BioBio Cine

El relato de una ciudad llena de historias

Catalogada por sus organizadores -Imaginaria Audiovisual y Molotov Cine- como la mejor versión realizada a la fecha, este festival internacional dio por concluida hace unos días su nutrida programación. Colmada de buenos trabajos en las categorías de su competencia (largometraje, documentales y cortometrajes) y en sus instancias de difusión (Hecho en Bío Bío, Hecho para Niños, Hecho en Chile, Venas Abiertas, Puelmapu, Cin(e)xperiencias y Marginales) este evento fílmico mira al futuro de manera prometedora abriéndose cada vez más a nuevos públicos y creando nuevos espacios de reflexión y discusión en torno al cine. Un festival que año a año se consolida cada vez más en el inconsciente de la cultura penquista. Abril es el mes de BioBio Cine.

Por Mauricio Maldonado Q.

En su primera versión BioBio Cine logró convocar a 180 películas, proyectó 20 y tuvo como sede un solo espacio, alcanzando una cifra cercana a los 3.600 espectadores. Una cifra para nada despreciable tratándose de una apuesta nueva y desconocida para la exigente audiencia penquista. De eso ya han pasado 5 años y a estas alturas este festival cinematográfico es un verdadero “monstruo”, con personalidad y vida propia, que ha sabido ganarse a punta de buenas propuestas cinematográficas un espacio en la ciudad.

“Cuando sumamos todo el trayecto del festival hemos tenido más de 42 mil espectadores, exhibido más de 400 películas, y hemos recibido -sin contar con la sexta versión que llegaron 1.125 films- más de 4 mil películas de 59 países de todo el mundo. Un número gigantesco y que no logra dimensionar en plenitud el alcance que hemos tenido. Me impresiona y hace feliz, por ejemplo, que la gente comparte sus historias del BioBio Cine a través de las redes sociales. Esto no es un proyecto mío ni de Molotov Cine, que produce con nosotros, es un producto de una ciudad. Siento que la tarea es que el espíritu del festival quede tan inserto en la ciudad, que aunque llegue otra persona y vayan cambiando los equipos, siga siendo lo que tiene que ser”, confiesa Francisco Toro, realizador audiovisual y director de esta cita fílmica.

Un recorrido que acaba de vivir su sexto capítulo, el más completo y ciertamente ambicioso según sus organizadores, en que se pudo apreciar un certamen de carácter más maduro y con sus líneas -categorías competitivas y de exhibiciones- bien marcadas y definidas. Es así como BioBio Cine 2018 fuera de su competencia de largometrajes de ficción, cortometrajes y documentales, se abrió a nuevos públicos y creó nuevos espacios con proyecciones más de “nicho”: Puelmapu (muestra de cintas de la Patagonia Argentina), Marginales (espacio para cineastas con una propuesta más radical y contestataria), Venas Abiertas (cintas sobre problemáticas sociales latinoamericanas) y Cin(e)xperiencias (cine experimental). Nuevas vetas fílmicas que se complementaron con lo que se venía haciendo en Hecho en Chile y Hecho en Bío Bío, en la difusión de realizadores nacionales como locales, respectivamente. Lo mismo con Hecho para Niños, espacio cinematográfico para los más pequeños del hogar.

Lineamientos curatoriales en un comienzo no estaban para nada definidos, por el contrario, fue hecho más por intuición y empuje. “La verdad los primeros años fueron, verdaderamente, intuitivos y a tientas. Viendo como programábamos, qué tipo de películas traíamos y esto también de acuerdo a lo que nos llegaba, lo que decantó que con el tiempo nuestras líneas curatoriales se fueron fortaleciendo y definiendo. Y hoy en día, con lo hecho en la sexta versión, siento que es la mejor versión que hemos hecho en todas las áreas”, comenta Francisco.

A lo que el realizador audiovisual añade que “cuando armamos este festival no ‘cachábamos’ en qué nos estábamos metiendo ni lo que estábamos haciendo. Nosotros veníamos y somos del mundo audiovisual, hacemos películas, algo súper distinto a hacer un festival. Y en algún momento esa fue nuestra principal barrera, pensar que eran cosas distintas y en realidad cuando lo pensamos como una película, las cosas empezaron a funcionar mejor, porque trabajamos desde una imagen, de un concepto, de desarrollarlo como un relato, esos relatos se transformaron en las películas, los espacios como locaciones, y entonces así con el tiempo el certamen fue desarrollándose y tomando cuerpo, como una verdadera producción fílmica. Empezamos a hacerle sentido al festival, a qué era lo que buscábamos. Las películas siempre están sustentadas desde una premisa, es esa sensación que tienes en los créditos de estas. Apuntamos a construir la reflexión, a apoyar la reflexión que hace una ciudad sobre sí misma. En esa búsqueda, de cierta manera, empezamos a programar y definir nuestra cartelera”.

