Jazz en sus propias reglas
Carla Romero: “Donde estoy es donde debo estar”

Es una de las pocas exponentes femeninas del estilo sincopado a nivel local y nacional, pero también se siente, y ubica, como independiente de toda la vorágine y turbulencia que significa el ajetreado ambiente jazzístico. De voz suave y un talento único en el piano -también de gran experiencia en el bajo eléctrico- ha sabido brillar con luces propias dentro de un estilo eminentemente machista. Un trayecto que ha seguido y marcado a su ritmo, donde han estado muy presente sus padres, hermanas y hermano, y también dentro de estos últimos años su propia familia. Un camino que, si bien ha estado colmado de jazz, no es lo más importante.

Por Mauricio Maldonado Q. / Fotografías: Francisco Méndez

Si hay algo que siempre ha estado presente en la vida de Carla Romero, es la música. Y puntualmente, el jazz. Las melodías sincopadas son el recuerdo vivo -auditivo y visual- que la han acompañado desde su niñez hasta estos días a sus 39 años. Tan así que su primer álbum, lo bautizó en honor y como un guiño nostálgico al lugar donde todo comenzó. La casa en “Ventus”, esquina Janequeo, en donde casi todos los días y noches se daban cita grandes exponentes del estilo -encabezados por su padre, el reconocido y experimentado pianista Marlon Romero- a vibrar e improvisar entorno al jazz.

Un camino, que contrario a lo que se pensaría, se fue dando de manera espontánea y natural, sin imposiciones ni presiones por parte de sus padres, más bien por la creatividad y curiosidad pura de sólo hacer música. Es eso lo que aún la mantiene en ruta, tanto en lo personal como en la docencia, labor que desempeña desde hace más de una década -e incluso antes- en la Academia de Música de Marlon Romero. Lugar desde donde se desarrolla esta entrevista.

¿Qué es lo que más recuerdas de tu infancia?

Lo que más recuerdo son tardes enteras haciendo música. Mi mamá con mucha paciencia nos ponía en la radio ‘rec’ y ‘play’ para grabarnos, cantábamos todo el día. Y era una mezcla con baile también. Bailar y cantar, en eso nos pasábamos todo el día. Quizás fue súper monotemática (risas), pero se agradece. Me siento muy afortunada de haber estado en un ambiente así.

Todo tiene sus cosas buenas y sus cosas malas en la vida, algunas personas tienen otras oportunidades y a nosotros se nos presentó este ambiente musical absoluto, porque se hacía mucha música en esa casa, todo el mundo iba ahí. Se hacían jam sessions casi todas las noches. Me acuerdo de chicas junto a mis hermanas y hermano, estando ya acostados, que abajo se escuchaba full el ‘carrete’, y en la mañana cuando nos levantábamos el piso estaba lleno de arroz, y era porque llenaban las latas de cervezas con arroz y le ponían scotch, se ponían a bailar y las agitaban. Fue una época súper especial.

No hubo muchos límites por parte de nuestros padres, por el mismo hecho de que ellos, por ser músicos y vivir del arte, veían todo distinto; con mucha libertad creativa, lo que argumenta que nos dieran la opción de elegir nuestros caminos. Es decir, no nos impusieron el que nosotros también fuéramos músicos, pero era a lo que teníamos acceso y nos dedicamos a ello.

Entonces, antes de terminar la enseñanza media, en la Inmaculada Concepción ¿Ya sabías el camino profesional que querías seguir? ¿Siempre supiste lo que querías estudiar?

La verdad es que no se hablaba de eso -del camino profesional a seguir-, nuestros padres jamás nos presionaron para entrar en la universidad. Pamela estudió idiomas en la UdeC porque ella lo quiso, y mi otra hermana -Fernanda, quien es melliza con Carla y la mayor del clan Romero- siguió artes, también en la UdeC, y luego emigró a Santiago a la Universidad de Chile, porque le gustaba mucho pintar y dibujar.

Mi elección fue bien libre, una cosa espontánea, nunca pensé en que me dedicaría a la música cuando era adolescente. Cuando llegó el momento de rendir la Prueba de Aptitud Académica no me gustaba nada distinto a cantar y tocar piano, entonces simplemente se dieron las cosas. A los 16 años impartía clases de bajo eléctrico y piano, y fue algo que estaba haciendo antes de pensar en qué continuaría más adelante. Se dieron las cosas así.

