaban a sentarnos y aparecían grandes trozos de carne, papas duquesas y porotos verdes. Pan de pascua al que le sacábamos la fruta confitada, cola de mono sin alcohol para los más chicos y, si teníamos suerte, un par de canapés que se salvaban de las manos adultas y a los que les quitábamos toda la decoración antes de comer.

Entre las 10 y las 12 de la noche el tiempo no pasaba. Salíamos a la calle con mis primos a jugar y nuevamente veía a Kamal y a mis vecinos, con los que improvisábamos el único partido del año donde todos jugábamos limpios y peinados y sin autos que interrumpieran el clásico donde hombres y mujeres corríamos a lo largo de todo Ongolmo sin miedo. Libres, a la espera de un regalo.

Desde ahí mirábamos el mundo y una semana después, en calle Los Carrera, celebraríamos el año nuevo, todo el barrio junto nuevamente, mirando explotar fuegos artificiales en el cielo iluminando de rojo nuestras caras y yo vería a mi vecina Camila y descubriría algo que hasta ese momento ignoraba.

Pero para eso faltaban siete días aún y nuestro juego inmortal sería interrumpido por el llamado de los grandes a volver a la casa porque ya era hora. Al fin era nuestra hora, pero antes de abrir los regalos era el momento justo para la foto familiar. El modo semiautomático de disparo generaba la risa de todos quienes nos acomodábamos sabiendo que más de alguno saldría cortado de la captura. Y así era. Un mes después lo sabríamos y nos volveríamos a reír.

Abríamos los regalos y lo más chicos juntábamos los nuestros y armábamos una gran historia donde a cada uno le correspondía ser el héroe en algún momento. En televisión, la navidad era con nieve y una tienda de retail usaba una canción de John Lennon en su aviso publicitario que repetirían esa noche varias veces. Jugábamos hasta tarde, mientras los adultos esperaban que las líneas telefónicas dejaran de estar colapsadas para llamar a los parientes que estaban lejos y cuando mis primos se terminaban de ir, con mi hermana, Mema, seguíamos jugando hasta que el sueño nos intentaba derrotar.

Pero a esa edad nadie es derrotado. Sólo triunfos experimentábamos en la casa de Ongolmo que hoy dio paso a un edificio público abandonado. Nadie juega adentro ni afuera. Y con sólo recordar la mesa del pellejo vuelvo a saborear la mejor comida he probado. Ya ningún partido me emociona tanto como el de esas noches de peinados perfectos. Los canapés y el cola de mono ahora se compran preparados y hay un pan de pascua que no tiene fruta confitada. En la televisión hace rato no están Los Venegas y ya no hay necesidad de correr el televisor al living porque todos tienen una pantalla en el bolsillo que además te avisa si es que alguien saldrá cortado en la foto.

Todo eso pasó y entremedio supe de los problemas familiares, la falta de dinero y las discusiones que se transforman en silencio y luego en ausencia y que finalmente convirtieron la mesa plegable en algo innecesario; pero que desde la calle mirando al cielo no se alcanzan a ver. La infancia muchas veces es un árbol con una gran parte chueca puesta hacia la esquina del living para que los más chicos no la vean antes de tiempo. Y, a medida que vamos creciendo, nos corresponde ir acomodando ese árbol para los que vienen.

Escribo esto mientras miro el álbum familiar, tomo mi teléfono y busco sus números porque sé que las líneas aún no están colapsadas…