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El largo camino al matrimonio igualitario en Chile

Por Jon Reyes | 15 enero 2020

Por 22 votos a favor, 16 en contra y una abstención, el Senado aprobó en general el proyecto de Matrimonio Igualitario. Acá, el autor de esta nota reflexiona sobre el eterno proceso para llegar hasta hoy.

Hace dos días entró en vigor el matrimonio igualitario en Irlanda del Norte, luego de las reformas legales que se hicieron desde que se aprobó la nueva legislación en octubre pasado. Hoy, nuestro país dio un tremendo paso en avanzar en los derechos de las personas del mismo sexo que aspiran a contraer el vínculo del matrimonio. El Senado votó en general el proyecto presentado por la entonces presidenta Michelle Bachelet en agosto de 2017 y que la comisión de Constitución había votado a favor en noviembre del 2019. Han pasado nueve años desde que otro proyecto presentado por los senadores Ricardo Lagos Weber e Isabel Allende, entre otros, ingresará al Congreso y durante todo ese tiempo hemos visto cómo nuestra sociedad evolucionó. Efectivamente, Chile cambió. Seguramente los titulares alrededor del mundo que consignarán esta noticia recalcarán que el hecho se da en uno de los países más conservadores de Latinoamérica. No, Chile era ese país. El que fue uno de los últimos del mundo en tener Ley de Divorcio, en eliminar tardíamente la censura cinematográfica, el que desconocía los derechos de las personas trans o de las mismas parejas del mismo sexo antes de otorgarles una Ley de Acuerdo de Unión Civil o el que recién a fines de los 90 terminaba con las distinciones a los hijos nacidos afuera del matrimonio.

Como hombre homosexual, debo reconocer que veía distante que nuestro Congreso, siquiera, discutiera un proyecto como este. A mis 36 años ya casi me había resignado a que mi generación no vería nacer una ley de matrimonio igualitario, pero al ver durante las últimas marchas de la diversidad sexual a las nuevas generaciones, esas que no tienen miedo, que están dispuestas a luchar por sus ideales, algo cambió. Con la aprobación en general en el Senado el proyecto pasa ahora a su discusión en particular nuevamente en la Comisión de Constitución (sí, todavía queda un largo camino por recorrer) y en lo medular modifica la expresión “marido o mujer” por “cónyuge”. También reconoce los derechos filiativos de las parejas del mismo sexo distinguiendo como conceptos diferentes “padres” de “progenitores”, mientras que con respecto al tema de la adopción el proyecto dice «que todo tipo de matrimonios accedan a la adopción, ya sea por integración o a través de la adopción propiamente tal».

A diferencia de otras discusiones con los relacionados “temas valóricos”, esta vez hubo muy pocas personas en las tribunas del hemiciclo y sólo estaban ahí algunos representantes del Movilh y de la Fundación Iguales, quienes durante años han dado una lucha importante en esta materia. Tampoco hubo enfrentamientos salidos de madre de nuestros políticos, pero tuvimos que ser testigos de la intervención del senador UDI, Iván Moreira, quien con la Biblia en la mano (sí, literal en la mano) comentaba que este era un miércoles negro para nuestro país. Desde la otra vereda, esa de la derecha más liberal y de verdad centroderecha, el senador Felipe Kast le respondía que él también creía en Dios, pero en “un Dios de amor” y que este era un día especial para Chile, argumentando su voto a favor del proyecto. Otra senadora de derecha llegó más lejos al decir que con esto se ponía en peligro a la especie humana. En fin, argumentos más, argumentos menos, lo que acá realmente importa es el reconocimiento civil de los derechos para todas las personas que se aman y se respetan. Es así de simple, de eso estamos hablando, de amor en todas sus expresiones. Muchos amigos, miembros de la comunidad LGBTI, me han preguntado cómo puedo estar a favor de querer casarnos y ser parte de una institución que históricamente nos ha discriminado; la verdad es que no sé si algún día quiera casarme, así como voy lo veo difícil y lejano. Por primera vez en mi vida me siento feliz y pleno siendo un hombre soltero y, por ahora, la opción de casarme está descartada. Eso conmigo, pero no con las miles de parejas de gays y lesbianas que quieren ser reconocidas ante el Estado, no ante Dios. Soy un convencido de que algo en nuestro interior debe cambiar. La ley Zamudio y el Acuerdo de Unión Civil no lograron quitar ese germen tan característico de nuestra sociedad, en donde algunos se sienten con el derecho a ponerse sobre los otros desde un extraño nivel de superioridad moral. A la misma hora que el Senado votaba a favor el matrimonio igualitario, una pareja de lesbianas denunciaba en las redes sociales que habían sido expulsadas de un local de sushi en Santiago porque en su interior había niños. Eso es lo que debe cambiar. De todas formas, bienvenidas todas las leyes que nos den igualdad de derechos.

 

 

 

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