Igual un par de veces he escuchado a mi papá decir que nunca pensó que sus hijos se iban a dedicar a la música. Creo que es algo que piensa por las tres, ya que, con mi hermano, a él sí lo educó musicalmente. Con nosotras fue algo más espontáneo, pero con Marlon fue distinto. Desde chico, cerca de los dos años, que empezó a tocar. Mi papá en el piano, yo en el bajo y él en batería, una formación que la perpetuamos por años, y ha sido con el tiempo impresionante la evolución de mi hermano, lo hace increíble. Y eso es por la motivación de aprender a tocar un instrumento.

Entonces ¿cómo entraste al mundo del jazz? ¿Tocando bajo primero?

Tocaba piano clásico cuando era chica, y cantaba todo tipo de cosas junto a mis hermanas. Recuerdo una vez que mi mamá tenía que cantar una canción de Silvio Rodríguez, por lo que tenía un cassette de él y me encantó, ‘rayé’ con Silvio, me aprendí todas sus canciones, agarré la guitarra y ahí comencé como a cambiar lo clásico por otro estilo. Me quedé ‘pegada’ con eso entre sexto y séptimo básico, y ahí empecé a ayudar a mi papá a hacer sus clases de blues, las que impartía en la UBB. Al mismo tiempo empecé a indagar en el estilo del jazz. El bajo eléctrico lo comencé a tocar a los 16 años, instrumento con el cual me quedé por muchos años, hasta que en un momento me desmotivé y quise tocar jazz en piano. Ahí me propuse hacer mis propios temas y mezclas sin tener mucho conocimiento.

Lo bonito de nuestros caminos es que hemos sido súper autodidactas, como tenemos una base auditiva desarrollada desde pequeños, te fluyen todos los tipos de música. Entonces hice muchas canciones y temas, empecé a tratar de improvisar, pero no a tan temprana edad. Como a los 16 años me metí más ‘adentro’ del piano y me encantó, y fue más increíble el hacerlo cantando. Ahí dejé el bajo definitivamente, no lo quise tomar más. Era un instrumento que me significaba una relación muy tensa con mi padre, era fuerte tocar con él, por lo que en definitiva no dejé que se metiera mucho en mi piano. Claro, él puede opinar y dar consejos, pero es muy distinto a tomar el bajo todos los días y que él te guíe. No he dejado más el piano hasta el día de hoy.

Destacas a Silvio Rodríguez entre tus gustos musicales, pero más allá de él y, obviamente, el jazz ¿te gustan otros estilos de música? ¿Alguna banda o artista en particular? ¿El rock local, por ejemplo?

La verdad es que nunca he sido amante de grupos penquistas rockeros, no he escuchado mucho, pero por lo mismo cuando algo a ti te gusta o encanta, tú vas y lo buscas. Me gustan algunas bandas de rock extranjeras, pero son de un estilo más armonioso, no tan estridente. Por ejemplo, Sting y Peter Gabriel, me fascinan. No podría decir que soy solo jazzista, creo que lo genial del jazz es que te desarrolla mucho el oído y te abre los sentidos.

¿Y la música nacional?

Los Tres, los encontraba muy buenos en su época, pero todo lo que hay ahora no es de mi agrado. Puedo reconocer que una cantante lo hace con buena técnica y eso, pero para mí la cosa va más allá, es el estilo, qué propuesta musical hay. Encuentro que las propuestas nacionales son muy de la boca para fuera.

Por ejemplo, me encanta Andrés Godoy, lo que él hace es profundo, de siempre estar creando música, lo encuentro fantástico; pero esta motivación es distinta a la de alguien que escribe letras de amor, más que repetidas y tocadas. Es lo que es la música masiva, un fenómeno que trasciende a lo nacional, ocurre en todas partes. El jazz se está acabando en varios lugares por esto mismo, la música como el reggaetón es lo que está vendiendo, quitándole terreno a la música que realmente es buena. Me da pena, por ejemplo, porque tengo alumnos de piano que quieren tocar puras cosas de los cantantes centro americanos que están de moda. No quieren aprender a leer música, no quieren tocar un blues o algo clásico en piano, ni siquiera los Beatles.

En este sentido ¿Qué es lo que más te gusta de enseñar?

He pasado por procesos, al principio la mayor parte del tiempo la dedicaba a enseñar, especialmente, a los niños y siempre dando el todo por el todo. Pero, llega un momento de aprender a no apegarte tanto a las cosas, ese es el punto. Cuando hice mi familia, lo solté, porque no podía ser. Nació mi hija y tenía que soltar a los alumnos. Por dos años no trabajé y me dediqué sólo a ella.

Tú que te introdujiste a temprana edad a la música ¿A qué edad recomiendas el poder comenzar a tocar un instrumento?

