En la vanguardia cinematográfica

Cristián Saldía, cineasta: en la frontera de la no-ficción

El director de cine, productor audiovisual y arquitecto, se encuentra pensando en la versión 2019 del Festival Internacional de Cine de No Ficción, Frontera-Sur, instancia nacida en Concepción y de la que es Director Artístico. Su exitosa segunda versión, realizada en noviembre del 2018, contó con una inauguración a sala llena en el Teatro Biobío. Además, desarrolla su segundo documental, El viento sopla donde quiere, el cual está, como califica, en un proceso de cambio. Su ópera prima, El ruido de los trenes (2015), se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Valdivia, realizando un recorrido de exhibición por Chile, América Latina y Europa, y en su lugar de filmación, San Rosendo, cosechando varios premios, dándole la oportunidad de viajar y generar redes de contacto.

Por Cristina González G. | Fotografías: Francisco Méndez R.

Nació en Concepción, en un barrio ferroviario, que marcaría su primera película, “mi abuelo trabajaba en ferrocarriles y viví ahí casi toda mi vida, hasta que estaba en la universidad, era como esos típicos barrios medios industriales, donde las casas eran iguales y todos estaban ligados a los trenes o trabajaban en las estaciones”.

Estudiaste Arquitectura en la Universidad del Bío-Bío y luego cine, ¿cómo fue esta transición?

Entré a estudiar Arquitectura ya que no había otra alternativa, cuando entré a la universidad y tenía que elegir, me gustaba el cine, pero tampoco sabía tanto y no había ninguna posibilidad de estudiar acá, no habían escuelas de cine; sí, Comunicación Audiovisual, pero no me tincaba mucho en ese tiempo.

¿Siempre te interesó el cine?

Desde ese tiempo ya me gustaba, veía muchas películas, pero no sabía bien si estudiarlo. La alternativa para eso era irse a Santiago y como no tenía el dinero, ni cómo irme, la alternativa más concreta, por ahí más cercana, era la arquitectura, pensaba que algo tenía que ver con un lado más artístico.

Como en la mitad de la carrera, estuve a punto de tomar la decisión de irme a Santiago a estudiar cine. Estaba un poco atrapado, me gustaba la carrera, pero justo en esa época, pasa como una transición de los primeros años que son muy ligados al arte y en tercero entran fuerte las asignaturas relacionadas con construcción. Coincidiendo con algo específico, realicé un taller de apreciación cinematográfica en la universidad, que era notable. Yo antes del taller veía películas, pero tampoco cachaba tanto, y ahí vi películas que no había visto nunca, clásicos, y dije, ‘pero dónde estaba esto’. Me cambió la percepción de lo que yo creía que era el cine. Eso sí, después de pensarlo, decidí terminar de estudiar.

El ruido de los trenes

Luego de ese punto de inflexión y terminar sus estudios, enseguida comienza un Postítulo en la Universidad de Chile de Realización Cinematográfica, “la Escuela de Arte en la Chile tenía dos diplomados de cine, ahí empecé a estudiar, realizar proyectos. Filmamos con películas de 16 mm, un corto con el curso, haciendo todos los procesos del cine tradicional, filmando con cámaras, con negativos, revelando, creo que fuimos la última generación que hizo eso, en el 2006”.

“Me gustó caleta, pero quedé con las ganas de ir conociendo más cosas, tenía la sensación de que quería hacer algo yo, empezar un proyecto personal y me puse a escribir El ruido de los trenes”.

También estudiaste en México, Berlín, Uruguay y Venezuela, ¿cómo fueron estas experiencias?

Comencé a aprender cómo funcionan los proyectos en el cine, y hay un montón de lugares en el mundo ligados a los festivales de cine y otros que son autónomos, donde apoyan proyectos en desarrollo. Postulé y tuve la suerte de que El ruido de los trenes comenzó a llamar la atención y me seleccionaron de distintos lugares. La única alternativa eran esas instancias, porque te becaban e invitaban. Uno decidor fue DocMontevideo, donde seleccionan diez proyectos latinoamericanos y los invitan a un taller de escritura, dirigido por una productora española, Marta Andreu. Fue importante el taller de ella, ya que potencia los proyectos y tiene una mirada muy lúcida, eso ayudó mucho a la película.

A raíz de eso, postuló al Festival International Visions du Réel de Nyon de Suiza en 2014, en la sección Docs in Progress, donde seleccionan cinco proyectos internacionales que están terminando su etapa de montaje. Allí conoció a la productora Catalina Donoso, que fue clave para ganar el Fondo Audiovisual para El ruido de los trenes en su tercera postulación. “Fue importante, porque tuvimos los medios para hacer una postproducción y toda la parte final de la película. Contamos con la suerte de contratar a una montajista súper, que de hecho hoy es inalcanzable, trabajamos con Soledad Salfate (Una mujer fantástica, 2017; Rara, 2016; Matar a un hombre, 2014). Hicimos una postproducción de sonido e imagen en un estudio increíble y eso dio pie para que la copia de la película final tuviera una calidad que se pudiera exhibir en cualquier lugar”.

La película estuvo en festivales de Chile, Francia, Brasil, Holanda, España y Uruguay, entre otros. Y obtuvo varios premios, como el de Mejor Documental de la Región del Biobío en los Premios Ceres en 2017, “a partir de los festivales he tenido la suerte de viajar. A veces no se gana plata con el cine, pero sí se viaja y ha sido entretenido eso”.

Estuviste trabajando seis años en El ruido de los trenes, ¿cómo fue ese proceso?

Casi siete años, el 2015 se estrenó en el Festival de Cine de Valdivia. Siempre cuento esto, pero me parece que con la distancia lo veo más claro, fue bacán porque nació a partir de una idea muy chica, básica y sencilla, de querer hacer una película y no tener nada, ir adelante con el impulso. Compré una cámara, un micrófono, y se me ocurrió la idea de San Rosendo.