Enraizarse en el público

Tal como sucede en otras instancias y proyectos de índole cultural, BioBio Cine con los años ha debido golpear múltiples puertas para conseguir apoyo financiero y poder darle continuidad a la propuesta, siendo esto lo más dificultoso y complejo de sortear con el tiempo. Algo que debería, por parte del Estado, según Toro, estar planteado desde otra perspectiva. “Levantar económicamente el festival es una tarea súper difícil, una constante que ocurre con la mayoría de los proyectos artísticos y culturales. No entiendo el cómo para hacer una sola película hay más financiamiento que para otro tipo de proyectos como un festival de cine, los cuales ponen en valor las películas. Me parece que eso está al revés. Por ejemplo, $200 millones para una película y para un festival como el nuestro, el ahora Ministerio de las Culturas, da como máximo $30 millones, cifra que tan sólo significa el 25% de nuestra última versión. Trabajar de esta forma es súper difícil, porque no te permite profesionalizar tanto el festival”.


A lo que el realizador completa que “el trabajo es bueno, pero es distinto. No transamos en la calidad de las películas que traemos ni el sistema de proyección utilizado, que es de la misma calidad que en cualquier sala de cine comercial. Es complejo este tema del financiamiento, ya que existe harta voluntad, entre comillas, mucha gente que se compromete, pero que a la larga se desconocen los acuerdos, lo cual pasa todo el tiempo. Entre todos los compañeros que trabajamos en este ambiente vivimos exactamente lo mismo. Siento que el festival debería ser de esas cosas que el Estado asegure, ya sea por la cantidad de beneficiarios que tiene y por las cosas que ofrece, es súper potente para la ciudad. Un evento como este mueve a toda una ciudad, por lo que es muy necesario que algo así tenga un financiamiento asegurado año a año”.

En sintonía con esto, y a modo de proyección, BioBio Cine ya cuenta con presupuesto asegurado para su edición 2019 -24 al 28 de abril- y parte de su diseño también está casi listo. Lo que desea y sueña Francisco para el festival, más allá de esta continuidad, es que este sea verdaderamente parte de la ciudad, que la gente lo espere con ansias y no quiera perderse ninguna de sus funciones. “Lo que quiero para BioBio Cine es algo como lo que me ocurrió una vez en el Festival de San Sebastián en España. Eran las 8 de la mañana y había una fila gigantesca para ver una película. Era público de la ciudad, no eran invitados ni gente de la industria, eran los habitantes de querían ser parte del evento. Si espero algo para nuestro festival, es que sea eso, que brille por sus estrellas, pero estas son las que producen la conversación y el discurso de la gente que va a ver una película”.

“Este financiamiento nos permite estar más tranquilos y proyectar aún más el festival, nos da pie para pensar cómo vamos a seguir trabajando. Para nosotros la versión diez del festival tiene que ser gigante, donde el festival esté establecido. Estamos pensando eso”.

Y por ese camino van. Ya está instalado y más que reconocido en el mundo fílmico local, nacional e internacional. Consolidado en la gente entendida e instruida en el séptimo arte. Sin embargo, falta meterse en el subconsciente del ciudadano a pie, de la persona que le gusta ir al cine y que encuentra en las películas un lugar de relajo y ocio, de desconectarse de la rutina. “El festival lo que tiene que hacer es enraizarse en la señora que va a la Feria de Arte Popular, al joven que va al REC, por ahí tenemos que ir. Por ejemplo, nuestro trabajo con los niños partió desde la primera edición, entonces quienes fueron a las primeras funciones de Hecho para Niños del 2013, en ese entonces tenían como siete años, ahora tienen 13. Hoy en día ya no van a ver películas infantiles sino más bien cortometrajes, y para cuando cumplamos una década serán quienes irán a ver las proyecciones de largometrajes. Nuestro trabajo apunta y va dirigido a eso, estamos pensando en eso, pero además que se enraíce en la gente para que recuerden que siempre en abril se hace el festival”, confiesa Toro.

Vivir la experiencia

Si hay algo que diferencia a esta cita fílmica de otras instancias cinematográficas -locales y nacionales- y que representa su marca o sello, es la dirección hacia donde apunta. Es decir, el foco está puesto en la profundidad que generan las cintas que configuran la programación, en lo que producen las cintas luego de ser proyectadas. No se busca la estrella ni las películas con estrellas, “traemos películas que en la profundidad de su discurso está la riqueza. BioBio Cine está situado en su discurso, el relato de poner en valor una cultura. Nosotros nos hicimos cargo de eso. Concepción es una ciudad de mezcla mapuche, pero que no se reconoce a sí misma como tal, la gente no reconoce que Concepción es una urbe híbrida, culturalmente hablando, y nosotros creemos que sí. Por lo mismo tratamos de levantar eso, tratamos de poner en valor la lengua del mapuche y lo que significa, pues nos sentimos derechamente herederos de ello. Y por ello nos llenamos de simbolismos y relatos, pues las películas son eso, no podría ser algo distinto. Nos quedamos pegado en eso y somos súper cuidadosos con todos esos elementos, buscamos que el festival sea una experiencia”, aclara el también docente. Recalcando que “en la mayoría de los festivales, el carácter de ellos se puede identificar a través de su catálogo. Lo que nosotros queremos producir es que las personas no puedan identificarlo a través de esto sino que para conocer BioBio Cine tienen que estar ahí, vivir la experiencia. La gracia está en la experiencia que queremos construir”.