Creo que a los 5 años es una buena edad, pero también hay niños y niños. Algunos se demoran más y podrían empezar a los 6 o 7, y hay otros que parten antes. Mi hija, por ejemplo, comenzó a los 4 años con clases, pero de antes igual tuvo roce con la música. Aprovecho la oportunidad para entregarle esto, y de pequeña, al igual que a mí, la hemos hecho cantar y tocar piano. Todos los días me siento con ella a practicar, pero hasta que ella me deje. Soy súper exigente, creo que es en lo que más le voy a exigir y no porque quiero que se dedique a la música sino porque quiero que lo aprenda bien, nada más que eso. Creo que la música hace bien para el alma.

Y para aprender el estilo del jazz ¿Es estrictamente necesario el pasar por una académica o escuela musical?

Diría que no. Creo que talento hay, por ejemplo, por ese lado de Lota, Arauco, hay personas que tienen muchas condiciones; y no creo que porque allá haya un profesor que les enseñe y prepare. Está en cada uno el hecho de que te llame la atención y empieces a avanzar, y un músico de jazz se puede hacer en la casa, no es estrictamente necesario tomar clases; lo que no quiere decir que sea fácil. Una persona que tiene todo el oído y talento lo puede lograr en la casa, dedicándose. La disciplina y constancia es lo más importante dentro de esto, ya que, si tienes mucho talento y no prácticas, no sirve de nada.

Lo complejo de dedicarse a la música

Para la pianista de jazz, hay un claro antes y después de ser madre. Un alto que tuvo que hacer hace cinco años atrás y que ha marcado su trayecto desde allí. Si bien, ha sido complejo el “reactivarse” musicalmente, no es algo que domine por completo su ser. Es decir, aunque la música es parte de su cotidiano, ha aprendido a soltar y dejar fluir, a dejar aparte su “ego” como intérprete.

¿Ha sido difícil compatibilizar tu mundo musical con la maternidad?

Súper difícil, pensaba que no sería tan complicado, pero ha costado. La música trata mucho sobre el ego, por lo que tienes que dedicarle mucho de ti, y pienso que en cualquier profesión en que quieras hacer bien las cosas es así. Mi papá que tenía tantos hijos, llegaba a la casa a tocar, y estaba todo el día en su trabajo, y mi mamá era la que estaba con nosotros.

Yo las hago todas, eso de mantener mi profesión y ser madre, preocuparme de mi hija y además trabajar, es complejo. Me reactivé el año pasado y este 2018 he tocado harto, pero como ahora viene otra bebé (tiene siete meses de embarazo), nuevamente, tendré que parar. Creo que también uno tiene que saber dejar a un lado su ego. Amo la música, pero no tengo apego a ella. Hay que tener la sabiduría para saber cuándo se puede y cuando no. Ser madre es hermoso, poder entregarle todo a tu hijo o hija es algo incomparable.

¿Cómo ha sido tu camino en el mundo del jazz siendo una de las pocas mujeres -a nivel local y nacional- que se dedican a este estilo musical?

Estuve unos años también en Santiago, y en realidad somos súper pocas las mujeres en esto, además de que es un ambiente re machista. De ahí quizás el por qué no encajo mucho en él, ya que soy sana, en el sentido que no fumo y nunca he tomado, y este ambiente es muy fuerte y bien bohemio. Soy como un ‘pájaro’ extraño.

Siempre he buscado hacer mi música y mantenerme un poco más aparte, no porque no quiera compartir con los músicos, por el contrario, pero ya fue mi momento para aquello. He tomado la decisión de desarrollar mi propio camino, otra vía, ya que encuentro que con mi personalidad no va eso de la bohemia y todo lo que la rodea. Si tú quieres tocar y que tu carrera trascienda, tienes que estar tu solo. Yo he tomado esa elección, pero conozco músicos que no y que han ido detrás de lo otro. Depende en realidad de lo que uno quiera en la vida, y mi decisión fue el regresar a Concepción y estar en paz.

Desde tu perspectiva ¿Existe un buen ambiente en el jazz en Concepción? ¿Somos ‘cuna’ de este estilo?

Creo que ahora hay un buen número de personas que tocan jazz. Ha habido un cierto recambio generacional en el estilo, a pesar que en otros lugares va en retirada o que en las generaciones de adolescentes actuales ya no hay un interés masivo en aprender a tocarlo.