¿Y cómo llegaste a la idea de filmar en San Rosendo?

Por mi abuelo. Mientras estaba haciendo una práctica de Arquitectura en Santiago y juntando el dinero para comprarme una cámara, ya andaba con la idea de hacer la película. No me acuerdo bien, de pronto salió la conversación, él trabajaba acá en Concepción, pero le tocó ir un par de veces a San Rosendo y decía que era el lugar de los trenes en la Región, un centro ferroviario. Fui a conocerlo, subí al pueblo, y lo encontré increíble, muy bonito; además, con el viaje en tren yendo por la orilla del río, quedé alucinado.

Fue una película a largo tiempo y no fue pensada. Hay una inquietud que siempre tuve, sobre todo en la época cuando estaba haciendo el diplomado de la Universidad de Chile, donde tenía tiempo y solo veía películas, cinco o seis películas diarias, vi todo el cine que existía en ese momento, el de los grandes directores, desde la primera hasta la última. Y siempre tuve la inquietud al ver esas películas de que había algo en el cine tradicional con lo que no me sentía cómodo: le da mucha importancia a la historia. Hay una manera de construir las películas, un método: primero se escribe el guión y después se piensa en las imágenes y sonidos que van a construir ese guión. Yo pensaba que el guión tiene siempre un anclaje más literario y muchas veces las imágenes y sonidos quedan supeditados al guión, perdiendo la potencia que tienen. Además, empecé a ver algunos directores que trabajaban en el sentido contrario, es decir, desde las imágenes y el sonido surgían los relatos y me parecía más cinematográfico, así que cuando comencé a realizar El ruido de los trenes, dije ‘no voy a hacer un guión, voy a empezar a grabar solamente y a partir de las grabaciones, voy a ver qué puedo ir encontrando para configurar un relato y una historia’. Fue como adrede el ejercicio de ir a San Rosendo una vez al mes, sólo a observar, llegaba, me quedaba en una esquina y veía qué pasaba, empezaba a cachar todas las dinámicas de las situaciones. Pasaron cuatro años y empecé a escribir lo que podía construir con eso y empezó a surgir el guión desde el material. Lo que hacía era llevar la cámara, montarla en el trípode y estar con el micrófono, y grababa casi como los Lumière en los inicios del cine.

¿Cómo era eso?

Yo sólo encuadraba la situación, como ya había ido tantas veces, sabía de ciertas situaciones que ocurrirían, hacía el encuadre y dejaba la cámara ahí.

Sólo observas, no interactúas verbalmente con los habitantes, ¿por qué esta decisión?

La intención de la película fue de esquivar la información, que llegara a través de otros elementos, como la imagen, el sonido. Trabajamos mucho el sonido, para generar sensaciones, emociones. Eso resta público claramente, estuve en funciones donde la gente se iba, pero está bien, porque responde a que el público está acostumbrado a ver un tipo de cine, y cuando te enfrentas a algo tan distinto, te dan ganas de salir corriendo, porque no entiendes.

Frontera-Sur

Buscando potenciar el mundo audiovisual de la Región, el Festival Frontera-Sur mantiene la primicia que para hacer películas, hay que ver películas. Para su tercera versión en 2019, desarrollarán la primera edición del Laboratorio de escritura de proyectos de cine de no ficción FRONTERA-SUR LAB, “la idea es que aparte de ver películas y compartir con los invitados, se empiecen a generar proyectos desde la región, pensándolos desde acá”.

¿Cómo ha sido estar delante de esta propuesta? Llevar el cine que no se ve habitualmente, fuera del circuito comercial. Además, fue un salto grande para esta segunda edición que la película inaugural se estrenara en el Teatro Biobío.

En realidad, no sé cómo se van dando las cosas. El festival también surgió como algo chiquitito, de una conversación con una amiga en un café. Yo venía llegando de un festival en el extranjero y vi películas que me causaron mucha impresión, hablando con ella, decíamos que estas películas increíbles no iban a llegar nunca a Concepción. Con suerte, se exhibirían en el Festival de Cine de Valdivia o en Sanfic, pero algunas ni siquiera llegan ahí.

También fue un gesto medio cinéfilo de querer compartir esas películas que a uno le impactan con el público. Y creo que tuvimos un par de buenas ideas en un origen que marcaron el Frontera-Sur, empezó a llamar la atención y ha tenido más repercusión de la que pensamos en un principio.

Lo otro fue la programación, la línea curatorial del festival, que es súper fuerte en términos cinéfilos, que las películas tengan una lógica, una coherencia a nivel de propuesta y discurso. Ese fue el punto fuerte de la primera versión y que llamó la atención en Latinoamérica. Para la segunda versión mantuvimos el foco en la calidad de la programación y crecimos en otros aspectos, de ahí surgió la idea de llegar al Teatro Biobío, además sumamos el Aula Magna y la exposición de Louis Patiño en la Sala Punto de Cultura Federico Ramírez de la Municipalidad de Concepción.

Nos interesan las películas que proponen nuevas formas de construir relatos. Entendemos que el cine tradicionalmente se ha hecho de determinadas maneras, que están envejecidas y no innovan, este otro cine está cambiando las formas. También pensamos que el cine, el arte en general, tiene un componente político muy potente, y no sólo por lo que dicen las películas, sino por los materiales con los que trabaja, con una manera más artesanal de construir las películas. Chocamos con la industria que tiende a estandarizar todo, siempre se habla de construir industria en el sentido de generar procesos, y eso termina estandarizando el cine, quitándole la libertad y haciéndolo más un producto que obra. Contra eso Frontera-Sur se resiste.