Esa experiencia que pretende y busca proyectar el evento, se cruza con la mística y simbolismo del pueblo mapuche. Con su cierta mitología que el festival hace propia desde su trofeo -Toki Kura- hasta el afiche que despliegan en cada versión, donde el Trapeñi -puma- siempre está presente. “El Toki Kura es el emblema o el báculo de mando que usa el Toki en la época de guerra. Como un estratega y lo que es, finalmente, un director. Y el Trapeñi como este personaje que simboliza el ancestro más antiguo para el mapuche, con quien conversa y te deja una marca si te encuentras con él. Y de ahí va lo que planteamos, que la experiencia del festival te deje esa marca, el espíritu de eso sea lo ancestral, ese relato, ese discurso y la conversación como elemento primordial”.

Noche estelar

La instalación lumínica de Iván Navarro les da la bienvenido a las cientos de personas que pasadas las 19.00 horas llegaban al Teatro Biobío a presenciar la jornada inaugural de BioBio Cine 2018. Era un martes y más que nerviosismo, se sentía cierta ansiedad en el ambiente, como que había ganas de que partiera todo pronto y estrenar luego la sexta versión del festival en esta nueva “ruca”.

Con alfombra roja en el segundo nivel, los invitados estelares sonreían ante las cámaras y los flashes se fundían entre las conversaciones que llenaban los pasillos. De apoco se fueron vaciando los espacios comunes y se pasó de la claridad del hall al riguroso y sobrio negro de la sala principal. Todo estaba listo y dispuesto para subir el telón de esta imperdible cita fílmica otoñal. Cierta ornamentación -letras a tamaño natural- y proyecciones de imágenes daban luces que la jornada estaría marcada por la simbología mapuche, más evidente lo hizo la bandera y el canelo “plantado” en medio del escenario. Ya cerca de las 20.00 horas una voz en off invitaba a los asistentes -que en ese momento repletaban los distintos niveles del teatro- a tomar asiento y disfrutar de la ceremonia inaugural. Y justamente, la agrupación de mapuches urbanos, Newen Purrun, desplegaron una verdadera ceremonia de los pueblos originarios, donde el kultrun y la trutruka fueron los protagonistas de cada rogativa.

Tras esto el reconocido actor nacional Pablo Cerda saltó al escenario -por tercer año consecutivo- para oficiar como animador y presentador de la noche. Luego de dar los respectivos agradecimientos a los diferentes  auspiciadores, se dio paso a la proyección de un video resumen con los participantes de la competencia internacional, lo mismo que ocurriría más adelante con los trabajos que integraban las diversas categorías de exhibición. Un momento breve, pero especial, fue el Premio Ciudad de Concepción BioBio Cine 2018, entregado en esta ocasión al experimentado actor Juan Arévalo Figueroa, quien escuetamente agradeció el honor de tener entre sus manos el símbolo del festival.

Importante resultó la intervención de Eduardo Villalobos, uno de los cerebros detrás de BioBio Cine junto a Toro y Ramón Ávila, el cual destacó las diversas líneas en que ha incursionado el festival fuera de la proyección, netamente, de material audiovisual. También destacaron las palabras de propio Francisco, quien anunciaba a viva voz a los cerca de mil asistentes, que el certamen vestía de pantalones largos y daba el salto definitivo al convertirse en una fundación. “Con esta nueva figura queremos construir un espacio de desarrollo para el crecimiento del cine. Queremos aportar a la cultura local, al reconocimiento de nuestra identidad, de encontrarnos y mirarnos desde las historias, desde nuestras historias. También queremos ser parte activa en la educación, en la formación de públicos, en la formación de los futuros realizadores audiovisuales, ser parte en definitiva, del trabajo de políticas culturales que generen cambios reales. Los que estamos acá queremos aportar de forma real, desde lo que hacemos y conocemos”.

Una vez dicho esto, se dio el pase a que subiera parte del elenco de la película “La isla de los pingüinos”, que encabezada por su director Guillermo Söhrens, dio el vamos a la versión 2018 del evento, que tal cual como al principio de la gala, la oscuridad se hizo absoluta en la sala, quedando tan solo el fulgor de la pantalla encendido. No podía ser de otra manera, una cita que desbordaba buenos y sorprendentes títulos, debía partir con un estreno de calidad, que si bien había sido probado en el Festival de Cine de Valdivia, aquí en Concepción tuvo otro sabor. El bosque cinematográfico del Bío Bío había marcado un nuevo inicio.