A habido un surgimiento más potente del ambiente jazzístico en Concepción estos últimos años, lo cual está dado por diferentes cosas. Una de ellas es mi papá, porque él ha luchado por sus metas, se ha jugado el todo por el todo. Con la academia pudo establecer la labor que venía haciendo desde hace años, pero tuvo que golpear diversas puertas, y se lo pasó así por un largo tiempo, con pegas en que un mes le iba bien y otros mal. También ha incidido la presencia de otros buenos músicos como Ignacio González, y también varios alumnos más antiguos como Yayo Durán, mis primos César y Jorge Arriagada, Rodrigo Álvarez igual. Hay gente haciendo cosas, pero creo que es difícil vivir sólo de la música en Concepción, tienes que hacer clases. No es posible el poder tocar todas las noches y vivir de eso. Ha servido que se han abierto más locales en la ciudad, pero sigue siendo imposible, y no es algo reducido al estilo del jazz, es más bien transversal a quienes tocamos música.

Cada cosa a su tiempo

Aunque han pasado varios años desde la publicación de su último trabajo de estudio en 2009 – “Vida, viento y calor”- a Carla no le inquieta el sacar un nuevo larga duración, es más, ha tenido el respaldo de su padre para financiar parte del nuevo material, pero no se ha animado a poder concretarlo. Quizás en 2019 haya novedades, pero tampoco es algo que le quite el sueño. Mientras, se queda con los recuerdos de lo hecho hasta ahora y las etapas que marcaron esos registros en particular.

A la fecha haz publicado dos álbumes – “Ventus” (2006) y “Vida, viento y calor” ¿Habrá un tercero?

Tengo lista la propuesta y todo, pero no me he animado a hacerlo. Si quieres hacer algo bien, tienes que concentrarte en ello, y requiere harto estudio en este caso. Yo necesito al día seis horas de práctica para estar en forma óptima. Además, creo que hay que mantener en línea o al margen el estrés, y de verdad dentro de esto te estresas. Aunque tu ames la música, tienes que tocar en un escenario, lo que significa al mismo tiempo presión, tienes que hacerlo bien, entonces es algo fuerte. Por ejemplo, para tocar todo este último tiempo, ya sea en lugares pequeños o en festivales, y estando embarazada, tuve que acostarme tarde practicando. Es un esfuerzo enorme el que he hecho, ya que no soy solo yo. Y por eso tomé la decisión de no grabar ahora.

En octubre pararé de trabajar hasta marzo por lo menos, tendré unos meses para quizás preparar nuevo material, pero no es algo que me quite el sueño.

¿A cuál de tus dos discos le guardas un cariño especial?

Creo que, al primer disco, porque reúne o condensa todos los recuerdos familiares que se suscitaron en aquella casa de Ventus. Está plasmada en sus pistas toda la época de infancia hasta la adolescencia. Además, me gustó porque todo se dio de manera tan instintiva y espontánea; musicalmente fue todo muy lindo, ya que se grabó de una, en vivo. Nos encerramos en un estudio por tres días a grabarlo.

Mientras que el segundo, como estaba involucrada tanta gente, ya que incluía un coro y muchos otros instrumentos, fue imposible grabar todos juntos en vivo en un solo corte. Todo fue por parte, excepto un tema que grabamos en vivo, y es el que más me agrada, ya que se siente eso ‘fresco’ de estar tocándolo todos juntos y al mismo tiempo. Se pierde la magia si no se puede grabar en un mismo espacio, pero igual me gusta en alguna medida ya que fue algo familiar. Están mis primos, mi hermano y una de mis hermanas.

Con la llegada de tu segunda hija, están claros tus planes futuros…

Quiero parar un tiempo y quizás volver en un futuro próximo con ideas nuevas para concretar el tercer álbum. Es algo que no me apura en todo caso, le apura más a la gente que me rodea. Las personas esperan mucho de mí, pero qué pasa con uno… Y eso es lo que hay que trabajar, el que uno esté bien y soltar. Nada es tan importante, esa es mi filosofía y a mí, por el momento, no me hace sentir mejor el tener otro disco.

Aparte de la música ¿Existe algo más que te motive?

Para mí siempre ha sido música y arte, en una misma senda cultural artística, pero estos últimos años también me he interiorizado en el budismo. En este sentido hacemos retiros una vez al mes y he ofrecido en diversas ocasiones mi casa como sede. Mi lado espiritual y la música, eso es a lo que me dedico.

Esto igual resume de buena manera gran parte del camino que has tomado a lo largo de tu vida…

Absolutamente. El budismo me ha ayudado de gran manera a soltar muchas cosas, es algo lindo, porque es algo tan libre. Todo lo que he aprendido, todas las motivaciones de mi vida, tocar y crear música, son las bases de esto otro, desde ahí nace todo. Es el complemento ideal dentro de mi vida, por eso no me desespera hacer otras cosas o no estar en otro lugar, donde estoy es donde debo estar.